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La trampa del
indigenismo.
www.lanacion.com.ar

Por Marcos Aguinis
SANTIAGO
Acaban de inaugurar la nueva autopista del aeropuerto a la ciudad y
atravieso como una flecha los espectaculares ocho kilómetros que corren
por debajo del río Mapocho. Es un túnel que serpentea por todo el centro,
descongestiona el tránsito y revela que Chile -gracias al sólido Estado de
Derecho que garantizan sus sucesivos gobiernos- estimula inversiones
multimillonarias que aceleran el crecimiento del país con botas de siete
leguas.
El encuentro internacional al que concurro ha sido organizado por la
Fundación Libertad y Desarrollo en celebración de sus fecundos quince años
de existencia. Me habían encomendado disecar un tema perturbador de
nuestro continente: el indigenismo. Concurrían expertos de Canadá, España,
Estados Unidos, China, Perú, Venezuela y Bolivia para tratar ése y otros
ígneos asuntos de nuestro tiempo.
Sin más rodeos, paso a sintetizar lo que allí expuse. Mis primeras
palabras consistieron en recordar que los indígenas son considerados, con
justicia, los primeros dueños de esta tierra, cuyas culturas y
protagonismo fueron reprimidos sin misericordia. Con diferencias de un
país a otro, en muchos aún forman comunidades importantes y en otras han
alcanzado un mestizaje intenso. El problema actual consiste en ayudarlos a
encontrar un camino de verdadera reparación y ascenso, o permitir que se
los desvíe hacia la trampa de zanjones regresivos y totalitarios, como
sucede ahora en Bolivia. Es muy fácil confundir. Y en ese punto centré mi
advertencia.
En efecto, su reivindicación ya es importante. No sólo hay una revisión de
la historia, sino proyectos que incluyen utopía y epopeya. Los indígenas
han pasado a convertirse en las grandes víctimas del continente, lo cual
no es ajeno a la verdad. Pero el énfasis distorsiona, simplifica e
idealiza su pasado. Más grave aún: pretende convertir el pasado en modelo.
Eso no está bien, porque es reaccionario y letal. Como ejemplo, bastaría
reflexionar sobre la exigencia de Sendero Luminoso a los campesinos
peruanos con el fin de "liberarse" de la opresión europea: cultivar sólo
productos anteriores a la Conquista, tales como papa, quinoa y maíz. En
cambio, descartar las venenosas importaciones llamadas trigo, cebada,
centeno, avena, arroz, caña de azúcar y vid; no criar animales malditos,
como la vaca, la oveja, el cerdo, la cabra, el conejo y las aves de
corral. Para no dejar de ser coherente -agrego yo- habría que abandonar la
rueda, el caballo, el buey, el hierro, el vidrio y el arado. Buen futuro,
¿no?
El líder indigenista Felipe Quispe ha dicho que si una parte de la
sociedad usa ojotas y otra zapatos, que todos usen ojotas. Es decir,
igualar para abajo, porque confunde justicia con miseria.
En la mitificación de numerosos historiadores se han llegado a considerar
los levantamientos indígenas de la Colonia como antecedentes de la gesta
emancipadora. Pero lo que deseaban no era la independencia ni asemejarse a
las repúblicas modernas, sino retornar al tiempo incaico o incluso
preincaico, que no fue un paraíso, sino un eterno campo de batalla con
masacres, guerras de dominio e incontables sacrificios humanos. La
rebelión aymara de Túpac Katarí, en 1782, por ejemplo, no sólo agredió a
los criollos, sino a los mestizos y a los quechuas.
Esos levantamientos, aunque heroicos, no significaron un proyecto
superador, sino regresivo. Y tuvo el final de todos los movimientos
regresivos, como los esclavos en la Antigüedad o los campesinos en la Edad
Media. Podemos conmovernos con su heroísmo, pero no considerarlos un
paradigma. Los indígenas estaban aterrorizados ante el nuevo orden, que,
entre otras cosas, tendía a dejar atrás la etapa primitiva del
colectivismo.
Los actuales "bolivarianos" deberían recordar que Simón Bolívar firmó, con
su puño y letra, en el año 1824, un decreto que establecía la propiedad
privada de la tierra. Acertó en considerar la propiedad comunal un resto
arcaico, un modo de producción infecundo. Esto fue trágicamente comprobado
por la dictadura izquierdista del general Velazco Alvarado, quien intentó
resucitarlas en la década de los años 70: produjo hambre y empobrecimiento
acelerado. Ahora se intenta probarlo otra vez.
La idealización contaminó incluso a marxistas como Carlos Astrada, quien
no tuvo náuseas en utilizar conceptos acientíficos nazis sobre el vínculo
de los pueblos con la tierra y la sangre. En esa línea, posteriores
movimientos populistas y tercermundistas usaron a los indios para
construir sus artificiales teorías sobre una identidad nacional opuesta al
centralismo europeo y a Occidente (este último, odiado por los
reaccionarios con patente de progresistas que se fastidian ante las
aperturas de la modernidad, la democracia genuina, los derechos
individuales y otras abyecciones).
La revolución bolchevique, incapaz de construir un socialismo próspero y
democrático, había impuesto concepciones estatistas que permitían el
control de las masas y su impúdica manipulación "en nombre" del
proletariado. De ahí que sus seguidores y simpatizantes hayan celebrado la
civilización incaica como un antecedente del socialismo moderno (¡!). No
les importaba la maciza estratificación de clases ni la opresión que
padecían los de abajo. Tampoco los derechos humanos, porque para estos
fascistas de izquierda, el Estado merece todo y cada hombre no es más que
una molécula anónima. Aunque hubo maravillas en las civilizaciones
precolombinas, tenían un atraso de cuatro mil años respecto de la Europa
del Renacimiento. Esto no justifica, por supuesto, la tábula rasa que se
efectuó con sus riquezas y tradiciones. Es otro tema.
Resulta curioso que al indigenismo regresivo lo empezaran a fogonear
blancos descendientes de europeos, sin advertir que adoptaban el camino
racista que pretendían combatir. En los 70, el boliviano Fausto Reinaga,
inspirado en el black power , preconizó la "revolución india" y las luchas
entre blancos e indios; la indianidad debía servir para la toma del poder
y limpiar el continente de las etnias invasoras (en la Argentina no
quedaría casi nadie). El peruano Guillermo Carnero Hoke afirmó que "nuestra
razón de ser desde el fondo de los siglos es la razón colectivista". "El
pensamiento de nuestros abuelos del Tawantisuyo era justo, moral,
científico y cósmico, es decir insuperable" (¡!).
Expresiones como ésas parecían minoritarias. Pero el Primer Congreso de
Movimientos Indios celebrado en el Perú, en 1980, proclamó que los
indígenas eran la única alternativa redentora, no sólo de ellos mismos,
sino de la humanidad. Pasaban a ocupar el trono que el marxismo había
atribuido al proletariado, con un condimento horrible: suponer, como los
nazis, que las razas puras son mejores.
El problema indígena no es de raza ni de cultura: es social. Los indígenas
no tienen que retroceder a un pasado inviable ni limitarse a la economía
de subsistencia. Pueden y deben cultivar sus tradiciones, su acervo
lingüístico y sus leyendas, por supuesto, pero sin aislarse ni repudiar
los beneficios de la modernidad. Si resisten la modernidad se condenan a
permanecer como un sector inferior, aislado, débil y carente de real
protagonismo. Por el contrario, tienen derecho a dejar de ser las
comunidades que dan lástima, resentidas y marginales. Tienen derecho a
concurrir a buenas escuelas y universidades, participar en los partidos
políticos y asociaciones profesionales. El indio Benito Juárez, que llegó
a presidente de México, no se dejó intimidar por quienes lo consideraron
un traidor.
Para tomar perspectiva, deberían discutirse las experiencias de la
comunidad negra en los Estados Unidos, por ejemplo. Salió de la esclavitud
legal, pero continuó sometida a una severa discriminación. Surgieron
reacciones como el black power y manifestaciones racistas invertidas,
entre las que adquirieron renombre las del primer Malcolm X. A la vez,
hubo intentos de vencer los prejuicios mediante el intercambio de
estudiantes que provenían de barrios blancos y barrios negros, lo cual no
dio frutos. Luego, avanzó la propuesta fraternal de Martin Luther King,
que terminó por conquistar a la mayoría de la nación. No alcanzaba, empero,
y se sancionó la "discriminación positiva" o affirmative action , mediante
la cual se impulsó el ingreso de negros en los centros de estudio y su
mejor posicionamiento en el trabajo.
Ahora ya existe una amplia clase media negra con infinidad de
profesionales, jueces, diplomáticos, académicos y empresarios. Dos
sucesivos secretarios de Estado fueron negros y la actual, además, es una
mujer. La affirmative action se ha imitado en muchos países para elevar la
cuota de presencia femenina en la política, por ejemplo. Pero considero
que este recurso sólo debe utilizarse para cambiar la tendencia, no para
durar eternamente. De lo contrario emponzoñaría la igualdad de derechos
que debe primar en una verdadera democracia.
En resumen, impulsar el indigenismo hacia el pasado es una trampa que sólo
beneficia a demagogos, ignorantes y populistas. Lleva hacia conflictos
ingobernables, derramamiento de sangre y un aumento de la pobreza. Habría
que reflexionar, en cambio, sobre medidas racionales, como la affirmative
action , para que todos los indígenas de América latina, sin perder sus
raíces, tengan por fin cómodo acceso al progreso cultural, económico y
social.
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