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LA NACIÓN CAMBA
FUNDAMENTOS Y DESAFÍOS
Gustavo Pinto Mosqueira
PARTE IV
Por lo dicho hasta aquí, no apreciamos por
qué toda Santa Cruz o todo el Oriente boliviano pueda considerarse como
una “Nación camba”. Si el asunto lo vemos desde el proyecto de la
construcción de la nación-Estado boliviano (algo que nunca se logró por la
falta de visión de los líderes y gobernantes del occidente boliviano), la
expresión puede causar risa, burla o en la mejor de las reacciones, dudas.
Exactamente igual a las que puede provocar el que los Aymaras o Quechuas
se consideren una “nación” dentro del Estado boliviano. A su vez, si lo
vemos desde el altiplanocentrismo, también puede causar similares
reacciones. En cambio, no se generan iguales posturas si vemos el asunto
desde las regiones orientales periféricas, la cuales históricamente (como
hemos visto), desde la creación de la República de Bolivia (acto durante
el cual, ya lo resaltamos) no había más que dos delegados por la provincia
de Santa Cruz de la Sierra), se sintieron alejadas e indiferentes a la
Bolivia andina que se fue construyendo en torno a la plata y después al
estaño hasta muy después de la Revolución Nacional del 52.
Por eso, creo que hay que alargar la vista y reconocer sobre el tema
algunos elementos fundamentales que justifican la idea, el proyecto y la
realidad de la “Nación camba”.
Primero: Hay que superar el paradigma de la única historia nacional de
Bolivia. Aquella historia que nos la enseñaron en torno a los presidentes
y gestiones de gobierno. Y reconocer que, así como existe una “cara india
y campesina de nuestro historia” protagonizada por los originarios de los
valles y del altiplano boliviano (particularmente por los Quechuas y
Aymaras), existe también una historia de la conquista, la colonia y la
república en el Oriente boliviano; historia, eso sí, poco estudiada y
leída. En consecuencia, sólo será posible reconocerla, aceptarla y
respetarla si la comenzamos a enseñar también en nuestras escuelas,
colegios y universidades. Esta historia del Oriente boliviano que hemos
resumido anteriormente, es uno de los fundamentos (el pilar histórico) de
la “Nación camba”.
Segundo: Hay que reconocer que la población predominante en el Oriente
boliviano es criolla y mestiza en relación a la indígena. En las tierras
bajas de nuestro país hay una población de cerca de 2 millones de
habitantes, de los cuales, aproximadamente unos 170 mil son originarios.
Ahora bien, les guste o no a muchos criollos y mestizos, éstos últimos
tienen o tenemos una cultura híbrida, es decir, se da una mezcla de
actitudes, valores y comportamientos más ibéricos con maneras de ser,
actuar y pensar de los originarios (llámese chiquitano, mojeño, chimane,
baure, sirionó, etc.). Pero hay algo más de fondo en ese fundamento étnico
de la “Nación camba”: la población mestiza del Oriente boliviano tiene
esta particularidad o peculiaridad que René-Moreno (1973: 191-192) resalta
así cuando describe el tipo de gente blanca dispersa aún (en chacos y
estancias) en tiempos de la colonia que habitaba la ciudad de la Barranca
fundada en 1559 por Ñuflo de Chávez en la chiquitania: “Esta gente
provenía de la mezcla progresiva del español con la india guaraní. Sabido
es que esta progenie blanquean por completo a la segunda o tercera
generación, y que, si entonces sobreviene de nuevo el concurso caucáseo,
el atavismo guaraní se retira para siempre de la piel, y persiste
tardíamente situado tan sólo en las facciones o en otras partes físicas o
morales del mestizo. Un historiador que vivió en el Paraguay estudiando la
naturaleza más de veinte años entre hombres amarillos y hombres blancos,
se muestra admirado de dicha mezcla por la excelencia de la variedad
resultante. [....] “Los conquistadores, dice Azara, llevaron pocas o
ninguna mujer al Paraguay, y uniéndose con indias resultaron un multitud
de mestizos, a quienes la corte declaró entonces españoles. Hasta estos
últimos años puede con verdad decirse que no han ido mujeres de fuera, ni
aun casi hombres europeos al Paraguay, y los citados mestizos se fueron
necesariamente uniendo unos con otros, de modo que casi todos los
españoles, allí, son descendientes directos de aquellos mestizos. [...]
“Observándolos yo (continúa diciendo Azara) encuentro en lo general, que
son astutos, sagaces, activos, de luces claras, de mayor estatura, de
formas más elegantes, y aun más blancos, no sólo que los criollos o hijos
de español y española en América, sino también que los españoles de
Europa, sin que se les note indicio alguno de que desciendan de india
tanto como de español”. Fue este mismo tipo de mestizaje el que se dio o
asentó también en la chiquitanía y con el tiempo en el Chaco. ¿Qué
paraguayo o cruceño no podría estar orgulloso de esta mezcla?
Para fines del siglo XIX, Coimbra (1995: 71) resalta también el mestizaje
beniano de esta forma cuando describe el tipo de población asentada en
Baure (ex reducción jesuítica): “Entre los nativos que ostentaban el
blasón de su alcurnia y sus riquezas, estaban los señores Rómulo, Pedro y
Nemesio Ojopi, hijos del gran cacique don Hipólito y de doña María Manuela
Vaca, cruceña, “americana-española”, como dice un documento público que a
ella se refiere. Eran especímenes espléndidos de la raza mestiza, los tres
primeros; raza que dio más tarde a muchos notables pioneros de la goma,
grandes benefactores de su pueblo, artistas e intelectuales”.
Tercero: Debemos admitir y aceptar también que la geografía influye en
ciertas costumbres y en la idiosincrasia de la gente del Oriente
boliviano. Sólo a título ilustrativo: servirse un “locro carretero” (sopa
elaborada con charque de ganado vacuno, arroz, plátano verde, cebolla en
hojas y sal) junto con los viajeros, debajo de un árbol que sirve de
pascana en plena llanura o pampas es una costumbre culinaria que no sólo
tiene sabor sino también saber, relaciones simbólicas y sociales de
camaradería. Y como este hay muchos otros fundamentos culturas de nuestra
“Nación camba”. Basta mencionar su música expresada en el taquirari (por
ejemplo, “Sombrero de Sao” de Pedro Shimose) , la chovena, etc.; o su
literatura expresada en muchas poesías costumbristas de Gustavo Adolfo
Baca o en la novela, escrita en versos, de Marceliano Montero “Paquito de
las Salves”, etc.
Cuarto: Tenemos que reconocer, además, otros elementos que particularizan
al hombre y mujer de nuestras tierras bajas. En efecto, la vida
reduccional no sólo dejó huellas, marcas, en los originarios sino también
en los criollos y mestizos; la forma de practicar la agricultura en medio
de llanuras y selva baja, quizás con poco esfuerzo o trabajo, a pesar de
lo ardiente del sol, no deja de tener su especificidad productiva y
distributiva.
Todo ello ha configurado una forma de ser, de vivir, de sentir, de
comportarse y hasta de acentuar las palabras al hablar en el hombre del
Oriente boliviano. Algunos de aquellos elementos, y quizás otros que no
hemos mencionado aquí, justifican la necesidad de aceptar o construir una
“Nación camba”. Ya que para ser nación no se necesita tener un territorio,
es decir, llegar a ser Estado. Tampoco se requiere tener una lengua propia
o una religión propia. Basta, tal vez (y esto lo tienen que ver los
propios interesados en la Bolivia pluricultural y plurinacional, es decir,
los mismos cambas –criollos, mestizos y originarios), tener un proyecto
político común, unido, eso sí, ineludiblemente a un denominador cultural
común que puede ser, como hemos venido señalando, la idiosincrasia y
ciertas costumbres genuinas, la propia historia regional, es decir, la del
Oriente boliviano, o algún otro factor cultural que sea parte de la manera
de ser del pueblo o “Comunidad camba” de las tierras bajas de Bolivia.
De esos elementos, a parte de ver ya de manera resumida la historia del
Oriente boliviano, queremos referirnos a la idiosincrasia y algunas
costumbres de los cambas, sobre todo, de los cruceños, ya que fueron
principalmente ellos quienes expandieron dichos aspectos por todo el
Oriente boliviano (incluyendo el Chaco cruceño).
5.- Idiosincrasia y costumbres de los cambas
La idiosincrasia es la personalidad social básica de un pueblo, una
sociedad o una cultura determinada que encierra aspectos psicológicos,
sociales y culturales. Las costumbres son prácticas que se repiten y
transmiten de generación en generación porque el pueblo o la comunidad
considera (conscientemente o no) que forman parte de su manera de ser o
comportarse. Los “cambas”, como ya dijimos, son los bolivianos de las
tierras bajas del país que se identifican y asumen la geografía tropical,
las costumbres y tradiciones de Santa Cruz, Beni y Pando.
Como el pasado nos permite comprender mejor lo que somos en el presente,
en primer lugar voy a referirme a algunos rasgos psicológicos y sociales,
así como a algunas costumbres de los “cambas” (criollos, mestizos y
originarios) de fines del siglo XVIII hasta fines del siglo XIX (I).
Primera advertencia: este primer punto será un esbozo histórico en base a
cinco fuentes principales: Breve descripción de las reducciones de Mojos
de Francisco Eder (ca. 1772); Provincia de Santa Cruz de la Sierra de D.
Francisco Viedma (edición de 1969); Descripción geográfica, histórica y
estadística de Bolivia, T. I, de Alcides de Orbigny (1845); Catálogo de
Mojos y Chiquitos de Gabriel René Moreno (1888), y el Diario de viaje de
Antonio Vaca Díez (escrito a fines del siglo XIX –inédito). Segunda
advertencia: el acercamiento a la idiosincrasia del pasado de los “cambas”
se logra mejor haciendo referencia a algunos elementos que sí “dicen” algo
o mucho de aquella personalidad social, como ser el tipo o modelo de las
casas que tenían y el comportamiento que originaba, la tenencia y
producción de bienes y la actitud ante los mismos, etc. Con estos factores
materiales que tienen que ver con la cultura, es posible comprender mejor
los rasgos personales y sociales de los “cambas” del periodo que hemos
delimitado.
En segundo lugar, teniendo en cuenta otros elementos de tipo general, haré
una radiografía de la idiosincrasia de hoy en día de los “cambas” del
oriente boliviano (II). Para este apartado me basaré en lo descrito en el
punto I y en mi propia experiencia ya que nací y me eduqué hasta mis 16
años en los llanos de Mojos del Beni.
(I) Aún a fines del s. XVIII Santa Cruz de la Sierra, después de cerca de
3 siglos de su fundación, no había prosperado como las otras poblaciones o
ciudades de lo que en aquel entonces se llamaba el Perú. Por algunas
razones: por ejemplo, a pesar de que los cruceños poseían estancias de 6 a
7 y más leguas de extensión, con abundante agua y excelente pasto, donde
mantenían sus ganados y sembraban sus cañaverales, y otros productos
agrícolas, esta economía se mantenía a nivel de subsistencia. Es más,
ninguno de ellos tenía la propiedad legal de las tierras que labraban.
Sólo la poseían bajo un dominio precario que duraba mientras que mantenían
ganado y labraban, o hacían labrar con manos indígenas, sus chacos. Esta
situación, según Viedma (1969), no les hacía esmerarse en el adelanto y
cultivo de las tierras, y sólo se contentaban con lo necesario para el
día.
A su vez, en las últimas dos décadas de aquel siglo, Santa Cruz de la
Sierra tenía 11 calles principales, sin forma ni orden. Las casas
principales de los cruceños se ubicaban en el centro de la ciudad. Sus
paredes eran de abobe, algunas estaban cubiertas con tejas, otras con una
especie de caña de 3 varas de largo y una cuarta de ancho, que labraban de
una palmera y duraban hasta doce o más años. Pero todas las casas eran
reducidas, sin comodidad, ni tenían los resguardos necesarios para
resistir las inclemencias del tiempo. Las casas de los ranchos estaban
hechas de palizada y barro, cubierta de la hoja de la palmera llamada
motacú. En cambio, la plaza era de mucha extensión y cuadrada; en uno de
sus frente estaba la iglesia catedral que tenía una regular capacidad,
“permanecía aseada y decente” (relata Viedma 1969). Más aún, la casa del
gobernador, de los capitulares, de la que hacía de cárcel, estaban hechas
del mismo material y con la misma disposición.
Las mujeres cruceñas vestían enaguas (llamadas frustán), largas hasta los
pies, bordadas de colores o listas de encajes. Las camisas tenían mangas,
puños y vueltas disformes de largo y ancho, cerradas por el cuello, y los
pechos estaban bordados con sobrepuestos de oro, plata o seda de colores,
muy guarnecidas de encajes; los puños eran de brocato o cinta de tisú, de
holán o clarín muy fino. De modo que el costo de algunos vestidos pasaba
de 80 a 100 pesos. El cabello lo llevaban en dos trenzas partidas por el
medio, y empleaban cinco varas de cinta ancha de seda de tisú para liarlas
de arriba abajo, quedando unidas ambas trenzas a la cinta, que dejaban
pendiente, del largo de una vara: “éste es el traje más común” (Viedma
1969). “En días de gala, o si tienen que recibir alguna visita de mucho
cumplimiento, usan de unos guardas-pies como los de España, de terciopelo
encarnado azul o verde, tisú, brocato u otras telas de seda, a las que
ponen guarnición de galón de oro o plata alrededor de 3 partes con adornos
de rosarios o cadenas de oro, gargantillas de perlas o corales. El zapato
es de cordobán negro y poco lo usan dentro de la casa. El traje de iglesia
nada se diferencia del de España. La gente común gasta [usa] polleras de
zepiterna azul y verde, mantilla blanca: y por lo regular andan descalzas”
(Viedma 1969).
El traje de los criollos cruceños era igual a los de las demás provincias
del Perú; eran hombres de buena estatura y robustos, “muy sufridos de
trabajo, inclinados al manejo del arma, fieles y leales vasallos del Rey,
obedientes a cuanto se les manda por sus superiores; en todo el Perú no he
encontrado mejores soldados...” (Viedma 1969).
“La mujeres regularmente son bien parecidas, afables, obsequiosas e
idólatras de su tierra, y lo mismo los hombres” (Viedma 1969).
En la Santa Cruz de aquel entonces, las indígenas usaban tipoy (camisa
larga hasta los pies, de lienzo de algodón, sin mangas) que se ajustaba
por la cintura con una faja de cuatro dedos de ancho de lana de colores, y
una mantilla negra de algodón. Algunas indígenas llevaban la bayeta de
Castilla, encarnada o de otro color. Mujeres y varones indígenas hablaban
el castellano y no su lengua materna. Esto hizo que su aculturación fuese
más rápido en la ciudad.
La población de todo el curato (de Santa Cruz de la Sierra y de los otros
pueblos y comunidades que caían bajo su jurisdicción) sumaba a fines del
s. XVIII las 10.672 almas; distribuidas de esta manera: 4.303 españoles,
4.014 mestizos, 2.111 indios y 150 negros, entre esclavos y libres, de los
que desertaron de los dominios de Portugal.
Casi medio siglo más tarde, a los siete años de la creación de Bolivia
como República, Orbigny (1845) estuvo en Santa Cruz de la Sierra y la
describe así: “Al igual que todas las ciudades españolas del nuevo mundo,
se divide en cuadras o manzanas iguales entre sí; pero como no se mantuvo
la alineación con escrupulosidad y los cuadrados no se edificaron por
completo, se ha formado una ciudad muy extendida y de escasa regularidad.
Con excepción de la casa del jefe de policía, las viviendas sólo tienen
una planta baja; todas cuentan con galerías exteriores, destinadas a
protegerlas de la lluvia, y las paredes son de tierra y carpintería. Están
mal alineadas y su altura varía mucho; el acceso a algunas se facilita con
gradas. (...) [Suelen] estar cubiertas de troncos o de palmeras carondai,
aunque ya se empiezan a construir techos de tejas cocidas. A medida que se
alejan de la plaza, se reducen a cabañitas cubiertas de paja o palmas. En
el centro de la ciudad, las manzanas no se edificaron del todo, contando a
menudo de viviendas esparcidas en el pasto, y la irregularidad aumenta en
las afueras, donde ya no se observa algún orden de construcción. Los
solares, siempre más numerosos se convierten en campos cultivados. En
general se tomaría a Santa Cruz por una ciudad provisional y de cualquier
modo se trata de la más campestre que haya conocido en América.”
La calles –continúa describiendo Orbigny (1845)- no estaban bien trazadas;
las cubría una arena movediza, donde las piernas se hundían hasta la
mitad, tanto cuando llovía como en época de sequía. La gran plaza,
semejante a un prado natural, ostentaba a un lado la catedral, edificio
provisorio hecho de barro. El cabildo, donde vivía el prefecto, era una
gran casa, provista de una galería de madera, edificada a dos metros sobre
el nivel de la plaza. Enfrente tenía el colegio, que servía también de
seminario.
Cada casa contaba con una o dos puertas y otras tantas ventanas a la
calle; estaban casi siempre abiertas y provistas de un enrejado de madera,
sin vidrios. Durante la siesta y por la noche se cerraban por la parte
interior unos postigos provistos de mirillas. Casi todas las casas tenían
una sala amoblada con grandes sillones o sofás de madera, a la moda del
siglo XV, rara vez tapizados de cuero. A veces, también se colgaba la
hamaca en la sala. Esta sala era el lugar de la recepciones; la pieza
donde se instalaban las damas para platicar con sus visitas o por las
ventanas con los transeúntes, como si todos fueran miembros de una misma
familia. No contaban con muebles rebuscados ni pinturas. En sus interiores
resaltaba la mayor sencillez. Al respecto, y como viendo el futuro de esta
ciudad y de los cruceños, Orbigny (1845) comenta: “Lejos de sentirme
incómodo por el simple moblaje de las habitaciones cruceñas, casi me
regocijaba encontrar esa sencillez, pensando en las transformaciones que
sufrirían las virtudes hospitalarias de la población cuando conozca las
mil y una necesidades que el lujo y la molicie introdujeron en nuestras
ciudades [europeas]. Entonces con innumerables necesidades que ignoran
hasta el presente, su existencia será menos fácil, sus gastos habrán de
centuplicarse, las diferencias de fortuna se harán sentir y acarrearán
rivalidades tendientes a endurecer sus corazones e inspirarles el frío
egoísmo que envenena nuestros centros civilizados. ¿Serán entonces más
felices los cruceños? Lo dudo; quizás añoren esta sencillez que los nivela
y aumenta sus recursos en la medida de todas las necesidades que no
tienen.”
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