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LA NACIÓN CAMBA
FUNDAMENTOS Y DESAFÍOS
Gustavo Pinto Mosqueira
PARTE V
De las costumbres cruceñas, el sabio y
viajero francés sostiene que éstas eran completamente distintas a las de
las provincias andinas de Bolivia. Así, en la fiesta de una de las mujeres
de la sociedad cruceña, sus amigas enviaban cada una su pequeño regalo en
prueba de amistad. Estos regalos (como ser paquetes de cigarrillos de paja
de maíz, artísticamente confeccionados, adornados de flores y cintas;
bombones de diversas especies, vinos y licores), se los dejaban encima de
una mesa. “La habitación estaba llena de hombres y mujeres. La señora de
casa, apenas llegué, tomó un cigarro, se lo puso en la boca para
encenderlo y me lo ofreció (...). Luego una señorita se acercó a mi con un
vasito de licor en la mano y llevándolo a los labios, me dijo: tomo con Ud.,
Señor. Le agradecí su cumplido, pero me advirtieron que no bastaba el
agradecimiento, y que debía devolver su amabilidad, lo que hice de
inmediato. Sin embargo, cometí una falta. Debía necesariamente al beber a
mi vez, convidar a una mujer; y para castigarme, me obligaron a comenzar
de nuevo. Se concibe fácilmente que mi condición de extranjero me puso de
moda. Cada dama se creyó obligada a invitarme a beber; no podía negarme y
de esta manera me hallé pronto, como los otros invitados, animado de una
viva alegría, que gustó mucho. El tañido de una guitarra hizo pensar
pronto en otra diversión. Se cantó una mariquita. Todos bailaron, hasta el
cura. No pude tampoco dejar de hacerlo. De lo más torpe, por la manera de
agitar el pañuelo durante el baile, hice reír a mis expensas (...). A las
dos se sirvió de comer, cada uno se colocó alrededor de una larga mesa. Se
trincharon muchos volátiles, y entonces comenzó un nuevo asalto de
cortesía. Una dama cortó un trocito de pollo, y lo colocó en el extremo de
una tenedor; pasó de mano en mano, hasta mí, que debía aceptarlo; me
llegaron así trozos elegidos de todos lados. Me fue absolutamente
necesario, para devolver esta atención, reenviar un bocado a cada uno de
los convidados. Durante la comida, los tenedores no cesaron de pasar de
mano en mano y de boca en boca, lo que me pareció algo... original (...).
Se bebió mucho, comiendo siempre e invitándose mutuamente; luego se volvió
a bailar hasta la noche. Me retiré temprano, satisfecho de esa primera
lección y dejando a los invitados divertirse una parte de la noche” (Orbigny
1845).
En aquellos años los indígenas, por ejemplo, de Chiquitos, con piel color
pardo oliváceo muy pálido, con una talla de 1,63 cms. de promedio, con una
físico robusto y de buena planta, tenían un andar suelto. Y aunque las
mujeres presentaban rara vez las formas esbeltas del bello ideal griego,
empero ostentaban el tipo más perfecto de la fuerza física. “Algunas son
lindas, y su cara redonda, graciosa, está llena de dulzura, de alegría. El
carácter de esas naciones estriba en un fondo de bondad a toda prueba y en
una sumisión sin límites a sus jefes. Su trato inspira confianza y entre
ellos la hospitalidad está llevada al extremo. Son audaces. Son ardientes
en el placer, aunque poco trabajadores; por eso se entregan sucesivamente
a la danza y a los juegos de destreza. Su indumentaria es la misma que
llevaban en tiempos de los jesuitas; sólo en ocasión de las grandes
fiestas los jueces se adornan con un chaleco de paño o indiana de color y
las mujeres atavían sus tipois con muchas cintas de vivos colores; se
trenzan sus cabellos cuando son madres y los llevan cortos hasta ese
momento. En la iglesia, hombres y mujeres los dejan sueltos sobre sus
hombros [...]” (Orbigny 1845).
En el caso de los criollos y mestizos que después de la expulsión de los
jesuitas (1767) se fueron asentando poco a poco en las principales
reducciones de los llanos de Mojos del Beni, como prácticamente todos
provenían de Santa Cruz de la Sierra, habría que suponer que tenían el
mismo carácter y costumbres semejantes. No cabe duda que eran de buena
estatura y robustez; trabajadores; inclinados al manejo del arma, fieles
vasallos del Rey, buenos soldados, afables, obsequiosos e idólatras de su
tierra -en este caso de las de Mojos.
Las casas de las reducciones de Mojos medían diez varas de altura,
veinticuatro de largo y trece de ancho, de manera que el espacio destinado
a la vivienda era de ocho varas, siendo el corredor que rodea a la casa de
dos varas y media de anchura. Estos corredores eran muy necesarios y a
propósitos, tanto para resguardar de las lluvias las paredes de la casa
como para ofrecer sombra y brisa a los que huyen del calor en el interior
de la vivienda. Los mencionados corredores no se cerraban con ninguna
pared, quedando libre el paso a la calle. La casa y los corredores se
levantaban un palmo sobre el resto del terreno de la reducción, llevando
tierra de otras partes para que las corrientes de agua no la inundaran ni
sus habitantes enfermaran con la excesiva cercanía del agua. Las columnas
que sustentaban el techo que cubría los corredores eran cuadradas y bien
trabajadas. Las paredes (bastante anchas por todos lados) estaban hechas
de arcilla mezclada con paja: resultaba tan fuerte, que una vez secada era
difícil hendirla con reiterados golpes de azadón. Las casas de los
misioneros se inspiraban en el mismo patrón; aunque algunas con el tiempo
se construyeron con adobes hasta la altura de un piso, pensando que así
lograrían liberase de los animales ponzoñosos, pero la experiencia
demostró que esto no siempre era evitable. Todas las casas se blanqueaban
por dentro y por fuera; no con cal, porque no había, sino con una tierra
blanquísima igual o mejor que aquella. La base de las paredes, los
dinteles de las puertas y ventanas se pintaban con tierras de diferentes
colores jaspeados, con bastante gusto. Las hojas de todas las puertas y
ventanas eran de tabla de cedro; las rejas de las ventanas eran torneadas.
Toda la casa estaba cubierta con paja. Las reducciones más antiguas
cubrían con tejas, no sólo el templo (que tenía muros de adobe, altares,
púlpitos y confesionarios de considerable prestancia, pues habían sido
tallados con toda elegancia y dorados; contaban con varias imágenes del
Señor, la virgen y los santos; con platerías que adornaban los altares) y
la casa del misionero, sino también la mayor parte (algunas, la totalidad)
de las casas de los indígenas (Eder ca. 1772, 1985).
Como vemos, el patrón de las casas de los reducciones de Mojos no difería
sustancialmente del de Santa Cruz de la Sierra. Por ello es de suponerse
que las casas que construyeron los criollos y mestizos eran similares a
las de esta última ciudad. Es decir, fueron hechas con el mismo método y
material: con barro y palmeras de motacú principalmente, así como con una
o dos puertas y otras tantas ventanas que daban a la calle. Algunas, es de
suponerse, con las comodidades descritas por Orbigny (1845), otras como
meras chozas. (De lo contrario, las casas del Beni y, por extensión, las
de Pando hubiesen sido radicalmente diferentes a las de Santa Cruz. Así,
como mi abuelo paterno era cruceño, recuerdo que la casa de mi padre que
fue construida en vida de mi abuelo, donde éste vivió hasta sus últimos
días y donde yo me crié hasta mis 15 años, tenía las características de
las casas de Santa Cruz descritas por el sabio francés).
Para los primeros años de la República de Bolivia, Orbigny ya nos dice
algo más concreto de los criollos y mestizos cruceños y benianos que
vivían en los llanos de Mojos. Curas con deficiente formación y
administradores civiles, dejándose llevar por la ambición de riqueza,
despertaron en sí mismos la práctica de los abusos, rivalidades y
enriquecimiento ilícito en las ex reducciones de Mojos. Es como si la
presencia primero del Estado colonial y después del Estado republicano
andinocéntrico hayan llevado los males políticos y morales a los llanos de
Mojos. En esos primeros años de la vida republicana, se viven dos
actitudes y psicologías. Una, la de los mojeños e indígenas en general.
Estos no habían perdido su capacidad de sociabilidad, alegría y paciencia
imponderable. “Mucho se aman entre ellos mismos, siendo susceptible de un
apego extremado para con los extranjeros. Son enemigos de la indolencia,
defecto [es decir virtud] inherente a los moradores de los países cálidos;
así es que pasan la vida siempre en continua actividad [...]” (Orbigny
1845). Otra, la de los criollos cruceños, benianos y mestizos: amparados
por el Estado republicano, es decir, por el poder político y deseosos de
acumular rápidamente fortuna, cometían abusos, entraban en rivalidades
políticas y personales, así como en prácticas mercantiles y liberales que
se saltaban las leyes del nuevo Estado. Esto, como veremos, dejará huellas
por mucho tiempo en la idiosincrasia de los criollos y mestizos benianos.
Sin embargo, ambas idiosincrasias no permanecerán en su estado puro. Irán
cambiando y mezclándose, hasta el punto de dar como resultado una
personalidad social beniana “mestiza” (híbrida) con predominio, eso sí, de
algunos rasgos ibéricos (u occidentales). Esto se dará así porque durante
la segunda mitad del siglo XIX la población originaria en la mayoría de
las ex reducciones aún era predominante. Y esto necesariamente determinó
que criollos y mestizos sean influidos de una u otra manera por los
pueblos nativos, es decir, por sus costumbres, tradiciones y modos de
comportarse. Por ejemplo, en el campo culinario, la gran mayoría de los
criollos y mestizos benianos asimilaron con el tiempo la cultura de la
yuca de los pueblos de Mojos.
Ahora bien, todavía en las últimas dos décadas del siglo XIX, los criollos
y los mestizos benianos, tenían entre los rasgos de su psicología social e
idiosincrasia esto que Vaca Díez apuntó allá por 1887: “Las diversiones en
el Beni pocas veces tienen resultado feliz. Es gente de poca mansedumbre y
tolerancia. Por una paja se forma un alegato furioso. De aquí, la bulla
pasa a mayores resultados. Siempre las mujeres toman parte o son la causa
de esas contiendas. En poco se estima una buena amistad mediando entre las
personas una palabra inconveniente o un chisme. Las odiosidades se llevan
a pecho y arrastran bandos o partidos en los pueblos que causan sensible
desunión de familiares e individuos”.
Y este viajero continúa diciendo: “La verdad es que en los pueblos
pequeños esto sucede siempre; pero en Mojos más que en cualquier otra
parte, se nota a primera vista mucha susceptibilidad y aun envidia. Cada
vecino es un potentado; un Quijote en la extensión de la palabra. Pocas
son las excepciones que se pueden sustraer a esta regla general. Hay
personas capaces que sirven de moderadores en la sociedad. La
intolerancia, sobre todo, es la peor falta de un pueblo, en un vecindario
reducido; y en Mojos ese pecado existe sin medida. Es prohibido tener
amistad o cruzar alguna palabra en conversación con el enemigo del amigo.
No hay término medio posible: o pertenece uno a la ‘derecha’ o a la
‘izquierda’, así sea el individuo transeúnte. Es por esto que tan luego
llega una persona a la casa de un vecino, tiene, por descontado, por
enemigos gratuitos a los malquerientes de la casa donde se ha alojado
[...] Lo que queda dicho en nada toca a los naturales [indígenas]” (Vaca
Díez ca.1887).
Sin desconocer ese comportamiento de los benianos, lo cierto es que a
fines del siglo XIX los pueblos de los llanos de Mojos tenían similares
rasgos urbanísticos, culturales y etnográficos a los de Santa Cruz por la
presencia de cruceños que ya se habían ido asentando durante ese siglo,
sobre todo, atraídos por la riqueza de la goma.
(II) Como resultado de aquel modelo de vivienda tradicional, de la
tradiciones, de la combinación de estilos de las formas de vestir, de la
geografía tropical, de la mezcla o influencia mutua de rasgos psicológicos
y sociales, de la más bien poca presencia del Estado boliviano en muchas
subregiones del Oriente boliviano, del asilamiento de esta región respecto
de la Bolivia andina, de la experiencia de la explotación del caucho en el
noreste boliviano, de la penetración de las ideas mercantilistas primero y
liberales después, así como de las ideologías políticas, de los rasgos de
los pueblos originarios de aquellas tierras bajas, de la paulatina
escolarización, hoy la idiosincrasia de los “cambas” (cruceños, benianos y
pandinos) del Oriente boliviano la podemos delinear (esbozar) y
caracterizar así:
a) son sociables, alegres y simples (en el vestir, las comidas y la
relaciones sociales);
b) son francos, sinceros y directos (por esto detestan la hipocresía, la
falta de transparencia, la diplomacia colonial y pueril);
c) les gusta confiar en la palabra del otro (por esto no son leguleyos);
d) han asimilado la importancia social de la hospitalidad y la acogida del
extraño, del extranjero, del viajero;
e) son pragmáticos y van “al grano” en los negocios y contratos laborales,
no les gusta el rodeo, el dar vueltas, el marear la perdiz, el “¡vuélvase
mañana... a ver qué pasa...!”;
f) son querendones de su tierra, región, lugares y paisajes;
g) son orgullosos de sus raíces culturales y étnicas (quizás por esto, sin
querer, a veces caen en actitudes etnocéntricas e intolerantes);
h) les gusta ostentar que tienen bienes materiales o dinero (prefieren,
por ejemplo, vestir bien para una fiesta antes que gastar el dinero en la
reparación de sus casas; actitud que, sin embargo, está cambiando
considerablemente);
i) tienen una inteligencia e imaginación práctica, acorde a lo que
requieren las necesidades materiales y espirituales en relación con el
medio ambiente o la naturaleza;
j) tienen sentido del humor y les gusta hacer bromas y chistes;
k) son propensos a la reacción colérica en momentos de disputas
interpersonales o grupales;
l) son bastantes informales (por eso detestan el papeleo, la burocracia
administrativa);
ll) son apegados a sus cuentos y leyendas contadas con mucha imaginación y
exageración;
m) son desprendidos o generosos con sus cosas personales;
n) son pocos ahorrativos, pero arriesgados en los juegos de azar, las
inversiones y los negocios, (aunque el primer rasgo ha cambiado
sustancialmente hoy en día);
ñ) aman a sus comidas o costumbres culinarias;
o) les gusta el ocio, la siesta o el descanso porque el clima cálido
tropical y las bondades de la naturaleza así lo exigen o así invitan a
ello.
Se sobreentiende que existen excepciones o gente del Oriente boliviano que
escapa a muchos de aquellos rasgos. O sea, no dudamos que hay “cambas” más
occidentalizados porque tienen como modelo de vida el paradigma Miami. En
todo caso, algunos de aquellos rasgos están presentes también en ellos.
En fin, para concluir este apartado, quiero dejarlos con dos creaciones
literarias de mi autoría que rescatan algunas de las tradiciones de los “cambas”:
La primera es un cuento breve que dice: “La gatee anoche...¡me aceptó!”
La segunda es una poesía costumbrista que lleva por título “Las manos. El
tacú. La Manetacú”
El tronco del árbol es tacú
La rama del árbol es manetacú
Tacú y manetacú:
Testigo de nuestras tradiciones
Símbolo de nuestro trabajo
Signo de nuestra historia
Testigo de nuestra miseria y grandeza
Expresión de nuestro rostro
Canto a nuestro trabajo
Melodía de nuestro ambiente
Reloj de nuestras horas
Tacú y manetacú:
Mis manos aprendieron de ti
Soñaron
Esperaron
Envejecieron
Amaron
Vivieron y
Murieron junto a ti
(Escrita en Santa Rosa-Beni, 1990)
6.- Los desafíos de la “Nación camba”
En el apartado 4 y 5, hemos presentado los fundamentos históricos,
culturales y étnicos de la “Nación camba”. Por sí mismos forman,
configuran y dan existencia real e irrefutable a esta Nación del Oriente
boliviano.
Sin embargo, la “Nación camba” tiene aún un conjunto y una serie de
desafíos para seguir consolidando su existencia y fortaleza en lo que hoy
se llama la Bolivia pluricultural, plurilingüe y en lo que será, más
temprano que nunca, plurinacional.
Esos desafíos, por de pronto, los vemos en los siguientes campos:
a) El autonómico: Es una necesidad ineludible e irrenunciable exigir,
luchar y trabajar por la autonomía administrativa-política de la región
del Oriente boliviano donde está asentada la “Nación camba”. Nosotros
requerimos tener nuestras propias autoridades, elegidas por el pueblo de
esta nación. Hasta ahora el centralismo estatal y gubernamental paceño o
andino nos ha impuesto autoridades que por lo general responden a los
intereses partidarios o a la falsa ideología e idea (nunca realizada) de
un Estado-nación boliviano. Abogamos por tener un gobierno regional, con
sede en la ciudad de Santa Cruz de la Sierra, para el Oriente boliviano
(Santa Cruz, Beni y Pando), elegido a través de elecciones libres en esta
autonomía regional. Obviamente, necesitamos un parlamento regional o local
con diputados que representen los intereses de las provincias del Oriente
boliviano, y otro porcentaje de ellos que defienda los intereses de la
“Nación camba” en un parlamento que podría ser llamado simplemente
parlamento boliviano (ya que entendemos que el altiplano y los valles se
unirían en algo así como en otra autonomía). El gobernador del Oriente
boliviano autónomo debe elegir a las autoridades políticas de los tres
departamentos. Asimismo, el oriente boliviano autónomo debe tener su
propia guardia o policía regional, independiente de lo que se llama
policía nacional.
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