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La población
originaria de Bolivia
Ramiro Prudencio Lizón*
En los actuales desórdenes de campesinos y gentes de El Alto de La Paz se
ha incidido mucho en que los pueblos denominados “originarios” deberían
recuperar derechos que habrían tenido durante el imperio incaico, y que
los conquistadores españoles hubieran despojado, dando lugar a quinientos
años de explotación supuestamente extranjera. Para ello, están exigiendo
que en la Asamblea Constituyente, no sólo haya mayor representatividad
indígena sino que se consagre en la futura Constitución, ciertos
privilegios autonómicos a las comunidades campesinas.
Verdaderamente es triste observar cómo se tergiversa la historia y se
trata de desconocer lo que fueron los incas y cómo fue explotada nuestra
tierra por ese despótico imperio. Los cronistas han destacado que los
incas conquistaron la región del Kollasuyo con gran violencia, aplastando
las comunidades aymaras; algunas de las cuales fueron exterminadas, como
la de los Charcas que ha desaparecido de la historia.
Otras fueron trasladadas a lugares apartados del imperio, (actualmente hay
comunidades aymaras cerca de Quito, capital del Ecuador) y las demás
fueron mantenidas en sus zonas bajo una durísima opresión. Precisamente,
como gran parte de los habitantes aymaras fue aniquilada, los incas
decidieron trasladar poblaciones del Bajo Perú al Alto Perú, iniciando el
establecimiento de comunidades quechuas en nuestro país.
De acuerdo al principio de “comunidad” establecido por el imperio incaico,
las tierras labrantías pertenecían al Estado, y por consiguiente, no
existía “propiedad privada” o particular. El Inca era quien distribuía las
tierras al pueblo tomando en cuenta las posibilidades agrícolas de cada
comunidad. Y naturalmente, la producción de cada una de ellas estaba
fuertemente fiscalizada por sus delegados, quienes la distribuían en tres
partes: la primera, para el sol, o sea, para la secta sacerdotal encargada
del culto; la segunda, para el Inca, incluyendo toda la corte; y sólo la
tercera quedaba para el pueblo o la comunidad.
No se entiende por qué nuestros campesinos desean volver a esos tiempos
pasados, donde estaba fijado que de toda la producción agrícola, sólo la
tercera parte podían usufructuar. Mientras que ahora son dueños soberanos
de sus tierras y no pagan ningún impuesto al Estado. Por el contrario, es
éste el que se siente obligado a otorgarles toda clase de ayuda, y
gratuita, como educación, salud y cooperación técnica.
El gobierno despótico del Inca no sólo se reducía a quitar a las pobres
comunidades dos tercios de su producción agrícola, sino que exigía además,
un servicio personal en base al sistema de la Mita. Mediante éste, todo
joven varón debía prestar servicios al Inca por el espacio de siete años,
ya sea en las minas, en la construcción de caminos o en el ejército. Al
cabo de ese tiempo, sólo una parte de éstos volvía a la comunidad de
origen. El resto era radicado en otras comarcas, según las necesidades del
imperio. En cuanto a las mujeres, su destino podía ser aún peor, porque
las muchachas más agraciadas eran arrebatadas de sus hogares para
llevarlas al Cusco para el solaz del Inca y de su corte.
En consecuencia, la manifiesta simpatía que varios líderes campesinos y
dirigentes de El Alto tienen por el antiguo incanato no descansa en el
conocimiento histórico sino en una simple expresión de revancha contra la
población urbana nacional. Algo absurdo, porque la gran mayoría de los
bolivianos, un 95%, desciende de indios. Pero no somos hijos de los incas,
como tanto se pregona, sino que como aymaras, o como quechuas
trasplantados, somos descendientes de los siervos de dicho imperio; esos
siervos que soportaron la tiranía incaica y que recibieron a los
conquistadores españoles que llegaron al Alto Perú casi como a salvadores.
*Ramiro Prudencio
es diplomático.
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