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LA NACIÓN CAMBA
FUNDAMENTOS Y DESAFÍOS
Gustavo Pinto Mosqueira
PARTE III
Con ese afán de mantener a raya a los
Chiriguanos y de hacer incursiones militares al interior de los “llanos de
Manso” para conquistarlos y someterlos, don Lorenzo Suárez de Figueroa se
ideó otras estrategias. Por ejemplo, en 1590 hizo fundar el pueblo de San
Lorenzo a las orillas del río Guapay (véase Finot 1978: 302-303). En 1594
nombró a uno de los caciques principales de la Cordillera como capitán
general de todos los Chiriguanos. Una año después, en 1595, el P. Diego de
Samaniego, que hablaba la lengua chiriguana, hizo una entrada a la
Cordillera con el fin de conquistar espiritualmente a los originarios del
lugar. Más tarde, a fines del siglo XVI y principios del XVII entraron a
dicho territorio algunos padres jesuitas, entre ellos el P. Jerónimo de
Andion que también había aprendido el idioma chiriguano. Ahora bien, estas
penetraciones religiosas fueron paralelas a las incursiones militares
desde Santa Cruz, Tarija y Tomina. Los intentos de cristianizar a los
originarios de la Cordillera le costó la vida a algunos misioneros. Pues,
los Chiriguanos en más de una acción como ésta fueron influenciados por
los chamanes o hechiceros.
Posteriormente, entre 1607 hasta fines del mismo siglo, los intentos por
evangelizar a los Chiriguanos fracasaron a pesar de que algunos caciques
fueron a solicitar misioneros a Charcas o Potosí. ¿Por qué fracasaron?
Finot (1978: 304-305) da una respuesta contundente: “Demuestra el
documento precedente, así como otros que han sido transcritos
precedentemente, que la tan decantada ferocidad de los Chiriguanos era en
parte el resultado de malos tratamientos a que habían sido sometidos en
varias ocasiones. En cuanto a su resistencia a admitir la predilección de
la fe y la presencia de los misioneros en sus pueblos y folderías, era con
seguridad una simple manifestación de desconfianza, por el temor de que su
tolerancia fuera el principio de un sometimiento que importara luego la
pérdida de la libertad y la implantación de los trabajos forzados. No debe
olvidarse que entraba en el interés de los conquistadores exagerar las
noticias sobre las depredaciones de los salvajes, para poder contar con la
impunidad en los casos en que entraran a cazarlos como a fieras, con el
objeto de someterlos a la servidumbre. El P. Chomé cuenta en una de sus
cartas que, en alguna de sus andanzas entre los Chiriguanos, encontró a un
capitán o cacique que había sido cautivo de los españoles y reducido en
Potosí a los trabajos de la Mita, de donde consiguió evadirse [. . .] “Ya
hemos citado el hecho de que Nuflo de Chaves consiguió hacerse amigo de
los Chiriguanos y establecerse entre ellos en la Barranca, manteniendo
expedito el camino entre Santa Cruz y Charcas. Su ausencia, y su muerte
fueron causa de que esa amistad se perdiera, quizás porque otros
conquistadores abandonaron el método de dar a los indígenas trato de
amigos. También se sabe que Suárez de Figueroa llegó a adquirir gran
ascendencia moral entre los indios de la Cordillera, tratándolos siempre
con justicia, aunque castigándolos con energía cuando se hacían culpables
y dignos de rigor”.
Para cerrar este apartado queremos inferir esta conclusión: en nombre de
su libertad e independencia los Chiriguanos fueron uno de los pocos
pueblos, sino el único de la América del Sur Meridional, que resistieron
con valentía, firmeza, audacia y decisión la conquista militar y la
colonización de la Corona española. ¡Lo que sucedió en la Cordillera es un
ejemplo de cómo un pueblo (etnia originaria) puede luchar por su libertad!
La vida republicana, bajo la conducción de gobiernos “collas” del Estado
boliviano andinocéntrico, no será muy diferente para los Chiriguano-guaraníes
a la de los Mojos y Chiquitos.
3. El Estado andinocéntrico de Bolivia
Después de las guerras de independencia en el Alto Perú (guerras
libertarias que supuestamente las iniciaron líderes revolucionarios del
occidente de Bolivia –en efecto, los historiadores del altiplano y de
aquel Estado han manipulado la historia en ese afán de crear una República
unitaria, pero ciertamente girando en torno al mundo y la cultura andina–,
cuando en realidad fue en los llanos de Mojos, concretamente en San Pedro
y Trinidad (ex reducciones) de lo que hoy es el región del Beni, que se
iniciaron las primeras acciones de lucha y expulsión de los españoles
colonialistas, pues, ya en 1792, Juan Maraza, a pesar de que unos años
después se enfrentó a Pedro Ignacio Muiba a consecuencia de la viveza y
manipulación política de los criollos y chapetones, logró expulsar, en
nombre de la liberación, al gobernador Miguel Zamora y Triviño de la
provincia de Mojos; en 1805 también suplantó al gobernador Urquijo con la
intención de emancipar a los pueblos de Mojos de España (véase Roca 2001:
136)), y de la creación de la llamada “República de Bolivar” en la
Asamblea Constituyente de 1825 –fundación en la cual fue un tremendo error
histórico que los dos diputados por la provincia de Santa Cruz votaran
positivamente, más por equivocación o motivación personales que por la
voluntad expresa de la gobernación de los cruceños de aquel entonces
(recordemos que Santa Cruz ya se había declarado una Republiqueta
independiente entre 1813 y 1816 a la cabeza, sobre todo, de Ignacio Warnes),
este Estado andinocéntrico ya desde su aparición (la mayor cantidad de
representantes que firmaron el Acta de Independencia eran de Chuquisaca,
Potosí, Oruro y La Paz) y los gobiernos de tuno de los valles y el
altiplano no hicieron nada por el desarrollo y el bienestar de los
habitantes criollo-mestizos y originarios (Chiriguanos, Chiquitanos,
Guarayos, Mojeños, Movimas, Chimanes, Sirionós, Esse Ejja, Caviñenos,
Itomamas, Yuracarés, Mosetenes, Tacanas, etc.) del Oriente boliviano, es
decir, por los “cambas” de Santa Cruz, Beni y Pando y lo que antes era el
perdido Acre. Los líderes y gobernantes de aquel Estado, civiles y
militares caudillos, dictadores, semianalfabetos, plutócratas, liberales,
republicanos...dejaron a su suerte a lo que hoy conocemos como el Oriente
boliviano (o tierras bajas).
Lo único que hizo aquel Estado de y para los valles y el altiplano de
Bolivia y los gobiernos collas (de criollos y mestizos) fue mantener la
estructura económica y social colonial también en el Oriente boliviano.
Así, se benefició del trabajo y la riqueza de los mojeños que aún llevaban
una vida acorde con las misiones jesuíticas, pero jamás le retribuyó
beneficios en educación, salud y bienestar material (véase Block 1997).
Creando la Ley de la ex vinculación de tierras en la segunda mitad del
siglo XIX, sentó la justificación legal para que poco a poco los mismos
originarios de las tierras bajas vayan perdiendo sus territorios por la
introducción de las ideas librecambistas inclusive en gente del Oriente
boliviano. Pero lo peor es que esa ley, junto con la Ley de Reforma
Agraria de 1953, sentó las bases para que los gobiernos del altiplano,
junto con el Instituto Nacional de Colonización, el Banco Agrícola, el
Instituto Nacional de Reforma Agraria (organismos e instrumentos
económicos y políticos manejados por gente del altiplano boliviano)
concibieran las tierras del Oriente boliviano (tierras de los originarios
y tierras conquistadas por el empuje y tensón de los propios cruceños)
como “tierras del Estado”, esto es, tierras de nadie, “baldías”, que
debían ser colonizadas por Quechuas y Aymaras. Aquí está el verdadero
origen histórico de la pérdida de sus tierras o territorios de los pueblos
originarios del Oriente boliviano. Y ahí está la explicación también por
qué muchos criollos y mestizos cambas no tienen un palmo de tierra ni de
terreno ni para construir su casa. Esto que hizo y viene haciendo dicho
Estado nos empobreció y empobrece aún más.
Si tocamos otros elementos para el caso de los chiquitanos en tiempos de
la vida republicana y contemporánea, varios elementos coinciden con lo que
les ha sucedido y sucede a los mojeños y otros pueblos o etnias del
Oriente boliviano. En efecto, éstos continuarán trabajando como lo hacían
en tiempos de los jesuitas y conservarán algunas de las costumbres: por
ejemplo, trabajaban cantando, gustaban de la música, seguían practicando
el teatro cómico, celebrando las fiestas patronales, etc. Pero los
criollos y sus familiares, a consecuencia de que dicho Estado no dio
educación ni cambió la mentalidad colonial de los cruceños de la época, se
aprovecharán de los Chiquitos, sin respetarles sus derechos republicanos.
En 1845 la relación entre los chiquitanos liberados de la colonia, frente
al administrador republicano que ahora dirigía la economía del pueblo, no
había cambiado. Aquellos en muchas aspectos seguían siendo considerados
menores de edad y el Estado republicano andinocentrista, se pensaba, tenía
que cuidar de su personas y propiedades (véase Hoffmann 1979: 90-91).
Más de un siglo después, esa condición social de los chiquitanos no
cambiará mucho. Así, para la década de los 60 del siglo XX, Coimbra (1961:
75) nos informa, por ejemplo, que los nativos de San José de Chiquitos
estaban en vías de desaparecer, siendo varias las causas: la emigración al
Brasil en busca de mejores condiciones de vida, luego la falta de
protección por parte de aquel Estado boliviano, la miseria en la que
viven, las enfermedades que padecen, etc. “Los que quedan en su mayoría
son hombres viejos aferrados a su tradición y a sus costumbres [...]”. Por
eso Coimbra planteaba atención por parte de aquellas supuestas autoridades
nacionales; buscar alguna salida para solucionar la situación social y
económica del chiquitano, porque éste “con facilidad se asimila a la
civilización sin necesidad de tutores, por tanto con sólo crearle medios
de producción y terminar con la tiranía de los caudillos políticos (otro
pésima influencia de la práctica política de los criollos y mestizos del
occidente de Bolivia –los paréntesis son nuestros) se conseguirá fijarlos
en la tierra de sus antepasados”. Y todo esto porque Coimbra reconoce
muchas virtudes en los chiquitanos; por ejemplo, que ellos tienen “elevado
concepto de la vida de hogar. La influencia del cristianismo es notoria y
sus costumbres atávicas han pasado a un grado secundario. [...] y ninguna
de sus costumbres se oponen diametralmente a la moralidad, y más bien en
muchos casos podrían servirnos de ejemplo” (Ibíd.: 77).
Para el caso de los Chiriguano-guaraníes la historia es similar e incluso
hasta más violenta. Porque ese Estado se encargará de derrotarlos en la
batalla militar de Kurujuky de 1892, con el afán de someterlos y quitarles
sus tierras en nombre de las ideas liberales para repartirlas a los
allegados y amigos de los gobernantes de turno. Y ahí tenemos a muchos
miembros de esta familia guaraní, sometidos a condición casi de
semiesclavitud en la provincia Calvo de Chuquisaca.
Por su parte, los criollos y mestizos del Oriente boliviano tuvieron que
salir por sí mismos en su subsistencia y paulatino desarrollo económico y
social. Frente al centralismo cultural y educativo del altiplano, los
benianos con el propio esfuerzo económico local o municipal tuvieron que
esforzarse por la educación de sus hijos, lo mismo los cruceños; además,
estos últimos tuvieron que ver y exigir la creación de la Universidad
Gabriel René Moreno a fines del siglo XIX. También el último cuarto de
este siglo y las primeras dos décadas del XX, los cruceños (entre los
cuales estaba mi bisabuelo Rómulo Pinto Velarde y mi abuelo paterno
Donasiano Pinto Melgar) tuvieron que conquistar y poblar, por buscar la
riqueza de la hevea brasiliensis (la goma o caucho), el noroeste del Beni
y el norte de Pando, empresa que aquel Estado, por su incapacidad y
desorden político y militar, nunca lo hizo. Por las vías fluviales y los
caminos carreteros y de herradura los cruceños, y después los benianos,
tuvieron que comunicar el sur con el norte del Oriente boliviano. Iban al
norte a amasar fortuna en base a la explotación de la goma y las estancias
ganaderas. Iban al sur, sobre todo al norte argentino, a comprar caballos
y mulas a fin de tener este valioso recurso para las estancias que con el
tiempo cobraron una verdadera importancia económica sostenida para nuestra
región oriental. Pero comunicación con el occidente o el altiplano por
medio de una vía caminara o ferroviaria no la hubo desde 1825 hasta los
primeros años de la década de los 50 del siglo XX. Porque el centralismo
de aquel Estado así lo quiso y decidió. Sólo comunicó el altiplano y los
valles entre sí por medio de ferrocarriles primero y de carreteras
después. Esto con el afán de explotar sus riquezas en minerales y de
enriquecer a una elite minera de la plata y del estaño que, dicho sea de
paso, sólo le interesó sacar esa riqueza al exterior y dejar un poco para
el incipiente desarrollo urbano de La Paz, Cochabamba, Sucre, Oruro y
Potosí. Mientras tanto, el Oriente boliviano y sus capitales (Santa Cruz
de la Sierra, Trinidad y después Cobija) nunca recibieron parte de esos
recursos y beneficios en procura del mejoramiento de la calidad de la vida
urbana de sus habitantes. La luz eléctrica, el alcantarillado, el
telégrafo... primero les benefició a los del altiplano. Basta ver lo que
hicieron los conservadores y liberales en beneficio del altiplano y lo que
dejaron de hacer por el Oriente boliviano. Santa Cruz y el Beni recién
cobraron importancia demográfica durante la Guerra del Chaco, la cual la
perdimos por la incompetencia de sargentos y oficiales del altiplano de
aquellos años (la derrota se repetía como cuando la Guerra del Pacífico),
e importancia económica después de la explotación del petróleo encontrado
en el subsuelo cruceño. Y si no hubiese sido por la lucha de los cívicos
cruceños a la cabeza de Melchor Pinto Parada por las regalías petroleras
del 11% para la región de Santa Cruz, el centralismo estatal del altiplano
hubiese seguido sangrando al Oriente boliviano como lo hizo en los
primeros años de la República explotando a los originarios mojeños y
chiquitanos de las ex reducciones, como lo hizo cobrando impuestos en
Villa Bella por la explotación del caucho, por la explotación del cuero
del ganado vacuno del Beni durante el siglo XIX, como lo hace hoy día
cobrando impuestos por la explotación de la madera preciosa y de la
castaña del Oriente boliviano sin dejar apenas beneficios económicos y
sociales para los cambas (criollos, mestizos, originarios cruceños,
benianos y pandinos), o como lo hace en estos últimos años cobrando
impuestos a los agricultores, agroindustriales y manufactureros cruceños,
llevándose el 75% de ese dinero y devolviéndole para la región cruceña
apenas un 25%. Es por esta injusticia histórica y económica que la ciudad
de Santa Cruz de la Sierra, la capital del Oriente boliviano y cuna de la
“Nación camba”, extiende su desarrollo urbanístico y ornato público sólo
hasta el tercer anillo (apenas casi nada) en pleno inicio del siglo XXI. A
partir de ahí, falta casi todo: pavimento de calles y aceras; jardines,
plazas o plazuelas, parques de recreación infantil, iluminación, desagües,
etc. En nombre de un criterio de mayor concentración demográfica, la Ley
de Participación Popular distribuye los recursos del TGN; pero cuando el
último Censo del 2001 demuestra que la ciudad de Santa Cruz tiene más
habitantes que la de La Paz, el centralismo del gobierno paceño (hoy con
la complicidad, es de lamentar, de algunos “crucos” maleados por la
política partidaria y mareados por el afán de poder político) le niega a
Santa Cruz los recursos financieros y económicos. Ahí tenemos a la ciudad
de Trinidad, capital del Beni, sin alcantarillado en pleno comienzo del
siglo XXI. ( Y claro... ¡como la población camba no está sindicalizada ni
politizada con ideologías cerradas y autoritarias como para hacer paros,
huelgas, bloqueos de carreteras, etc. para exigir sus demandas de
desarrollo social y humano!, ahí nos tienen los gobiernos de turno del
altiplano: esperando con paciencia la buena voluntad de sus políticos y
burócratas, muchos de ellos ineptos, con mentalidad y sicología
desconfiada, recelosa, huraña, leguleya, tímida, ineficiente,
individualista o colectivista (ayllista) al extremo cuando sus intereses
están en juego frente al desarrollo del Oriente boliviano.
Es por todas estas razones, en nombre de la verdad y de lo que sucede en
los hechos, que la “Nación camba”, en lo que hoy llamamos la región del
Oriente boliviano, debe buscar su autonomía administrativa, económica y
política de aquel Estado andinocentrista, sin necesidad de desmembrarlo,
pero con la condición de convertirlo en un verdadero Estado moderno que
trabaje por el desarrollo equitativo y transparente del occidente y el
Oriente boliviano.
Ahora bien: ¿qué queremos decir con “Nación camba”? ¿Qué entendemos por
autonomía?
4.- La “Nación camba”
Hasta ahora he escuchado y leído sobre el tema frases o textos breves,
pero con pocos estudios, análisis y comentarios serios.
En nombre de la claridad (algo que no siempre logramos completamente),
empiezo refiriéndome al sentido del término “camba”. Así, de entre los
textos más antiguos donde aparece dicha palabra he leído el del Hno.
Joseph del Castillo: “Relación de la Provincia de Mojos” de 1676. Aquí
Castillo usa el vocablo “camba” para referirse a un originario (léase
indígena) el cual posiblemente pertenecía a una de las etnias asentadas
entre el norte de Chiquitos (Santa Cruz) y el centro y sur de los llanos
de Mojos (Beni), o bien, simplemente era el nombre con el que se auto
identificaba aquel “nativo” ante los ibéricos o misioneros. Ahora bien,
del texto se infiere que dicho “natural” hacía las veces de guía y
ayudante en las faenas y labores de viaje que cumplía el Hno. Castillo a
los llanos de Mojos. Con el pasar de las décadas, el término permaneció
tanto en el habla de la sociedad regional criolla del Oriente boliviano
como en el de los propios originarios. Aunque habrá que reconocer que no
sabemos con qué otros sentidos aquel término sobrevivió. Seguramente (y
esto lo decimos de manera hipotética), con el tiempo fue adquiriendo la
denotación de “peón” o “mozo” en las estancias ganaderas y en la relación
campo-cuidad.
Lo cierto es que hoy el término “camba” tiene algunos significados que
varían según el contexto y según quién lo pronuncie o emita. Por ejemplo,
cuando un criollo del oriente boliviano profiere esa palabra para
referirse a un indígena o mestizo, en una situación de bronca o de
relación patrón-mozo, puede significar “flojo”, “borracho”, “bruto” (opa),
o en el peor de los casos, “indio” (léase además de eso, “inferior”,
“bueno para nada”, etc.). Si la usa para diferenciarse del boliviano de
los valles y del altiplano, significa “no-colla”, o sea, boliviano de las
tierras bajas distinto por su carácter, idiosincrasia, tradiciones, forma
de vestir, de hablar, de relacionarse con los demás... O simplemente, la
mayoría de los cruceños, benianos y pandinos adoptan el calificativo de
“camba” para identificarse con la geografía o la tierra del Oriente
boliviano. En síntesis, al interior de las tierras bajas de Bolivia
(principalmente Santa Cruz, Beni y Pando) se usa hoy aquel término, en
unos casos, para discriminar al originario; en otros, para identificarse
con una geografía de clima tropical y, en otros, para diferenciarse de los
bolivianos de las tierras altas (valles y altiplano).
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