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LA NACIÓN CAMBA
FUNDAMENTOS Y DESAFÍOS
Gustavo Pinto Mosqueira
PARTE II
De esta manera, unos años después, en 1682 se
fundó la primera misión en los llanos de Mojos, llamada Loreto, dándose
inicio al periodo de la reducciones jesuíticas de Mojos, una época de
mucha importancia durante la colonia pero también para la historia del
oriente boliviano. Estas reducciones, junto con las de Chiquitos o las del
Paraguay, tenían tres intenciones: 1) evangelizar a los originarios del
oriente de la América del Sur Meridional, 2) organizarlos en pueblos
mayores y 3) liberarlos de los encomenderos y de los ibéricos
colonizadores que necesitaban de mano de obra esclava para sus estancias (Menacho
1987).
De este modo, ya en 1750 habían 19 misiones, incluyendo la de Buena Vista
y Santa Rosa, esta última en el cercado de Santa Cruz de la Sierra. Todas
estaban administradas por jesuitas con un total de 45 padres y 3 hermanos,
y una población de 31. 000 mojeños convertidos. En 1752 los llanos de
Mojos contaban con 22 pueblos administrados por 48 religiosos en 1200 Km2
(Chávez 1944: 271). Algo característico en estas misiones es que los
jesuitas buscan quitar, lo que en esos tiempos se llamaba, las
"idolatrías" (Eguiluz 1696), pero no la lengua arawak. Así, cada reducción
fue poblada con indígenas de varias lenguas, aunque en todo caso acabó
dominando la lengua moja que era la más común. Sobre este aspecto se
afirma: "El mojo fue la lengua obligatoria en todas la misiones
meridionales; en las restantes se hablaba baure, canichana, movima,
cayuvava, itomama, maropa y moré [...]" (Denevan 1980: 64; véase D’
Orbigny 1845: 176). El trabajo era obligatorio. Los productos eran
almacenados y administrados con el fin de alimentar y vestir a la
población, sostener los gastos del culto y costear las fiestas populares.
No había propiedad privada ni libertad de comercio. "Nadie estaba ocioso
allí, todos trabajan [...], sin peculio individual, sin conocer el uso de
la moneda ni el contrato de compra-venta [...]" (Gabriel René Moreno, en
Chávez 1944: 294-295).
Junto a la vida comunitaria, más la producción industrial y ganadera, el
mojeño desarrolla también aptitudes para las artes y diversos oficios
manuales. Habían carpinteros, herreros, tejedores, sastres, zapateros,
curtidores, torneros, fundidores de zinc, relojeros, escultores, pintores,
fundidores de campanas y constructores de instrumentos (Chávez 1944: 239),
músicos (Altamirano 1979: 221), etc. Aún en la primera mitad del s. XIX
mantenían estas habilidades productivas. Así, D’ Orbigny dice: "[...] son
sin contradicción, los más industriosos y más diestros de todos los
indígenas del Alto Perú, tanto por sus tejidos como por su cantidad de
pequeños trabajos; son buenos músicos y pintores bastante hábiles" (D’
Orbigny, en Finot 1978: 285; véase D’ Orbigny 1845: 289; Chávez 1944:
239-294).
El carácter no violento y virtudes tales como la lealtad, honradez,
respeto a lo ajeno, la afabilidad y amabilidad, así como la habilidad
manual, constituyeron el elemento psicológico y humano sobre el cual se
llevó a cabo la obra evangelizadora entre los mojeños. Estos abrazaron
piadosa y fervorosamente, con alegría, la fe cristiana.
De esa experiencia de las reducciones, destacamos el gobierno que tenían y
el rol de los Cabildos. En cada misión habían dos religiosos: uno se
ocupaba del gobierno espiritual, que se supone tenía bajo su dependencia
al mojeño Maestro de Capilla y al Sacristán Mayor. El otro jesuita se
ocupaba de la administración y de los talleres (Chávez 1944: 304-305). Se
supone que de éste último dependía el Cabildo. Hasta aquí podemos ver que
impera una organización vertical: el jesuita es cabeza de la reducción.
Pero ¿se puede sostener que esta autoridad era absoluta? Sostenemos que
¡no! Pues el jesuita, a parte de hacer de juez, a la vez tenía que hacer
de maestro, médico, ecónomo (Denevan 1980: 65; véase Altamirano 1979:
221). Estas eran funciones sociales que, en vez de distanciarlo del mojo,
lo acercaban más a éste. Porque, además, el jesuita no va a implantar una
dominación política como objetivo prioritario, sino a evangelizar.
Por su parte, el Cabildo estaba conformado por los siguientes miembros
mojos. El jefe de la comunidad moja era llamado Cacique. Este recibía
instrucciones de los padres sobre los ramos de la administración de la
reducción, y tenía a sus órdenes, y a la vez lo representaban y
sustituían, un alférez y dos tenientes. Estos dos elementos pueden refutar
aquella crítica que dice que los jesuitas no enseñaron a los originarios a
gobernarse. Además, conformaban el Cabildo, dos Alcaldes de Familia y dos
de Pueblo. También dependientes del Cacique. Para ser promovido de cargo
se debía ejercer competentemente la función durante el año, elección que
se realizaba el 1 de enero de cada año (véase Eder, en Marza 1992: 330).
De esta manera se llegó a dar continuidad a una forma originaria de
autoridad, pero con un nuevo giro: servir al pueblo mojeño (véase Chavéz
1944: 305).
Sin embargo, esa experiencia y situación del mojo en las reducciones
cambiará bruscamente después del "extrañamiento" (expulsión, expatriación)
de los misioneros (1767-1768). Pues, los años inmediatos fueron caóticos
en dichas misiones. En efecto, entre 1767 y 1789, el nuevo clero (curas
neófitos y corruptos) ejercieron un control dictatorial de las reducciones
y del mojeño (Denevan 1980: 66). El nuevo clero secular y regular, además
de mirar con desdén al hombre mojo, no cumple una verdadera misión
apostólica (Chávez 1944: 343-344). Además, el mojeño es forzado a trabajar
no para su beneficio sino para el de los nuevos curas (D’ Orbigny 1845:
192-194). A partir de 1789, con la Reforma del gobierno de D. Lárrazo de
Rivera, que limitó la competencia de los curas al campo religioso, pasando
el comercio y el gobierno temporal a manos de administradores civiles, la
situación, sobre todo económica, algo mejoró. Pero los abusos y el mal
trato a los mojeños continuaron (D’ Orbigny 1845: 195). La consecuencia
fue la paulatina ruina de las reducciones y la disminución de la población
originaria. El mojeño tuvo que "huir" (escapar) a la selva (Vargas 1964:
146-147; véase Santamaría 1987: 210). Es decir, huye de los malos tratos,
abusos y trabajos forzados.
En esa condición –y participando desde ha mucho más antes en la
independencia– el pueblo mojeño pasará a la vida republicana: período
histórico en el que no cambiará su condición social, económica y política.
Seguirá siendo dominado y explotado, esta vez, irónicamente, por el Estado
republicano andinocéntrico recientemente creado (véase D’ Orbigny 1845:
197).
Aunque fundadas un poco más tarde que las de Mojos (entre 1692 y 1718), la
misiones de Chiquitos contaban con un colegio –la casa de los padres– que
tenía dos patios: en el primero estaba la vivienda de los misioneros y en
el segundo se encontraban los talleres de los chiquitanos herreros,
carpinteros, tejedores, sastres, curtidores y fabricantes de instrumentos
musicales. Unos cuantos trabajaban en estos talleres donde se producía
todo lo que el pueblo necesitaba: tela de algodón, herramientas, como
hachas, sierras, formones, cepillos de carpintería, palas y anzuelos para
la pesca; sandalias, adornos de plumas, rosarios, candeleros, relojes de
madera, etc.; mientras que la mayoría de la población lo hacía en el
campo.
La jornada laboral empezaba y terminaba en la iglesia. Por la mañana
tocaban las campanas y todo el pueblo iba a misa, “decentemente vestido y
sin plumas en la cabeza [...]. Cuando se acercan a la iglesia se
destrenzan el cabello, que recogen para trabajar, pues llevar el cabello
suelto, es una señal de profundo respeto” (Knogler, en Hoffmann 1979: 59).
El producto de las tierras comunes estaba destinado a mantener a los
enfermos, las viudas y los huérfanos, a proveer semillas a los
usufructuarios de los campos particulares y a permitir la acumulación de
reservas para épocas de emergencia. Se trabajaba tres días de la semana en
los campos particulares y tres días en los de la comuna. El ganado
pertenecía a la comunidad.
Cada misión tenía una escuela en donde los muchachos (as) aprendían a leer
y escribir, a cantar, tocar los instrumentos musicales y bailar. Sus
maestros eran chiquitanos. No se enseñaba idiomas, como el castellano, ni
latín, a pesar de que tenían que leer y cantar textos españoles y latinos.
“Knogler elogia la caligrafía de sus indios, quienes suplían la falta de
impresores, copiando libros y música [...]” (Hoffmann 1979: 57).
Por otro lado, los jesuitas lograron despertar en los chiquitanos un
intenso sentimiento religioso, gracias a su estilo de adoctrinamiento que
se adaptaba a la sensibilidad y al temperamento artístico de sus adeptos.
Les representaban en forma dramática las historias sagradas, y atribuyeron
una importancia particular a las procesiones en las cuales los Chiquitos
se convertían en actores del drama religioso de la fiesta. En fin, como
dice Hoffman (1979: 62): “La vida en las reducciones chiquitanas, bajo la
autoridad de sus funcionarios indios y la supervisión del Padre y su
compañero fue, como las fuentes lo documentan, equilibrada y alegre
[...]”.
Pero esa situación, al igual que lo que sucedió en Mojos, cambiará en las
reducciones de Chiquitos después de la expulsión de los jesuitas de los
dominios de la corona española. Así, los curas seglares neófitos también
cometieron abusos con los chiquitanos, se embriagaban, eran ineficientes
en la administración espiritual y temporal de las reducciones (véase
René-Moreno 1973: 224-225). Por este motivo el gobernador Bartelemi
Verdugo propuso una separación entre el gobierno de las almas y el de la
administración temporal. Se aceptó esta propuesta. Pero ni el cura ni el
administrador cumplieron bien sus roles o funciones y fracasaron en su
misión de mantener las reducciones en el nivel al cual habían llegado los
jesuitas. Esto tuvo como efecto la decadencia de la agricultura y la
disminución del ganado vacuno. La calidad de los alimentos bajó, así como
la salud de los chiquitanos empeoró fuertemente. “Así, los 23.788
habitantes de las 10 reducciones chiquitanas que acusa el último censo de
los jesuitas de 1767, ya al año siguiente, disminuyeron en 4.000 a causa
de dos epidemias” como, por ejemplo, la viruela (Hoffmann 1979: 67).
En esta situación de franco deterioro las misiones de Chiquitos pasarán a
la vida republicana, durante la cual, como veremos más adelante, no
mejorarán sustancialmente.
El caso de los Chiriguanos ante la presencia de los españoles es otra
historia con varios matices para resaltar. Iniciemos esta reseña partiendo
de tres citas:
a) Finot (1978: 58) escribe un fragmento de texto que puede generar
algunas contradicciones o dudas respecto a la apreciación que tuvieron en
su momento los españoles de los Chiriguanos:
“Habitaban los chiriguanos o chiriguanaes, como se les llamaba en tiempos
de la conquista, una vasta región colindante con Chiquitos y que se
extendía por el sudoeste hasta las derivaciones de la cordillera andina.
Sus empresas vandálicas y sus depredaciones eran famosas en el Perú, con
anterioridad a la llegada de los españoles. Cuando Nuflo de Chaves [sic.]
hizo su primera entrada en 1547, enviado por Irala ante el Presidente
Gasca para solicitar auxilios, dicen los documentos de la conquista que
‘halló toda la gente chiriguana de la cordillera, que [se extendía por]
toda la frontera y repartimiento de D. Pedro de Portugal y de Martín de
Almendras y del capitán Juan Ortiz de Zárate y los Chichas y sus
fronteras; y a todos los puso en paz, y sacó a los caciques al Perú y les
hizo dar a los vecinos sus hijos e hijas para que tuvieran la paz con
ellos, la cual dicha paz han guardado e conservan hasta hoy’. El mismo
documento agrega que Chaves, ‘mediante su bondad e cristiandad y mediante
amistad que los indios chiriguanos han tomado con él, les ha quitado de
muchos ritos y costumbres malas que tenían y se van enmendando cada día’.”
b) Lo que informan algunos documentos respecto a los servicios de Chávez a
la Corona coincide con las referencias de D’ Orbigny sobre el carácter de
los Chiriguanos a quienes los historiadores oficiales de la conquista
caracterizaban de diversas formas enfatizando frecuentemente la
belicosidad de este pueblo originario cordillerano, pero que sin embargo,
no condice con lo que el viajero francés escribió:
“La verdad es que son hombres sensibles a los buenos procedimientos, que
reciben a los extranjeros con una franca hospitalidad, tratando de
hacerles agradables, pero no les gusta que se abuse de su complacencia,
sea infringiendo en contra de ellos el derecho de gentes, sea tratando de
hacerles cambiar las costumbres que hacen de su felicidad” (D’ Orbigny, en
Finot 1978: 58).
c) Después de que Chávez fuera asesinado por un cacique de los Itatines,
dándole un macanazo en la cabeza mientras éste se aprestaba a descansar en
una hamaca, los contactos de los españoles con los Chiriguanos en la zona
de la Cordillera no fueron pacíficos, antes bien, estuvieron signados por
la violencia, pues los originarios se negaban a ser conquistados e
incorporados en calidad de encomendados al sistema colonial. Finot (1978:
58) vuelve a señalar:
“Se sabe que a la muerte de Chaves [sic.] los chiriguanos volvieron a
levantarse contra los blancos y que no llegaron a ser plenamente dominados
en ninguna época del periodo colonial. Las guerras contra ellos fueron
preocupación permanente de los virreyes, de los gobernadores y de la
audiencia [...]”.
Aquellas citas van a sintetizar de algún modo los sucesos referidos a la
relación de los españoles con los Chiriguanos durante gran parte de la
vida colonial.
En efecto, el capitán Andrés Manso, al “mando de una compañía no escasa de
españoles y con poderes del virrey del Perú Andrés Hurtado de Mendoza,
marqués de Cañete [...] había descendido de las sierras [el Alto Perú] por
ese lado [bajando por el río Guapay hasta la altura de Gutiérrez – los
corchetes son nuestros] a fundar pueblo en la llanura y a establecer
reducciones que sirvieran de encomiendas a sus compañeros, soldados
beneméritos de la conquista y pacificación del Perú” (René-Moreno 1973:
187). En el lugar de la Barranca, donde Chávez fundó la nueva Asunción
(ciudad cabecera) para seguir explorando y buscando El Dorado, se
encontraron ambos grupos de conquistadores. La disputa por la posesión de
la región del Chaco llegó hasta Lima. El virrey de turno, por tener algún
vínculo familiar con Chávez por el lado de la esposa de éste, decidió
favorecerlo creando la provincia de los Mojos (o de Santa Cruz) cuya
jurisdicción incluía los territorios de Matogroso, de Chiquitos y de
Mojos. El Chaco se adjudicó a Manso. De esta forma surgió una gobernación
independiente de la de Asunción del Paraguay. El virrey nombró como primer
gobernador a su propio hijo, el poco más tarde virrey también del Perú,
don García H. de Mendoza. Pero este último “nombró por su general teniente
en este gobierno (de Santa Cruz- los paréntesis son nuestros) a Nuflo de
Chávez” (Ibíd.: 189).
Después de ser expulsado de la Barranca por los hombres de Chávez, Manso
regresa a la región de los Chiriguanos por el lado de Tomina con gente
nueva, “siempre con ánimo de poblar, reducir y encomendar a orillas del
Guapay” (René-Moreno 1973: 189). Fundó un pueblo español en un valle
adecuado cerca de la Cordillera de Cuzcotoro. Pero la Audiencia de Charcas
envió tropas militares para aprehenderle por intruso. Manso se retiró
hacia el Parapetí. En esta zona chiriguana asentó su real, edificando la
población de Nueva Rioja. Este nuevo centro colonial será atacado y
destruido más tarde por los Chiriguanos. Éstos antes habían atacado al
pueblo de la Barranca y le habían hecho mucho daño.
El gobernador Chávez no dejó de castigar a los Chiriguanos por los ataques
a los colonos españoles hasta el punto de ponerlos “dentro de sus lindes”
(René-Moreno 1973: 193, véase también pág. 197).
Por el relato de los acontecimientos de la época, parece que los
Chiriguanos no atacaron más a los españoles asentados en los llanos del
Grigotá y en los límites de su propio territorio hasta la muerte de Chávez
–tal como dice la cita del incido “c” (Finot 1978: 58; véase René-Moreno
1973: 202). Antes de su muerte, Chávez había llegado, como hemos visto en
la cita de arriba, a acuerdos de paz con los Chiriguanos. De esta manera
se reestablecía la comunicación entre Santa Cruz de la Sierra y
Chuquisaca. Pero después de su muerte, los Chiriguanos reiniciaron la
guerra a los españoles y colonos que pasaban por su territorio (bautizado
por los españoles, como hemos visto, como los “llanos de Manso”). A efecto
de esto y otros hechos, a los Chiriguanos no se los dejó de calificar de
caníbales, bárbaros, fieros... Por esto, y con la intención de
conquistarlos militarmente y de abrir una nueva ruta hacia el Paraguay,
así como con el objetivo de defender el territorio del Alto Perú, se fundó
la ciudad de Tarija. Sin embargo, no se logró tener éxito en la conquista
de los Chiriguanos. A raíz de esa situación, el segundo gobernador de
Santa Cruz de la Sierra, don Juan Péres de Zurita, ex conquistador de
Chile, fundador y gobernador de Tucumán, fue nombrado en dicho cargo a
objeto de mantener a raya a los Chiriguanos (véase René-Moreno 1973:
204-205; Finot 1978: 295-296). Pero Péres de Zurita, a consecuencia de una
rebelión civil en Santa Cruz fue destituido de su cargo, quedando como
gobernador, de facto, don Diego de Mendoza quien no dejó de hostigar o
castigar a sus rivales políticos a fin de conservar el poder. En vista de
esto, el virrey don Francisco de Toledo organizó un ejército y se encaminó
hacia Santa Cruz para castigar a los rebeldes y de paso para hacerle la
guerra e imponerle la paz a los Chiriguanos (véase René-Monero 1973: 206;
Finot 1978: 296-300). Los Chiriguanos enfrentaron a la expedición de
Toledo con esta estrategia: “Pero la táctica de los indios [Chiriguanos-los
corchetes son nuestros] se limitó a eludir todo encuentro que no fuera una
simple escaramuza o una amenaza con fines de hostigamiento. Conocedores
del terreno, no solamente evitaban los combates, enervando la moral de las
tropas españolas, sino que procuraban alejarlas de sus bases y dificultar
su abastecimiento. A esto debe agregarse que el virrey no había tomado las
precauciones necesarias para impedir que le faltaran las subsistencias”.
En Santa Cruz de la Sierra, Perés de Zurita es restituido en su cargo de
gobernador hasta 1580, año en que fue nombrado como autoridad el capitán
don Lorenzo Suárez de Figueroa, “con el principal objeto de proveer a la
sujeción de los Chiriguanos, lo que consiguió en gran parte” (Finot 1978:
301). Empero, cuando esta autoridad salió a Charcas con el propósito de
exponer las necesidades de la provincia cruceña, los Chiriguanos volvieron
a levantarse. Esto exigió la inmediata presencia en la zona de dicho
gobernador, que por entonces bastó para apaciguarlos.
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