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EDITORIAL SC/01/04/2008
LA REPUBLICA INVENTADA
Los mercenarios preparan aceleradamente sus armas para combatir la
rebeldía; las hordas del Estado Incaico se desesperan frente a los
hechos que avanzan incontenibles, la prensa y los medios de comunicación
al servicio de la barbarie no mezquinan epítetos para descalificar
nuestro derecho de autodeterminación; las amenazas – reales o
verdaderas- se ponen en evidencia para que nos orinemos en nuestros
pantalones; el molusco estatal esgrime sus mejores argumentos para
bloquear nuestro aparato productivo prohibiendo nuestras exportaciones y
así matarnos de hambre -cometiendo el delito de Genocidio, al fin y al
cabo, que podemos esperar de los parásitos que pueblan los ministerios
del poder troglodita andino, aquellos que desconocen la palabra
producir, ya que solo producen atraso, vergüenza y subdesarrollo. Sin
embargo, y a pesar de eso y mucho más, el referéndum por la autonomía,
va.
Y claro que va, por que no es posible sostener la artificialidad de un
Estado que no existe, o en el mejor de los casos, que no pasa más allá
de ser un espejismo.
Para entender la artificialidad del Estado boliviano no hay que repetir
como asnos las historietas mal contadas que les recitaron a los imberbes
de las escuelas de primaria, tenemos que ir mucho más allá. Tenemos que
destruir los mitos.
La gloriosa guerra de la independencia que encabezaron desde el Caribe,
Bolívar y Sucre, incluyendo la que subió desde el Rio de la Plata, no
fue otra cosa que una guerra imperial entre Inglaterra y España. El
imperio ingles financió, armó y entreno el ejercito “libertador”
dirigido por los criollos para derrotar el imperio español por la
retaguardia, y de donde surge la creación de los Estados sudamericanos y
su consecuente balcanización. El invento republicano no funcionó, pero
tampoco hoy funciona. Se intento crear Estados sobre la base del modelo
europeo, solo que estos fueron erigidos por las burguesías nacionales,
mientras que los nuestros quedaron en poder de los caudillos bárbaros y
provincianos, hasta hoy vigentes bajo modalidades nuevas, pero no menos
infelices.
No es verdad lo que dice el sátrapa del Caribe, cuya población se
acostumbró a vivir de la renta petrolera sin producir nada. Este nuevo
Potosí de los tiempos modernos convertirá a Venezuela, en menos de 20
años, en un país de pordioseros. No es verdad que Bolívar, aquel que
supuestamente inspira el socialismo del siglo XXI, era federalista. La
Constitución bolivariana que Bolívar dejo de herencia para su patria
inventada -hoy denominada Bolivia, era una constitución monarquista, ya
que fijaba en ella un presidente vitalicio -y todo el que asume este
carácter hace honor a su ideología. Y todo ello por que Bolívar sabia
que una sociedad constituida por oligarquías monarquistas y una masa
indígena ubicada en la periferia del sistema colonial, no podía regirse
por los padrones democráticos que aportaba la revolución norte-americana
o por los principios doctrinarios consagrados por la revolución
francesa. Era mucho pedir.
La república fundada por la oligarquía de la plata con la complicidad de
Sucre y bendecida por Bolívar, que se inicia en 1.825 y que concluye en
1.899 -guerra “federal” de por medio, es obra de este designio imperial.
La nueva oligarquía del estaño, para no quedarse atrás, se reinventa “la
otra” república de Bolívar, cargando con el santo y la limosna (traslada
la capital de Sucre a La Paz), y aunque el denominado “nacionalismo
revolucionario” remata este adefesio estatal mediante un centralismo
salvaje que transita como pelota de trapo entre civiles y militares,
este segundo invento concluye su vida útil a fines del siglo XX.
Es en este escenario donde se agotan las respuestas de los partidos
“neoliberales “que lo sustentan, y es aquí donde los inventores de
patrias nuevas aparecen con renovados bríos apoyados por todos los
imperialismos.
Los indígenas habían sido “descubiertos” por las Organizaciones No
Gubernamentales (ONGs), financiadas con abundante plata proporcionada
por Holanda, Dinamarca, Alemania, España, Canadá –luteranos y católicos-
entre otros. Nuevamente los Estados imperiales habían decretado que la
nueva patria y el nuevo Estado debería ser un “Estado indígena”, sin
importar que se trate de una minoría. La nueva constitución que resulta
de un golpe de Estado con la complicidad neo-liberal, divide el país en
nada menos que 36 naciones con derecho a la autodeterminación, para dar
lugar a nuevas y insospechadas identidades, algunas de ellas
constituidas por menos de 100 miembros. Y así, el viejo invento original
-el boliviano- desaparecerá!!!. Hay que ser Aymara, o quechua -o nada.
Los exégetas de la nueva “revolución etno-social” cambiaron el viejo
concepto marxista de la lucha de clases por el también añejo principio
de la lucha racial como el motor de la historia, y sus portavoces se
encargaron de sembrar el odio, la xenofobia y el delirio, sin importar
las consecuencias. Evo Morales -el nuevo monarca de la nueva república
inventada, ya paseo su figura de futbolista y cocalero por casi todos
los salones imperiales europeos y de algunos “socios” latinoamericanos,
-al fin y al cabo las cabezas coronadas tenían que fingir
arrepentimiento por algunos inocentes genocidios cometidos durante su
proeza civilizatoria –y los criollos, por oportunismo –gas incluido.
Pero como no existe delito perfecto, a los inventores de la nueva patria
“indígena” y sus ingenuos promotores, nunca se imaginaron que desde el
fondo de la selva les salte una otra patria más legitima que la
república inventada, como la Nación Camba, (2/3 del territorio nacional,
energéticos, 80% de la producción de alimentos, etc.), la misma que ha
lanzado su grito de rebelión enarbolando el rugido de las autonomías y
proclamando su derecho a la Libre Determinación y, aunque esta humilde
reivindicación NO satisfaga del todo nuestras más altas expectativas, es
la contracara del Tíbet altoperuano: miserable, conservador y
endogámico.
Nos deparamos entonces frente a dos patrias o dos proyectos estatales
radicalmente diferenciados, (uno burocrático-minero y el otro
agro-ganadero-forestal-industrial) y en este contexto, si se quiere
mantener la unidad territorial de la “república inventada” no queda otra
que la abrir caminos factibles para la solución a este interminable
conflicto histórico que ya lleva más de 440 años. Pero esto pasará
obligatoriamente por un “ajuste de cuentas” que conlleve a la
formulación un modelo confederal conformado por dos o más entidades
independientes y llevada a efecto mediante un pacto que satisfaga las
aspiraciones políticas, culturales, económicas e inclusive
militares-policiales, de ambas partes.
Desconocer esta dura realidad significa desconocer la existencia de las
dos Bolivias, o de las dos naciones que hoy se hallan en vías de
separación –divorcio incluido. Estamos casi seguros que el centralismo
parasitario que profesan con fanatismo religioso sus actuales
promotores, prefieran cortarse las venas y promover la guerra antes que
sudar la camisa. Sabemos que es difícil persuadir a los inservibles,
pero no imposible -hasta que se demuestre lo contrario.
SAG/01/05/08
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