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¿SOMOS LOS CAMBAS UNA NACIÓN SIN ESTADO?
Una aproximación al problema.
S.R.A. Gutiérrez.

2DA edición


Un debate preñado de pasiones.
Si por pasión podemos entender como el “apetito o afición vehemente a algo” (RAE) las propuestas nacionalitarias y libertarias proclamadas por la Nación Camba, han generado un conjunto de pasiones casi incontenibles que transitan desde “la acción de padecer” hasta el odio más enfermizo llevado a sus extremos casi patológicos. Este fantasma de cuerpo casi invisible que se corporiza en la mente de los detentores eternos del poder del Estado, se convierte en una realidad terrorífica que emerge desde las penumbras de una Nación que se la presumía agotada, o cuanto menos subsumida en una patria inventada, donde no cabe nadie. Esta misma emergencia ha pateado el tablero de quienes también presumían que las resistencias identitarias habían cesado en su brega por hacerse tangibles. Así, lo Camba como categoría sociológica que se la había llevado al extremo de su negación, se convierte en la antitesis del país del oxigeno escaso y de algunos enanos mentales. Lo Camba se había convertido por fin y después de más de cuatro siglos y medio, en un arma formidable de combate.

Para el Estado colonial y la centralidad andina –este término es sinónimo de guerra y de confrontación fraticida y se halla profundamente satanizado por las clases dominantes, algunos sectores de la extrema izquierda y los fundamentalistas indígenas, que aspiran, y con justa razón, al retorno de las monarquías divinizadas del Cuzco, capital del imperio teocrático de los Incas. Y en la escala Altoperuana, a la restitución de Kollasuyo como tabla de salvación frente a la incapacidad de sus elites para formular el más elemental proyecto de desarrollo económico que sustraiga a sus poblaciones marginales de la extrema pobreza.

Del problema a la solución.
Debemos destacar, en principio, que el concepto de “Nación” tiene muchas connotaciones, dependiendo de la posición política-ideológica del observador y los intereses nacionales o de clase que se quiera representar. A partir de aquí, Intentaremos una aproximación al problema indicando algunas de sus características más destacables, para así responder a nuestra pregunta original ¿somos los Cambas una Nación sin Estado? O simplemente, esta agrupación humana no pasa de ser una abigarrada sociedad pluricultural y multiétnica convertida en una especie de “recipiente vaginal” donde se vacían todas las diásporas sociales convertidas en tragedia, con todas las implicaciones sociales, económicas y políticas que de ella se derivan, tales como: marginalidad creciente e incontenible; incremento de la delincuencia y del pandillismo juvenil (unas 1.200 pandillas asolan las periferias urbanas); crecimiento tentacular de los cinturones de miseria urbana como producto de una migración aluvional e incontenible proveniente de los Andes y las provincias del Chaco y la amazonia; el desempleo y el subempleo masivo; la emigración de su fuerza laboral activa hacia los países de economía avanzada, muchas veces situados en calidad de semi-esclavos, sujetos a todo tipo de discriminación y actos incalificables de xenofobia; una infraestructura rural y urbana deficiente, tanto por la carencia de recursos como por la imposibilidad de acompañar el crecimiento poblacional y el desarrollo con obras de apoyo; tugurización y calcutización de gran parte de las poblaciones rurales y urbanas; inseguridad ciudadana y la ausencia de políticas de prevención y combate al delito que, sumado a la dependencia creciente a los dictámenes autoritarios de los desgobiernos que ejercitan las burocracias mediterráneas, ahora devenidas en el poder de falsos “originarios”, entre muchas otras, ha generado una dependencia salvaje que traumatiza e inhibe nuestro desarrollo-económico social pleno, sin distinción clasista ni geográfica.

Bajo tan dramáticas condiciones, resulta congruente hablar de un proceso nacionalitario que involucre la recreación de la Nación, pero de NUESTRA nación, para que a través de esta se lleve a efecto la cristalización de un nuevo tipo de Estado – de nuestro propio Estado, frente a la ausencia visible del mismo, y para que este pueda realizar las tareas inconclusas que la sociedad exige, ya sea a través de los formalismos legales-constitucionales, o la vía revolucionaria.

El contra ataque de las huestes Altoperuanas.
Pero las hueste Altoperuanas no podían quedar impávidas frente al derrumbe inevitable de su dominio micro-imperial sobre una de sus colonias más prosperas y progresistas y así, el viejo poder de sus elites dominantes recicladas de mil maneras y amparadas bajo distintos mantos ideológicos que van desde las izquierdas más radicales hasta las derechas más cavernarias, van afinando sus estrategias de ataque con la clara finalidad de destruir su contra-poder afín de preservar sus privilegios. En este sentido establece algunas líneas de acción entre las cuales se destacan la que siguen:

a) Campaña mediática por todos los medios a su alcance, incluyendo paginas de Internet, con la finalidad de calificar el movimiento libertario de los Cambas como la expresión de un nuevo y renovado fascismo de tinte racista y xenófobo con relación a los proletarios e indígenas del altiplano, etc. bajo el patrocinio y el financiamiento de las oligarquías locales, y por supuesto, el sub-imperialismo chileno y las trasnacionales del Gas y el petróleo, como era lógico suponer.

b) Abierta o camufladas campañas desde el oficialismo, destinadas a levantar resistencias al “centralismo capitalino” que se halla identificado con la voracidad de sus clases dominantes para fagocitarse todos los recursos naturales que contiene el basto territorio cruceño en desmedro de sus provincias, y por supuesto de los pobres bolivianos, los mismos que quedarían al margen de sus beneficios. Este egoísmo y esta centralidad solamente puede ser combatida mediante la creación de “nuevos Departamentos” construidos sobre la base de las “provincias cautivas”, pero ante todo, habitadas por sus etnias oprimidas y explotadas. Así, las provincias “indígenas” de los guaraníes (al sur) y las provincias indígenas de los Chiquitanos (al este), quedarían convertidas, por la ruta de la Asamblea Constituyente, en los Departamentos del Chaco y Chiquitos, respectivamente. Solo faltó incluir los valles cruceños – al oeste, y la zona de Yapacaní, al norte, para que el territorio departamental de los cruceños quede reducido a sus anillos urbanos.

c) Acelerado proceso de coptación de algunos sectores de las burguesías provincianas (locales) apoyadas por sectores ubicados en la marginalidad económica, particularmente inmigrantes andinos, que funcionan como una base de apoyo social para legitimar sus propósitos.

Pero a los “enemigos externos” se suman los “enemigos internos” que no son otros que algunos “oriundos” que se pasaron al bando contrario motivados por razones ideológicas, oportunismo, desarraigo local o por identidad con la cultura dominante mestiza-Aymara, entre otros múltiples y complejos factores.

El Poder Central de la mano de las pandillas de indigenistas financiadas con la plata Europea, se hallan en plena labor a la espera de la Asamblea Constituyente para ver el nacimiento de su nuevo feto como producto de su divina creación. En este contexto, puede ser que algunos “caciques provincianos” se puedan alegrar de que sus olvidados pueblos (por el centralismo de Estado) se puedan convertir en “capitales” perdidas de algún supuesto departamento a ser creado dividiendo los territorios cruceños, pero la canalla Altoperuana y sus agentes locales no han calculado con precisión los resultados finales de este intento.

Las naciones culturales, la identidad y el carácter nacional
Las “naciones” hacen referencia a grupos de seres humanos que se asemejan entre sí por sus propias costumbres, usos, lenguas, etc. Este conjunto de elementos convertidos en la “materia prima” de una nacionalidad, (que se halla distante de las sociedades clánicas y o tribales) asumen un “carácter nacional” que las hace singulares. Hablamos entonces de la “Nación Cultural” como portadora de una identidad, y no exactamente de una raza en particular. Aunque las razas existen, su grado de pureza siempre es y ha sido muy discutible.

A partir de aquí cabe preguntarse: ¿existe entre los Cambas algo en común que los hace diferentes o similares a otros? ¿Hasta que punto los Cambas (o cruceños, benianos, etc.) son iguales o diferentes a los collas, chilenos, argentinos u otras nacionalidades? ¿O que los diferencia o los asemeja? Y finalmente, ¿es necesario ser “diferente” para crear una nacionalidad? Se presume que la diferencia no es suficiente para crear una Nación, se requiere algo más.

La ratificación de este principio “consiste en una afirmación cada vez más vigorosa del derecho a la diferencia, que es tanto como decir el derecho a la lealtad a una historia social particular, el derecho al futuro de la cultura propia” (Bonfil Batalla), aunque el derecho a la diferencia es a veces asumido como una expresión de racismo o xenofobia en contra de los “otros” diferentes, etc. Este argumento de la “diferencia” ha sido el tema preferido para desarrollar los más feroces ataques dirigidos en contra de la Nación Camba y lo que ella representa, ya que por un lado se presume que todos los bolivianos (a pesar de sus diferencias culturales e inclusive idiomáticas) somos una entidad “indivisible”, pero solo en la medida que la cultura Aymara-quechua, convertida en la cultura oficial y hegemónica del Estado, someta al conjunto de “las otras culturas” como la Camba-guaraní, en cultura subalternizada. La indivisibilidad se halla ligada, obligatoriamente a un problema de hegemonía política, económica, cultural y militar de la etnia dominante.

Por el otro lado, si bien es cierto que todos los seres humanos provienen de un tronco evolutivo común que se remonta a millones de años, pero donde los distintos medios geográficos, las condiciones materiales de existencia, las relaciones de producción, la evolución diferenciada de las civilizaciones, entre otros factores, los ha ido separando o “diferenciando” tanto en sus características somáticas (como el color de la piel, la forma de los ojos, la estatura, etc.) como en sus propias expresiones culturales (idiomas, usos, costumbres, mitos, etc.) sin embargo, tanto las religiones universales, las distintas ideologías, el capitalismo y el colonialismo, los múltiples socialismos de Estado donde se incluyen tanto los fracasados como aquellos que se hallan en vías de transformación o se han convertido a la economía de mercado con distintos nombres, así como las dictaduras de todo pelaje, han intentado, con algún éxito y muchos y hasta sangrientos fracasos, imponer comportamientos “homogéneos” a las sociedades que dominan, pasando a la hoguera, al degüello o al exilio a los disidentes o a los contestatarios a la ideología y la cultura dominante (la etnia Aymara y la cholocracia Altoperuana post-52) . Por supuesto que todo ello tenía por objetivo uniformizar el pensamiento social para ejercer su dominio sobre la nación dominada.

Estos procesos “homogenizadores” por lo general se basan en absurdos y secantes centralismos de Estado (generalmente impuestos a titulo de la “unidad nacional”) pero que en el fondo esconden la cultura de la etnia dominante, los intereses de sus burguesías allegadas y las burocracias que parasitan en el Estado.

Sin embargo, todas estas experiencias “homogenizadoras” han acabado en el basurero de la historia y para probarlo basta indicar que antes de la primera guerra mundial no existían más de 50 Estados nacionales, y hoy, al comienzo del siglo XXI, casi llegan a 200. Esta “proliferación estatal” no sería producto de la mentalidad “tribal” de sus promotores, sino que en el trasfondo subyace un profundo sentido de identidad que diferencia a los unos de los otros, y los conduce inclusive a genocidios masivos o guerras étnicas o religiosas, que, por su magnitud espanta al espíritu humano más desprevenido, como es el caso de los Balcanes, chechenia, entre incontables otros ejemplos no menos significativos.
Se calcula que en el mundo existen por lo menos 300 Naciones sin Estado, que buscan consagrarse como Naciones con Estado, ya sea por la vía de los procesos autonómicos o directamente mediante la lucha secesionista.

El sentido de pertenencia.
Aventurando una hipótesis que se asienta sobre datos empíricos, podemos afirmar, casi sin lugar a dudas, de que el hombre se siente obligado a pertenecer a “una comunidad” como una forma de protección que le confiere “una identidad”, sin importar el tamaño o su contenido; a partir de las pandillas barriales cuyo territorio son algunas manzanas a la redonda de donde habitan sus miembros, hasta las comunidades campesinas andinas que se disputan territorios o linderos inexpresivos con saldos fatales, hasta el hecho de que un ciudadano que pertenece a una nacionalidad cualquiera jamás se despoja de su condición de “extranjero” en un país (o una región) donde no hubiera nacido, o el enorme sentido de rechazo que ejercitan los países europeos, sin excepción, con relación a los inmigrantes latinoamericanos y norteafricanos, o los norteamericanos con relación a los mexicanos, valla incluida, muy a pesar del TLC.

Todo ello nos demuestra varias cosas, a saber: a) el hombre al igual que los animales, tiene un profundo y arraigado sentido territorial; b) que los territorios de estos hombres tienen dueños, y todo extraño o extranjero es considerado un “invasor”; c) que el invadido solo acepta al “invasor” bajo determinadas condiciones tales como ser útil a su sistema productivo o familiar y asuma la cultura local; d) que no compita con los habitantes originarios por la posesión de los recursos y las fuentes laborales; y e) que tenga un comportamiento ejemplar, aunque todos estos hechos jamás alteran su condición de ciudadano de segunda clase. (En Brasil, por ejemplo, se requieren 30 años de residencia para postular a la nacionalidad brasileña).

La identidad como una forma del ser singular
A partir de las líneas arriba referenciada, podemos concluir que la “identidad” no es un invento racista, es un dato de la realidad y del cual nos resulta virtualmente imposible escapar, muy a despecho de nuestra capacidad de “asimilación” a otras culturas diferentes a la nuestra.

Debemos entender por lo tanto, que la “identidad” tiene tanto un sentido político, una connotación cultural y que se asienta sobre una base obligatoriamente territorial que además y tiene un profundo contenido popular. (Prescindimos aquí de otras identidades tales como las de genero, ideológicas, religiosas u otras, por tratarse de identidades “horizontales” por que atraviesan las fronteras territoriales) Esta identidad deriva en la conformación de un “carácter nacional” que resulta ser el producto lógico de las relaciones interpersonales e intergrupales, el medio físico, los rasgos identitarios estructurales, como el idioma, la forma de hablar, la cantidad de palabras habladas, los términos y los modismos que se usan para describir un objeto o un hecho cotidiano, su posición frente a la sexualidad, la religión, el sincretismo (Cuba y Brasil practican religiones sincréticas donde se mezcla el politeísmo africano con el monoteísmo Judeo-cristiano), e inclusive la cultura culinaria, entre otras.

Finalmente podemos agregar, que la identidad como una singularidad humana, no es ni puede ser considerado un fin en si mismo, es “un medio” para lograr la cohesión social en torno a objetivos e intereses que se presumen que son comunes. Estamos con Savater cuando afirma que debemos a aspirar a la creación de una nación de “ciudadanos” y no de tribus. Sin embargo, podemos afirmar, que la categoría universal de ciudadanos no es ni puede ser incompatible con la identidad, ya que la ciudadanía, en abstracto despojado de toda connotación territorial e identitaria -no existe, a no ser reafirmando categorías filosóficas de profundo sentido individualistas.



Poder político y las naciones sin Estado.
El concepto político de “Nación” se halla inseparablemente ensamblado al concepto de Estado, esto quiere decir, al “poder político” que se organiza o se puede organizar sobre la base de una población ubicada en un territorio y una identidad determinada.
En un mismo territorio pueden caber muchas Naciones étnicas o Culturales bajo el dominio legitimo (o ilegitimo) de un Estado – que se puede traducir en un Estado Uninacional o Multinacional, según el caso.

Si una Nación Cultural –como la Nación Camba- inmersa en el Estado Altoperuano, se halla incorporada a un Estado “uninacional y monocultural” bajo la hegemonía de la cultura oficial del Estado que es la cultura mestiza-Aymara y si este Estado no le reconoce sus derechos como nación diferenciada, se trata en todo caso de una “Nación sin Estado” a la que le asiste el derecho de autodeterminación, esto es: el derecho a la independencia nacional.

Se afirma, y no sin razón, que la presencia de Parlamentarios o Ministros y otros funcionarios en los centros de decisión del poder nacional (aparato burocrático civil-militar central) es una forma de participación de esta “Nación sin Estado”, sin embargo, la practica demuestra objetivamente que estos “representantes” asimilados a la cultura andina dominante, funcionan como una especie de “muestra gratis” de la sociedad dominada y que son cooptados por los partidos políticos que funcionan como correa de transmisión de la decisiones centrales al interior de su colonia interna y son drásticamente rechazados si es que ellos no se asimilan por la cultura oficial del Estado, y carecen, en todo caso, de cualquier peso político para imponer – o por lo menos negociar, adecuadas cuotas de poder favorable a los intereses de sus comunas culturales. Basta indicar que en la India colonial, el Imperio Ingles había formado una casta burocrática administrativa y militar para dominar – por los propios nativos, su extensa colonia o cuando Indonesia arma y financia a las milicias mercenarias en Tímor Oriental para combatir y sembrar el terror entre sus propios coterráneos, lo mismo ha sucedido en otras partes el mundo, y lo mismo sucede aquí. Nuestros políticos y funcionarios estatales son los representantes a sueldo del colonialismo
de Estado.

Del colonialismo externo al neo-colonialismo interno.
Las regiones de América Latina que quedaron ubicadas en la periferia colonial por su escasa importancia económica, u otras razones, sufrieron con más crudeza el ostracismo impuesto por el colonialismo externo, sin embargo, después que fueron artificialmente incorporados a los nuevos Estados republicanos, (caso Santa Cruz, entre otras) aplicando la vieja la lógica del reparto colonial que promovieron las oligarquías provincianas, luego devenidas -mediante “Decreto Supremo” en republicas bananeras -con sus correspondientes sub-divisiones en departamentos, provincias, etc., las mismas que pasarían a funcionar como los “patios traseros”, de los nuevos centros metropolitanos - ya convertidos en herederos del poder colonial español, ya sea mediante artilugios políticos, maniobras o por la fuerza de las armas, pero donde el “colonialismo” que nos “venía desde afuera” acaba convertido en un neo-colonialismo que nos “viene desde dentro” que resulto peor y más nocivo que el primero por que ejercita el más execrable de los “colonialismo internos” ,sometiéndonos a una nueva explotación, en beneficio, esta vez, de las nuevas metrópolis dominantes, las mismas que aun en la escala del subdesarrollo de los países dependientes, asumen poses y categorías micro-imperialistas, tales como lo hacen Bogotá, Lima, Buenos Aires, La Paz, Quito, entre muchas otras.

A los patios traseros, culturales y étnicamente diferenciados de estas metrópolis dominantes, las vamos a denominar “Naciones sin Estado”, por que son comunas culturales carentes de toda expresión política propia, subalternizadas en su identidad cultural y carentes de un poder real que las represente ante el concierto mundial. Son “parte” pero jamás llegan a “ser” Estados.

La ocupación de los territorios conquistados en América de parte del colonialismo Español o Portugués, se caracterizaba por crear un “urbanismo colonial” en función de sus necesidades administrativas, políticas, militares o religiosas, pero donde las periferias que no tenían ningún valor económico, jugaban roles “secundarios”, tales como los puertos marítimos (Cartagena) o fluviales (Asunción), defensivas (Santa Cruz), producción de alimentos (Cochabamba), etc. las mismas que giraban en torno a los “centros polares” del colonialismo europeo, como las minas de Potosí, entre otras.

Este salto cuantitativo que se da entre colonialismo “externo” al neo-colonialismo “interno”, ha traído como consecuencia, que estas periferias ya convertidas en Naciones sin Estado, (por que los Estados republicanos son y siguen siendo distantes y ajenos) han tratado y tratan de romper con este modelo colonial de Estado para cortar las ataduras que los inmovilizan, pasando a reivindicar formas Autonómicas, Federales, Confederales (Estados asociados), o la independencia nacional, como paso ineludible para alcanzar sus fines como Nación, pero esta vez como “Naciones con Estado”, con la finalidad de construir una sociedad “más democrática y equitativa” que asegure los satisfactores mínimos indispensables que demandan sus habitantes.

En América Latina, las largas luchas internas entre sus periferias y sus centros metropolitanos dominantes, sobran. La lucha entre el centralismo de Buenos Aires y el federalismo Artiguista de las provincias del interior, llegaron al extremo de que esta capital – dueña del puerto y la aduana, inclusive, llegó a “separarse” de las otras Provincias del Rió de la Plata con el fin de defender sus intereses. Esta lucha entre el centro y la periferia concluye con el Pacto Federal de 1.861. Anterior a ello, el Brasil es otro ejemplo similar que concluye con la guerra de los Farrapos en 1848, después de firmar un pacto similar. De estas guerras internas se concluye que, arribar a un “pacto” que equilibre el poder entre el centro y las periferias, generalmente se ha dirimido mediante el uso de las armas. La soberbia de las oligarquías metropolitanas, jamás fue doblegada mediante la racionalidad o el dialogo. Sus intereses siempre se imponen, o por lo menos tratan de hacerlo.

El Estado ¿Cuál Estado?
Entendemos por Estado “un poder organizado que ejerce su dominio sobre un territorio determinado” (Weber), debemos, sin embargo, distinguir dos clases de Estados a saber: el Estado “propio” y el Estado “ajeno”.
Si entendemos por “nación” a todo el tejido social y la cultura que la define, podemos decir que los Cambas (o cruceños, para satisfacer el gusto de algunos) es definitivamente una Nación sin Estado, desde el momento que carece de todo poder organizado propio que atienda las necesidades de su población, y la defienda de sus eventuales enemigos.
Como carecemos de Estado propio, nos preguntamos, ¿Dónde se halla ubicado el Estado ajeno?

Así se ubica el Estado ajeno:
En las pocilgas pestilentes de las oficinas estatales de identificación personal, dependiente de la Policía nacional de ocupación, donde se remite todo cuanto se recauda a la metrópoli dominante, sin dejar nada, o casi nada en beneficio de la seguridad física de la población.

En las decenas de trancas policiales que cortan como cuchillo todas las carreteras que surcan nuestro suelo, como si se tratara de un territorio ocupado.

En las aduanas y aduanillas terrestres y aéreas, que como pulpos recaudan más de 500 millones de dólares al año, donde se va todo y no vuelve nada.

En las oficinas de impuestos internos, que recauda una suma similar para alimentar el parasitismo burocrático del Estado, y donde solo rebotan algunas migajas.

Entendemos que no es necesario hacer un exhaustivo inventario de las numerosas pero absolutamente ineficientes entidades que nutren la telaraña de la exacción, sin embargo, podemos afirmar que: El Estado ajeno se lo conoce por su invisibilidad física para solucionar los problemas más acuciantes de nuestras empobrecidas poblaciones urbanas y rurales, pero se vuelve visible para ejercer su dominio colonial sobre la nación ocupada.

El Estado invisible.
Así, el Estado ajeno se vuelve invisible para producir programas mínimos de desarrollo económico destinado principalmente a las depauperadas poblaciones rurales (origen de la migración campo-ciudad), los mismos que se van a engrosar los cinturones de miseria de los centros urbano mayores: no menos del 60% de las poblaciones campesinas viven en la extrema pobreza.

También se vuelve invisible cuando le toca enfrentar el contrabando, el mismo que, según datos extraoficiales, supera los mil millones de dólares por año (en un año ingresaron mas o menos 25 mil vehículos de contrabando, solo por citar un ejemplo). Esta forma de sensibilidad social hacia lo ilegal, aniquila toda (o casi) forma de producción legal (pequeña industria, talleres, etc.) dejando en el desamparo a miles de familias, las cuales y en muchos casos, se ven también obligadas a emigrar hacia países extranjeros, frente a la falta de oportunidades laborales en el propio.

Pero el Estado ajeno resulta más invisible aún, para destinar recursos a fin de cubrir la demandas públicas de salud para amplios sectores de la población ( como la construcción de hospitales en los niveles correspondientes, asignación de personal profesional y equipos, etc.); promover la educación, amplia, popular y universal (como la dotación de nuevos ítems según el crecimiento de la población y la asignación de un salario digno para el magisterio); promover amplios programas de viviendas de interés social frente al déficit y la demanda creciente de la misma, que involucre la construcción de nuevas unidades habitacionales en base a los aporte de los asalariados, los mismos que acabaron subsumidos en las letrinas del centralismo colonial de Estado.

Resultado: El Estado ajeno había sido una entidad “visible” para cobrar impuestos y exacciónar al pueblo, pero también había sido una entidad “invisible” para generar y producir bienes y servicios e incentivar la actividad productiva, única manera de superar los eslabones inferiores de nuestro lastimoso subdesarrollo económico-social, que nos ubica – por así decirlo – entre las regiones más atrasadas del planeta, más o menos comparable con el África subsahariana.

La construcción del Estado propio.
Cuando una “Nación cultural” aspira a dar un salto cualitativo y trata de construir su “Propio Estado” (poder organizado propio), donde, en su calidad de nación oprimida se convierte en una “comunidad de destino”, (en la versión de Anderson), o sea, donde sus miembros constitutivos, muy a pesar de sus diferencias de clase o étnicos, definen un “destino común” diferenciándose del Estado que los contiene (o los rechaza, según el caso) y que los puede conducir, irreversiblemente hacia posiciones “independentistas” afín de participar en igualdad de condiciones, con otras naciones, en el escenario internacional.

Se presume también que esta “reconstrucción” nacional-estatal, y una vez derrotado el colonialismo interno, puede crear las condiciones objetivas para que el conjunto de sus pobladores alcancen (o por los menos aspiren) a erradicar la pobreza crónica y a lograr niveles superiores de desarrollo económico, cultural, social y político, cuyo sello se lo va imprimir, obligatoriamente, la correlación de fuerza que se den al interior de la misma, o sea, del o los grupos sociales que lo ejecuten.

Sin embargo, cabe destacar, que las posiciones independentistas ni siempre conducen a una ruptura total con el Estado opresor, (o el diferente) ya que, según lo demuestra la practica histórica, es posible mantener marcos razonables de unidad, aun constituyendo Estados físicamente separados (Estatus de Estados Asociados, o técnicamente hablando se trata en realidad de una Confederación Estatal – Suiza, es un buen ejemplo contemporáneo). O bien realizar particiones democráticas, como es el caso de los checos y los eslovacos, entre muchos otros. El peor ejemplo lo constituye la guerra de los Balcanes, incluyendo sus limpiezas étnicas.

Nación y clases sociales.
Por lo general, los nacionalismos de las “Naciones sin Estado” -como es el caso de la Nación Camba- asientan la fortaleza de sus movilizaciones sobre los sectores populares y clases media depauperadas y aunque la pequeña o alta burguesía se mantiene, (o trata de mantenerse) por lo general, al margen de este proceso libertario en un intento para preservar sus intereses económicos de clase, sin embargo, debemos obligatoriamente distinguir la burguesía provinciana de la burguesía globalizada. En el primer caso, esta se remite obligatoriamente a preservar su “espacio” que supuestamente le corresponde en un mercado nacional exiguo y de muy bajo nivel de consumo y que se halla además perforado por los modelos neoliberales y el contrabando semi-oficial lo que torna totalmente inútil la definición de fronteras internacionales a objeto de preservar dichos mercados y dichos intereses, pero aún y a pesar de ello, esta burguesía provinciana se ha sabido declarar profundamente “nacionalista” desde el punto de vista de la nación dominante y se constituye en un serio obstáculo para promover el desarrollo de un acelerado proceso de liberación nacional desde el punto de vista de la nación dominada.

Como contraparte, la burguesía globalizada, cuyos intereses no se hallan ensamblados con los interese metropolitanos, se supone de que tanto el centralismo de Estado como el burocratismo, conspiran en contra de sus intereses de clase y en algún sentido, apoyan o pueden apoyar las reivindicaciones de la nación dominada, sin embargo, ambos son actores decisivos en el proceso de reconstrucción nacional desde el punto de vista de la nación dominada, aunque la posición de ambas, por lo general, se caracteriza por la ambigüedad.

Si nos apoyamos en la tesis marxista de que la “ideología dominante seria la ideología de la clase dominante” podremos afirmar de que solamente cuando en la forma y en el fondo los intereses de estas clases se vean seriamente ofendidos por las políticas de la nación dominante, es que recién ellas se lanzarían a apoyar decisivamente un proceso de liberación nacional.

En cuanto a las clases subalternas de la nación dominada (Nación Camba), estas siempre se han inclinado por el camino libertario, aunque parte de su “intelligentzia” ubicada en la cúspide de la clase media, a sabido apoyar con todo vigor el sinuoso e indibujable camino de lo que se denomina la “unidad nacional”, por que de alguna forma sus aspiraciones políticas coinciden, o creen que puedan coincidir, con las burocracias estatales de la nación dominante y se adhieren, sin mayores reparos, a la ideología y la cultura oficial del Estado, ya que ven en ella, una posibilidad de ascenso social, económico o político. Esto sucede así, por que los partidos o las fuerzas organizadas que detentan o aspiran a asumir el poder del Estado, rechazan a todo ciudadano que no se halle “asimilado” a la cultura de la nación dominante, aunque esto implique traicionar (con el disimulo adecuado) las aspiraciones de la nación dominada.

De otra parte, tanto la clase obrera tradicional -bajo dependencia de la empresa privada, como la baja clase media y la marginalidad nativa, rechazan la presencia de la fuerzas coloniales de ocupación, y se suman, según su grado de conciencia, al proceso libertario, aunque no se desconoce la presencia de sectores o fracciones de clase, firmemente asimilados a la ideología dominante de los centralismos antidemocráticos ubicados en las periferias del Estado colonial.

No podemos definir “a priori” el contenido ideológico o de clases de estos nacionalismos insurgentes, y que pueden oscilar entre posiciones de extrema derecha a la extrema izquierda, aunque el indiferentismo y el centrismo constituyen su característica más destacada.
Esta identidad ideológica solo es posible captarla en un proceso de liberación nacional más avanzado y solamente en el preciso momento en que los actores sociales y económicos se definan frente al poder metropolitano, aunque se reconoce que, estas formas de nacionalismos sub-estatales asumen, casi obligatoriamente un carácter policlasista. Sin embargo, podemos afirmar por experiencia histórica, que todos los movimientos de liberación nacional siempre han tenido un sentido profundamente popular, aunque tampoco se desconoce que son sus elites intelectuales quienes obligatoriamente los liderizan.

La nueva burguesía narcotraficante.
Pero no podríamos hablar de clases sociales si no tomamos en cuenta las huellas que ha dejado el narcotráfico en la prefiguración de los nuevos factores de poder.
Las clases beneficiarias del narcotráfico pueden ser divididas genéricamente en dos, a saber:

La primera se remite a la era de “los barones de la droga”, donde conocidos personajes hacían gala de su fortuna (al estilo de Roberto Suárez, entre otros), cuyo destino final fue la cárcel o la muerte, en virtud de la política represiva llevada a efecto de parte del gobierno por inspiración o presión del imperio norteamericano.

La segunda se remite a “los proletarios de la droga” que corresponde a un larvario pero progresivo proceso de “socialización” de esta actividad, la misma que pasa a poder del proletariado cocalero cuya producción en pequeña escala le permite camuflar sus actividades, pero ante todo su fortuna. A esta nueva clase se incorporan transportistas, comerciantes, productores de la hoja sagrada de los Incas, pequeños productores de la Pasta Base, intermediarios, entre muchos otros.

Lo curioso del caso, es que estos proletarios de la droga ya convertidos en la nueva burguesía chola, no invierten sus excedentes en la república del Chapare cochabambino, sino que la trasladan -en calidad de milagrosos inversionistas- a una (o más de una) región, donde el anonimato los convierte en pequeños nuevos ricos cuyas actividades generalmente se dirigen al comercio de almacenes, la ganadería, agricultura, entre otros: una de las regiones escogidas por su dinamismo económico, por supuesto que es, Santa Cruz.

Así vemos aparecer, de la noche a la mañana y como una metástasis económica milagrosa, centenares de ferreterías, surtidos almacenes de infinita variedad de artículos y bienes de consumo –generalmente de contrabando- tanto en la capital como en las provincias.

Pero esta nueva burguesía chola que emerge de los proletarios de la Coca, tienen obligatoriamente un origen andino y es a partir de su origen y su fortuna, que comienzan a desarrollar distintas políticas coloniales con la abierta finalidad de colonizar política y culturalmente a la sociedad receptora. En la capital financian fastuosas fiestas callejeras, como las fiestas del Gran Poder, de largos días de duración –farra pública incluida, con el aval, o el silencio cómplice del Gobierno municipal (para no perder votos –seguramente), cerrando a su paso, calles y avenidas y haciendo gala de una abierta toma territorial del espacio urbano.

Pero uno de los hechos más destacables es su presencia en los empobrecidos pueblos y capitales provinciales, donde los nuevos proletarios de la droga, además de exhibir su incuestionable fortuna por la presencia de sus surtidos y ricos almacenes, incursionan en política y otras manifestaciones culturales, pasando a convertirse en una elite “anti-elite local” disputándoles sus espacios tradicionales de poder, llegando al extremo de “andinizar” a las etnias locales (como los Guarayos vestidos de Tinkus, etc.), bajo la calida protección de algunos curas católicos, las infaltables ONGs indigenistas, las mismas que saben rasgarse las vestiduras por la defensa de los famosos “usos y costumbres” que inventaron los antropólogos europeos para mantener en la miseria a bastos sectores de la población campesina chaco-amazónica, y así consolidar el apartheid que ejercitaron sobre ella.

De esta forma, los proletarios del narcotráfico, acaban convertidos en la nueva burguesía pseudo-Camba, prospera, agresiva y colonialista.
Es obvio que este fenómeno no lo podemos generalizar, hay otros cuya fortuna puede tener otra procedencia.

Una unidad definida por Decreto divino.
En términos generales resulta oportuno preguntarse si los Cambas, - en el sentido más extenso de la palabra- al autodefinirse como una “comunidad de destino”, ¿se hallan inseparablemente unidos al “destino” de los bolivianos? ¿Qué base histórica le da sustento a esta supuesta “unidad” más allá del hecho fundador del Estado oligárquico creado artificialmente en 1825?, ¿o existe una obligación contractual de carácter divino que les obligue a permanecer indefectiblemente unidos al Estado Boliviano, a su progreso o a su atraso, a sus practicas caudillistas y a su lógica sindical?¿o toda esta unidad no pasa de ser una ficción creada por las burguesías provincianas, tanto de la nación dominante como de la nación dominada?

Como no es posible establecer respuestas lógicas, racionales y adecuadas, podemos concluir que los Cambas se hallan unidos a los departamentos Altoperuanos por Decreto Divino -convertido en dogma de fe, donde no se admiten herejes ni contestatarios, ya que, como todo dogma que se alimenta de mitos que se basan en hechos fundacionales providenciales o en pasados históricos de felicidades e igualdades plenas, como el eterno retorno al Tahuantinsuyo, donde uno de los Suyos (el Kollasuyo) quedó fuera de esta comunidad de origen, cuya sede divinizada y sus gobernadores –los Incas, se quedaban con dos tercios de la producción agrícola a objeto de financiar sus hazañas bélicas donde sometían a la esclavitud a cuanta comunidad encontraban a su paso. El problema es que este Suyo y su cultura, ya en pleno siglo XXI, acaba convertida en la cultura y la ideología oficial del Estado Altoperuano y que, por una de esas extrañas artimañas de la historia, se convierte en la nación, hasta hoy, política y culturalmente dominante.

Pero además, esta sui generis nación dominante, es una de las sociedades mas atrasadas del planeta -cuyo símbolo emblemático es el chicote, símbolo del colonialismo español, hoy convertido en neo-colonialismo tribal al servicio de las clases dominantes parasitarias de la metrópoli dominante (La Paz y su entorno físico) y de sus burocracias.
Es en este singular contexto, donde la Nación Camba, en su condición de nación dominada, en un proceso lento, gradual pero de larga data, viene jugando sus cartas a fin de despojarse de semejante carga, sus símbolos y todos los vestigios visibles e invisibles de esta ocupación, que comienza por la captura de la conciencia social y concluye con la apropiación de nuestras riquezas, tanto monetarias (45% del total de los impuestos que recauda el Estado colonial) así como de sus recursos naturales agotables y/o renovables (tierras, minerales, energéticos, selvas, etc.), en su propio beneficio.

Si esta decantada “unidad” ya se halla convertida en dogma, se puede concluir que el Estado boliviano tiene rasgos divinos, y por lo tanto, se trata de una república que tiene base teológica (y por lo tanto, poblada por santos y demonios), pero cuyas leyes fueron elaboradas por hombres de carne y hueso, cuyo único interés es su permanencia en el poder, con las ventajas económicas que esto involucra.

Entendiendo por “Estado boliviano” como un conjunto de pueblos culturalmente diferenciados, donde se suman más de 40 comunidades étnicas que disponen, inclusive, de idiomas propios, pero ante todo, dominados por una casta burocrática heredera de las practicas coloniales potosinas y que detenta para si el conjunto de los poderes que le otorgan sus propias leyes, pero que se enfrentan, sistemáticamente, a las otras nacionalidades étnicas y culturales, una de las cuales es la Camba, a la cual desprecia o margina. Todo acto de rebelión o de protesta es considerado un acto de “traición a la patria”, o en la mejor de las hipótesis, un incalificable acto de rebeldía en contra de estos poderes supuestamente constituidos por Decreto Divino.

En un Estado artificial construido sobre las minorías nacionales como la nuestra, cuya identidad diferenciada de un falso indigenismo alimentado por la plata y los sacerdotes rubios del primer mundo, no solamente se le desconoce su derecho de Libre Determinación, sino que tiene que pagar un alto precio como condición previa para tener el derecho a una titularidad nacional prestada – la boliviana.

De la Nación al tribalismo.
El concepto jurídico de “Nación” abarca a la población que habita un territorio determinado bajo el dominio de un “Estado” o poder organizado (o gobierno) que aplica sus leyes en toda la extensión del mismo. De esta forma, si aceptamos que Bolivia es un Estado multinacional (un Estado con muchas naciones) nuestra condición de bolivianos se refiere al hecho de que todos los nacidos bajo la jurisdicción de este Estado, pertenecemos al “Estado” boliviano, - esto quiere decir, que hasta aquí, todos somos -jurídicamente hablando- bolivianos, pero esto no nos convierte en parte de la “Nación” boliviana, por que esta no existe, desde el momento que se reconoce la existencia de múltiples naciones con distintos grados de diferenciación tanto en lo étnico, cultural, desarrollo económico, usos y costumbres, clases sociales, etc.

Algunas corrientes en boga, (financiadas con plata europea, por supuesto) han puesto en escena distintas formas de ser “indígenas”, como una categoría antropológica para diferenciarlos de los ciudadanos comunes y corrientes, ya que estos y como una forma de compensación histórica por el despojo del que fueron objeto de parte de la colonia española y sus descendientes blanco-mestizos, figuran con privilegios apartes, no solamente en la Constitución Política del Estado, sino en las leyes secundarias, como la ley INRA, donde por arte de magia se los recluye (a los indígenas) en una especie de apartheid que supuestamente les favorece. Pero veamos algunas de sus virtudes más destacadas.

Primero.- Cuando la demanda de “tierra” se convierte en demanda de “territorio”, implica el reconocimiento formal de fronteras y leyes especiales que los gobiernen.

Segundo.- Este proceso de tribalización que se pretende ejecutar bajo patrocinio del Estado – como elevar a la categoría de “territorio” los mega-espacios concedidos a las minorías indígenas- desconoce los avances sociales, económicos y políticos logrados en los últimos 50 años, pero ante todo, desconoce el proceso de ciudadanización de la que fueron objeto, no solamente las clases subalternas, sino también las distintas culturas indígenas contenidas en la radical diversidad geográfica que es característica esencial del Estado nacional boliviano, en su configuración actual.

Tercero.- Cuando incorporamos la categoría étnico-cultural de “Tribu” no la situamos necesariamente en un campo despectivo, sino todo por el contrario, por que: a) Por que estas, son producto de las burocracias indigenistas que se las inventaron a ultima hora para justificar las limosnas que reciben de las potencias extranjeras, y b) Por que las potencias industrializadas, al haber sido las promotores del desastre ecológico a nivel mundial a causa del efecto invernadero o el calentamiento global de la tierra que ellos mismos provocaron –con énfasis en los EE.UU. Europa, Rusia, Japón, entre otros, la recreación de las nuevas tribus (que los antropólogos europeos le dieron forma) trasunta un accionar político de tales potencias, por que son precisamente estas (las tribus) las que supuestamente requieren de grandes espacios territoriales boscosos donde practican sus “usos y costumbres” pero que en realidad cumplen otro rol que le asigna la distribución internacional del trabajo (¿preservar bosques?) ya que estos (los bosque, no los indígenas) son estrictamente necesarios para absorber los gases que producen el cambio climático ya mencionado.

Entonces lo que aparece como un favor o un acto de dadivosidad de los depredadores del planeta, es en realidad una inversión a largo plazo donde la compra de conciencias, gobiernos y organizaciones resulta ser más barato que aplicar políticas de mitigación en países que la provocan.

Si asumimos que la “tribu” también es una Nación sin Estado, resulta incongruente hablar del fortalecimiento de este Estado a partir de una sociedad tribal ya que no solamente estaríamos hablando de una realidad multicultural y multiétnica, conforme rezan los textos constitucionales, sino de un Estado de características multi-tribales.

Este retorno al tribalismo conducido de la mano de algunos revolucionarios neo-liberales y sus patrones ubicados en los países centrales del capitalismo mundial, no tiene la finalidad precisa de favorecer a las “tribus” sino de cerrarle el paso al proceso de desarrollo capitalista del espacio agro-forestal cruceño, el mismo que se basaba en la aplicación estricta de políticas de control sobre el uso y vocación e los suelos, muy a pesar de existir casi a nivel de detalle el denominado “Plan de Uso del Suelo” (PLUS) el mismo que establecía rígidas normas de control y seguimiento, incluyendo el desbosques en la ribera de los ríos, causante de los gigantescos desborde e inundaciones, que han azotado y azotan a las empobrecidas y marginales poblaciones ribereñas y causan estragos irreparables a la economía agrícola de la región.
De esta forma y sin quererlo ni pedirlo, las naciones indígenas acaban convertidas ya no en naciones sin Estado, sino en tribus sin Estado.

La artificialidad del Estado oligárquico de 1825
Es por ello que afirmamos que, la Nación “jurídica” boliviana es un invento promovido por Sucre, Olañeta y sus socios bajo la ocupación del ejercito colombiano, los mismo que al haberse constituido en Estado, hacen uso de la coerción, la fuerza y las normas legales impuestas (Constitución unitaria) y asumen “para sí” una parte de los antiguos territorios de la Audiencia de Charcas, (hay que tomar en cuenta que esta Audiencia llegaba inclusive hasta Buenos Aires, Paraguay, el Tucumán, etc.) Esto también explica el por que este extenso territorio queda reducido a menos de la mitad en menos de 100 años, todo ello en virtud de extrañas concesiones, sospechosos regalos, tratados fraudulentos, guerras infelices, entre otras razones que solamente pueden ser explicadas desde el punto de vista de la fragilidad congénita de la nación dominante.

Si la audiencia de Charca hubiera sido la base para la conformación del Estado boliviano, (según afirma la historia oficial) las provincias de Moxos y Chiquitos, hubieran quedado fuera. Lo mismo hubiera sucedido con la extensa provincia de Santa Cruz, la misma que en 1.814-16 era un territorio libre ligado por lazos históricos y étnicos-culturales a la cuenca del Paraguay-Paraná, pero que además, en 1.825 proclamó “su independencia” y su “adhesión” a las Provincias Unidas del Rió de la Plata, acción que fue frustrada por la intervención del ejercito colombiano y la complicidad de los supuestos representes locales (elegidos a dedo por la logia chuquisaqueña), como los señores Seoane y Caballero los mismos que quedaron inmortalizados como traidores, con la nominación de dos calles en pleno centro de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra que llevan su nombre, como homenaje que les rindieron otros traidores, que se subieron al carro del vencedor a ultima hora, suponiendo que las monedas que manejaban los usurpadores de la soberanía popular, les harían llegar a sus bolsillos.

Al margen de ello y en el trasfondo de este acto “creativo” debemos comprender que el Estado Altoperuano (no la Nación boliviana) se funda a la sombra del cerro de Potosí y la promueve la clase parasitaria y doctoral ubicada en su centro administrativo, la ciudad de La Plata –hoy Sucre, convertida en una ciudad casi fantasma por obra y gracia del espíritu santo. Es de suponer, entonces que las “tribus” podían ser invitadas a participar en este supuesto proceso de Libre Determinación para la conformación del Estado, por la sencilla razón de que ellas fueron directamente omitidas por los creadores de la artificialidad de la republica de Bolívar, dada su concepción esencialmente elitaria, eurocéntrica y monárquica.

De este singular atropello y esta omisión, concluimos que el “Juris” de la estatalidad boliviana carece de toda legitimidad, ya que este modelo de inspiración jacobina, ha sido el resultado de un proceso de balcanización arbitraria que se realiza sobre la base de un reparto colonial, donde los ejércitos vencedores, las oligarquías portuarias ligadas al capital Ingles o las cegatonas aristocracias feudales crearon “sus propios Estados” sobre la plataforma de sus propios intereses, los mismos que, a veces podían o no coincidir con los territorios históricos, las jurisdicciones eclesiásticas o la arbitraria división territorial de la colonia, a los que una vez juntados por la acción de las armas u otros procedimientos, le asignaron el apelativo de Departamentos o Provincias -según el caso.

Una prueba de ello es que los Estados de América Latina recién alcanzan algún grado de madurez política y organizacional (base sustantiva del Estado) recién a fines del siglo XIX. Hasta allí, muchos de ellos no tenían (y algunos no tienen) definidos sus limites territoriales. Esta imprecisión geográfica, traería más de un conflicto bélico fronterizo o cuanto menos, animosidades diversas entre Estados, inclusive hasta hoy, ya que para el colonialismo Español, carecía de todo sentido que los Virreinatos, las Capitanías, las Audiencias o las Provincias dispongan de configuraciones físicas o geográficas precisas, ya que todo el territorio colonial pertenecía al Rey y a este no le interesaba discutir detalles de segundo orden en su basta propiedad imperial. Sin embargo, de prosperar una eventual Confederación de pueblos o Estados en la América del Sur, los problemas fronterizos serían intrascendentes.

Sin embargo, una pregunta maldita queda suspendida en el aire, ¿será que una Asamblea Constituyente que ya ingresa manipulada por los poseedores del poder y los titulares de la nación dominante (el Kollasuyo) se pueden avenir a un arreglo histórico de esta anomalías geográficas, liquidar las artificialidades, o a devolver el poder a sus dueños originarios?.

Creemos que no, por que al Estado colonial y al colonialismo interno es imposible vencerlo con la palabra, con la razón o la racionalidad cartesiana. Su lógica es otra y no resta otra alternativa que combatirla con su propia lógica.

La ideología minero-céntrica del Estado Altoperuano.
La implantación eminentemente andina del Estado, marca la ideología oligarca-minera del mismo, a la que se suman la cultura hispanista afrancesada del Estado Sucrence –como cultura dominante. Su carácter elitario que se lo demuestra por su bajo índice de alfabetización (en torno al 10% en el año 1.900, frente al 59% en Santa Cruz).
El violento traslado del centro del poder neo-colonial de Sucre a La Paz, potenciada esta por el trafico de la Coca de los Yungas a las minas, su proximidad a los puertos de Pacifico, el cambio del patrón de explotación que se traslada paulatinamente de la plata al estaño y por su propia densidad demográfica, hace que esta se convierta en la “Sede de Gobierno” no antes de los sucesos sangrienta de la denominada “revolución federal” de 1.899, promovida por al Partido Liberal, donde las huestes Aymaras, como aliadas militares de la nueva oligarquía minero-feudal paceña, bebieron chica Kolla en los cráneos de la combativa elite chuquisaqueña.

Con este traslado de “sede” el carácter minero-céntrico del Estado no se altera, y por el contrario -se fortalece, ya que incorpora un nuevo elemento a su favor: la máscara de la cultura Aymara, como cultura oficial del Estado, con énfasis a partir de 1952.
Esta nueva realidad política, económica y cultural permanece vigente hasta el colapso del capitalismo de Estado, tetas de abundante leche de donde se nutre la burguesía parasitaria del Estado, sus burocracias divinizadas y sus adláteres, hoy reciclada bajo el manto sagrado del neo-indigenismo, el tribalismo y el neo-capitalismo de Estado.

Pero ahí no queda. Ya en el siglo XXI, la crisis minera agravada por el fracaso de la reforma agraria en los andes centrales, entre otros factores, engatilla la diáspora andina (3 millones de emigrados), debilita sus factores de poder como el sindicalismo minero, la burguesía clientelar del Estado, entre otros, lo que la somete a una profunda crisis de identidad, la misma que trata de ser rescatada mediante ceremonias pseudo imperiales y pos-modernas, posesionando jefes de Estado de la etnia dominante, en las discutibles ruinas incásicas de Tiwanaco, nada menos que a las orillas de sagrado lago de los Incas.

Es en este contexto marcado por el andino-centrismo, que las periferias al complejo burocrático-minero (o los patios traseros) ubicados al este de la meseta andina, pasan a tomar conciencia de sus carácter “diferencial” con relación a la cultura andina dominante y con la ayuda de un crecimiento espectacular de la economía cruceña, (4.000% en los últimos 50 años) comienzan a poner en tela de juicio el carácter “hegemónico”, no solamente de la política, sino también el carácter neo-colonial del Estado boliviano. La historia de esta artificialidad geográfica y social, recién está por escribirse.

Antagonismos étnico-culturales, geográficos y de clase
Aquí se enfrentan dos categorías sociológicas y dos antagonismos ideológicos que se agravan por las contradicciones Inter-clase.
La primera se remite al hecho de que las culturas mayoritarias Aymara-mestiza, como ideología dominante del Estado, se enfrenta a la cultura minoritaria hispano-Guaraní-Chiquitana de su patio trasero y que devienen en antagónicas por sus usos y costumbres. Si bien es cierto que los movimientos indígenas han tratado de “unificar” a los indígenas de los Andes con sus congeneres del Chaco y la Amazonia, sus resultados han sido y son inciertos, ya que la ceremonia de posesión de un jefe de Estado en Tiwanaco, debela el carácter y antidemocrático de la etnia dominante.

A esto se suma las contradicciones Inter-clases, y para abreviar su contenido, podemos verificar que las clases dominantes andinas viven o se alimentado del Estado rentista (leer burocracia y capitalismo de Estado). Las clases dominantes de las periferias, que aunque no prescinden del Estado, su economía se basa, primero, en el precario mercado interno y posteriormente en la agroindustria de exportación.

Estos dos modelos definirán el escenario de los conflictos a futuro y agudizarán la vieja contradicción entre el modelo centralista andino y el modelo descentralizado de las periferias políticas pero ya no económicas, y que se traducen en propuestas descentralizadoras, autonomistas e inclusive secesionistas. Como contraparte y en la contra ofensiva, las clases allegadas al viejo Estado, pugnan por retornar al viejo estatalismo intervencionista y apropiarse de la mayor cantidad posible de tierras agrícolas para asentar sus fracasadas y empobrecidas etnias, además de los excedentes económicos regionales, por la vía de los impuestos y otras exacciones.

Pero también la estrategia andina se ha basado, en un intenso proceso de homogenización (por la vía de la educación formal y los medios de comunicación), y de “bolivianización” forzada, donde se intenta imponer historias con las cuales no tenemos nada que ver, (El cóndor como símbolo oficial y el Potosí como hecho fundacional, entre otros), y se nos obliga a “amar” a Bolivia como si nuestra existencia como personas humanas y nuestra presencia en este mundo se lo debiéramos a ella y por lo tanto estamos “obligados” rendirle votos de fidelidad y adoración bajo amenaza de prisión, o pena de muerte, en caso de no hacerlo.

Esta es una forma de terrorismo de Estado que nos obliga a “ser bolivianos” por la fuerza. Pero el bolivianismo andino no se queda solamente en propuestas culturalistas o policíacas que consisten en “imponer lo propio pero rechazando lo ajeno”, ya que al tiempo que objeta enfáticamente toda forma de autonomía a la que se la asocia con dinámicas secesionistas o la apropiación de todos los recursos naturales (incluyendo los energéticos) en beneficio de la Nación sin Estado –en realidad se trata de una respuesta defensiva (o preventiva) por que toda forma que implique la democratización del Estado minero-céntrico, conspira en contra de sus intereses hegemónicos -e intentará, por la vía de una supuesta y aun no definida Asamblea Constituyente, polonizar (sub-dividir) nuestro basto territorio, con la finalidad de despojarnos de nuestros cuantiosos recursos energéticos, mineralógicos, forestales, tierras agrícolas y ganaderas, entre otros.

Desde la otra orilla del problema, y como respuesta al rechazo a la propuesta autonomista, se acentúa el proceso radicalizador, con avances significativos hacia el Estado asociado, e inclusive la secesión. Estas últimas alternativas van a depender del comportamiento gubernamental frente a ella, del avance de la guerra fría entre ambas partes y eventuales enfrentamientos étnicos que se pueden suscitar, principalmente por el problema tierra. En este contexto, el escenario internacional puede jugar un rol muy importante, ya que en caso de prosperar las tentativas belicistas y las amenazas de guerras étnicas (promovidas por los radicalismos etnicistas andinos) nuestros vecinos más próximos no podrán permanecer indiferentes, ya que algunas de las esquirlas pueden alcanzar sus intereses vitales.

Entre la Patria y la Matria.
Se presume que los fundadores del Estado boliviano, eran solo “padres” sin que exista ninguna “madre” que oficie de contraparte. Tal es así, que cuando de habla de “traición” no se traiciona a la matria (de madre) sino que se traiciona a la “patria” (de padre). Esta posición machista nos lleva a la conclusión de que nuestro “padre” pasa a ser un Estado sin madre,- o sea, desterritorializado, ya que en todas las culturas del mundo, la tierra o el suelo nativo asume una simbología materna- de madre.
Obsérvese que este Estado paterno sin madre, ha perdido más de la mitad de su territorio original, por que esta “madre” en el concepto de los “paternos” prácticamente no existía, y aun más, la vendieron: El Acre, 2 millones de Libras esterlinas; el litoral: 300 mil libras esterlinas y un ferrocarril, y así sucesivamente.

Pero una paternidad totalitaria convertida en un “Estado” de características nazi-fascistas, basa su “autoridad” en la figura carismática de sus caudillos, que por lo general resultan ser los encargados de imponer el “orden” (o el desorden, según el caso) y a la que someten dócilmente los partidos políticos, o a falta de esos, simplemente – los políticos.

Así como en las monarquías hereditarias, el Rey (o la Reina) es el símbolo del Estado, en los Estados mendigos resulta ser el “caudillo” quien impone o dicta la Ley , y al hacerlo, no se permiten disidencias que alteren o modifiquen el carácter “unitario” de su soberano mandato.

Reacios a toda forma de democracia que en definitiva significa “ceder algo” en beneficio de los otros, el radicalismo del concepto “unitario” que se podría convertir en una categoría de carácter universal que englobe la “unidad-unitaria” como vinculo voluntario de construir Estado, y por la tanto la Nación, este más bien se convierte en “dogma” sagrado” cuya sacralidad se halla al servicio de las burocracias divinizadas que lo manejan (y sus aliados externos), cuyos intereses convergentes se hallan colocados por encima de cualquier sociedad, sea étnica o cultural, inclusive por encima de sus habitantes y su territorio.

El Estado nazi-machista.
Esta superestructura agobiante que resulta ser inamovible, intangible y no modificable (a no ser en sus aspectos misceláneos) sustituye a nuestra madre biológica (que es nuestra comunidad de origen – o la tierra- tomada como madre) y donde el Estado totalitario nazi-machista -que es tomado como el padre y la expresión ideológica del machismo, que a su vez se convierte en el gestor del “patriotismo” como una forma de simbolismo abstracto que unifica y disciplina la sociedad a través de los símbolos” patrios” como son las banderas, los himnos, escudos, héroes epónimos –reales o ficticios , ya que en el concepto nazi-machista de este Estado, la madre-tierra desaparece para producir un hibridismo signado por el paternalismo estatal como la expresión del monopolio legitimo (o ilegitimo) del uso de la fuerza, al que le debemos fidelidad, y por lo tanto, le pertenecemos despojándonos de nuestras propias pertenencias, sin lugar a reclamo alguno. Somos hijos de las probetas y fuimos gestados por inseminación artificial. El Estado nazi-machista es todo.

De ahí por que, cuando se habla de Nación Camba como entidad diferenciada (o complementaria, según el caso), el radicalismo centralista y los bolivianistas Altoperuanos a ultranza, como portavoces de este “patriotismo estatal”, reclaman a viva voz la ejecución de acciones legales en contra de los disidentes, incluyendo el paredón, ya que no permiten que nadie se halle por encima de los padres-patria, o sea, de ellos mismos.

Esta “paternidad de probeta” se logra mediante el “disciplinamiento patriotero, oficial y nacionalista” de la sociedad colonizada, a la que se la induce “al olvido” de su propia historia materna (como el lugar de nacimiento, de sus Mitos héroes o leyendas), en beneficio de una entidad mayor: “el padre-patria”, obligándola a admitir una identidad postiza – como una paternidad boliviana sin madre, la misma que se expresa en la historia de los Incas, sus lideres y caudillos, entre otros, desconociendo a propósito, nuestra cultura, nuestro origen y nuestra comunidad, como comunidad de destino. El objetivo es claro: hacernos desaparecer como identidad cultural, para convertirnos solamente en los siervos del Estado Altoperuano, en los hijos del padre-patria, como la máxima expresión del nazi-fascismo en estado puro.

La identidad como arma de combate
Cuando algunos intelectuales latinoamericanos encandilados por las luces europeas, pero ante todo por el atractivo fatal que ejercía la “hispanidad” sobre su conciencia de nación y tuvieron la oportunidad de pasear las plantas de sus pies por los salones de la metrópoli colonial dominante -España, para “codearse” con sus similares europeos, con los cuales se sentían profundamente identificados; pero lo primero que descubren es su ineludible condición de “sudacas” (o sea poco menos que nada). Pero es nada menos que don Simón Bolívar, el que a partir de ese singular descubrimiento, jura luchar hasta la muerte por la independencia nacional de las colonias. El Imperio británico no se hizo el sordo, y coloco a disposición del prócer, nada menos que 5 mil hombres armados, además de todo el arsenal necesario para vencer a los odiados españoles. Si no fuera por esta peculiar “ayudita” la independencia de las colonias hubiera tenido que esperar algunas décadas más (Jorge Lanata), tal como lo hizo Cuba, cuya guerra de la independencia solo concluye en la primera década del siglo 20, la misma que fue lograda, también, gracias a la otra “ayudita” que le proporcionó el imperio del Norte: los EE.UU.

Si admitimos que el intenso amor profesado a la “madre patria” por toda la intelectualidad americana era parte de la cultura de las clases dominantes (Sarmiento, Alberdi, entre muchos otros), los primeros desencantos comienzan a surtir sus efectos, ya que alguna intelectualidad latinoamericana que sigue el periplo de Bolívar, también descubre que en la visión europea de los colonizadores, ellos eran todo y los “sudacas” eran nada, ya que estos presumían que el continente europeo sí tenía historia, a diferencia de sus colonias, que en su condición de tales, carecían de ella.

Es a partir de comienzos del siglo 20 que una legión de sudacas descubrieron que su condición de “nadies” podían tener su tabla de salvación en los nuevos descubrimientos arqueológicos que comprobaban que las civilizaciones “indias” también habían tenido un pasado glorioso, inclusive anteriores a las europeas. El gran problema de la inteligencia americana era descubrir una identidad -hasta este momento difusa- que los colocara con perfil igual o superior frente a los “otros” que a pesar de sentirse “idénticos”, se consideraban superiores a sus pariente colonizados; los bandos se abren en dos alas antagónicas: los europeístas donde se destaca Octavio Bunge, Sarmientos, José ingenieros, entre otros; mientras que en la corriente indigenista se ubican Clorinda Matto de Turner, José Carlos Mariátegui, Jorge Icaza y José Maria Arguedas, entre varios más.

Como vemos, no fueron los ”indios” los que se descubrieron así mismos, fueron los blancos quienes los pusieron en escena, y no exactamente por un amor hacia ellos, sino por la urgente necesidad de contar con una historia propia y una identidad, o si se quiere, con una civilización que hubiera sido igual o mejor que la cultura europea.

Arrastrando estas corrientes hacia nuestra propia geografía cultural, este fenómeno del re-descubrimiento aunque tardío, sigue más o menos los mismos pasos, con algunas variantes muy particulares.
Veamos:
Lo cruceño tradicional se ha caracterizado siempre (o casi) por su inclinación hacia lo “hispano”, una prueba contundente de ello es el himno cruceño, que además de ser el único himno en el mundo que destaca las hazañas del conquistador, al que le asigna proporciones desmesuradas de grandeza (la España grandiosa, del hado…etc.) desconoce olímpicamente el origen mestizo de su sociedad, pero aún más, invisibiliza al indígena local, y en algunos casos, hasta lo maldice Los enemigos del alma son tres, decía René Moreno: el Camba, el colla y el portugués.

Pero así como en el pasado remoto y gran parte del XX -lo desconoce, también lo rescata del olvido y en algunos casos -de la sumisión. De esta forma, una fracción de la intelectualidad cruceña también “descubre” la importancia de las Misiones Jesuíticas y sus habitantes, (Molina Mostajo) mientras otros rescatan las (miles de) partituras musicales de Moxos y Chiquitos y a partir de los años 90, lanzan estos últimos a nivel mundial mediante la creación del Festival de Música Barroca y Renacentista, cuya magia descansa, precisamente en el virtuosismo indígena; pero al margen de ello, también descubren que por las venas de su empoderada burguesía provinciana, también corría sangre guaraní; así como también “descubren” que la sociedad cruceña no es tan europea como se la idealizaba y que los cruceños eran y son tan “sudacas” como cualquier otro.

Pero el rescate de “lo indígena” llega un poco tarde (o casi), ya que una parte considerable de ellos (a pesar de constituir una minoría) habían caído en las redes de las múltiples iglesias evangélicas radicadas en el primer mundo, las ONGs (europeas: particularmente holandesas, alemanas, entre otras similares) que encontraron una vía relativamente fácil de penetración hacia la el corazón de la política nacional en su versión radical y ecologista, a los que se sumaron otros fundamentalistas indígenas (denominados neo-marxistas indígenas -según algunos) con radicatoria preferencial en el altiplano altoperuano, los mismos que, a falta de proletarios industriales, consideran que este nuevo actor de la política latinoamericana (y boliviana en particular), puede constituir un formidable ejercito disponible para la toma del poder. Aquí no debatiremos cual es el tipo de poder que quieren tomar, ya que el tiempo se encargará de despejar esta incógnita.

Si bien es cierto que la civilización cruceña se encuadra en el primer bloque denominado - latinoamericano, subdesarrollado, occidental y cristiano- (los primeros dos bloque son: Europa y EE.UU. –así en ese orden) desde el punto de vista del rescate de nuestra identidad, esta resulta imposible de ser replanteada, sin la presencia de sus culturas nativas como base de su cultura primigenia y originaria.
No nos olvidemos en todo caso que hasta bien entrado el siglo XIX, la población originaria cruceña era el producto lógico e involuntario del cruzamiento biológico entre españoles y nativos, de donde los nuevos “blancos” recién comienzan a llevar a la región a fines de este siglo y al comienzo del siglo XX, atraídos, fundamentalmente, por la explotación de la goma elástica en la región del bajo Paraguá y el Acre.

Si la cruceñidad debe ser repensada, esta no puede ni debe hacerse desde la perspectiva de su supuesta hispanidad –por que esta no existe ni existió jamás, sino, desde la óptica de su mestizaje, donde ya es oportuno destacar, el origen también indígena de su identidad social.
Entendemos a René Moreno como un hombre de su época, pero hoy los vientos que corren son otros, y si antes “lo Camba” era el enemigo principal, hoy se constituye, quiérase o no, en el símbolo indiscutible de nuestra identidad nacional.

Los perfiles físicos de la Nación sin Estado.
En el entendido de que las naciones no son entes extraterrestres o son la idealización sumaria de una supuesta realidad geográfica y cultural, debemos suponer que nos referimos a lo que hemos denominado genéricamente como la Nación Camba.
Como se hace innecesario referirnos al por que de este nombre ya que se halla abundantemente descrito en numerosos trabajos sobre la materia, ahora intentaremos definir, aunque muy brevemente sus perfiles mas destacables.

En primer lugar, lo percibimos como “un Estado Libre Asociado” al Estado boliviano, esto quiere decir, que se trata de una entidad “separada” pero a su vez “unificada”, pero sobre nuevas bases contractuales, a nuestros viejos y conflictivos vecinos del país del oxigeno escaso.

En segundo lugar, todo espacio físico y geográficamente delimitado, necesita obligatoriamente de un centro urbano dominante que sirva de nodo de articulación entre sus partes, pero a su vez, como interlocutor valido, frente a otras entidades de la misma jerarquía y naturaleza.
Resulta inconcebible, desde el punto de vista geopolítico, presumir que pueblos menores o poblaciones ruralizadas, puedan ejecutar esta tarea. Por lo menos hasta hoy no se conocen situaciones similares en el mundo real.

En tercer lugar, esta Nación sin Estado, una vez que esta se convierta en una Nación con Estado, esta en la obligación de crear divisiones político-administrativas, que, para simplificar el problema, diremos que se trata de departamentos, provincias, cantones y municipios autónomos, a ser creados según sus afinidades culturales, geográficas u otras, donde por supuesto se incorporan las autonomías indígenas.

Así, los departamentos que hoy conforman teóricamente los perfiles que definen la Nación Camba, podrían subdividirse en cuantos territorios político-administrativos sean necesarios. Promover subdivisiones artificiales antes de concretar esta nueva realidad, significa sembrar un divisionismo perverso al servicio del neo-colonialismo primitivo de los Altoperuanos.

Las Naciones-Estados y la integración continental.
En un momento en que se avanza muy tímidamente hacia la conformación de la Comunidad Sudamericana de Naciones, bajo el liderazgo de Argentina y el Brasil, parece incongruente ante-poner una figura de tinte “secesionista” frente a un proceso “unionista” donde aparentemente la tendencia general de los Estados que la componen es flexibilizar y promover la permeabilidad de sus fronteras, eliminando barreras arancelarias, pasaportes y otras trabas burocráticas muy típicas del Estado del siglo pasado.

Este es un hecho real, pero no nos olvidemos que los “Estados nacionales formales”, muy a pesar de estos cambios, seguirán siendo Estados nacionales, y por lo tanto, seguirán siendo actores de primer orden en la configuración “unitaria” que se avecina.

La congruencia de nuestra propuesta del “Estado Asociado” consiste en participar en dicha configuración en condiciones igualitarias y no en calidad de “colero” de un Estado de vocación profundamente “mediterránea”, burocratista, rentista y hostiles a nuestros intereses comunitarios, pero además, preñado de un sin número de conflicto étnicos no resueltos, pero ante todo, por su muy escasa viabilidad de ingresar en pié de igualdad de sus homólogos continentales.
La burguesía parasitaria ubicada en “la sede del gobierno” acompañada por nuestra burguesía provinciana, no podrán ni tienen las condiciones físicas para hacer frente a cualquier proceso de integración continental en curso. Solamente la burguesía globalizada y el dominio del conocimientos de parte de nuestra “intelligentzia” y su correspondiente liderazgo, pueden realizar esta tarea.

De otra parte, si bien en cierto que existen países de dimensiones continentales, como Brasil, debemos entender que la economía globalizada y la creación de grandes bloques subregionales ya no exige países gigantescos, si no más bien de regiones, (o naciones) relativamente homogéneas, altamente competitivas y perfectamente ensambladas en el mundo de hoy. La nación hoy dominante (o el Kollasuyo) carece de este elemental atributo.

Si el proceso de integración de esta unidad diversa llegara a asumir formas concretas hacia el 2020, la América del Sur será tomada como un todo, muy a despecho del tamaño de sus miembros constitutivos y del formato de sus fronteras nacionales.

De súbditos a ciudadanos.
De todo ello se concluye que los cruceños somos “jurídicamente” bolivianos pero ideológicos y culturalmente somos una Nación, pero una Nación sin Estado. Somos ciudadanos Cambas-cruceños por autodefinición propia, e integracionistas a nivel sudamericano por vocación geopolítica. Somos Sudacas.

Por que aun creemos que pertenecemos a una comunidad diferenciada que llamamos “Nación”, y por que fuimos paridos por nuestra tierra-madre y no por el Estado. Por eso urge la creación de nuestro propio Estado-nación, para que por fin lleguemos a ser una Nación con Estado.

El proceso de Libre Determinación que sustenta nuestro movimiento, viene a ser una respuesta política para promover la construcción de una “Nación de ciudadanos” y no de súbditos, ni tampoco de tribus y que se coloca frente a una sociedad Altoperuana que tiende irreversiblemente -no exactamente hacia el “capitalismo andino” -conforme afirman sus promotores- sino hacia la tribalización total de una sociedad que se fagocita a si misma, como resultado de su incapacidad endógena para ajustar su dinámica económica y social a los tiempos que corren.

Si el Estado andino-céntrico tiene su génesis en el Estado minero-céntrico cuyo ciclo histórico parece haber concluido, ha dado paso a una nueva forma de autoritarismo que se basa en la etnicidad, el racismo y los autoritarismos sindicales (llamados movimientos sociales), pero ante todo y cuando los minerales se “vegetalizan” (esto quiere decir que se vuelven vegetales que contienen un alto valor agregado, como la coca) el Estado cambia su naturaleza, para convertirse, y aun más, democráticamente, en un Estado coca-céntrico bajo la supuesta hegemonía del indigenato Aymara.

Ante esta nueva realidad política-económica, cuya base de sustentación se halla marcada por este singular arbusto, esto marca un nuevo escenario donde el choque de las identidades, los procesos civilizatorios diferenciados y los distintos caracteres nacionales que marcan el choque inevitable entre realidades distintas, nos lleva a presumir que se aproxima un destino plagado de incertidumbres y de resultados imprevisibles.

Un largo proceso de colonización de nuestras mentes y nuestra cultura ha hecho que lo Camba (o lo cruceño) como proceso nacionalitario, o sea, como creador de nuestro propio nacionalismo, se vea subordinado a los dictámenes que nos viene desde fuera y por lo tanto, nuestra sociedad, como sociedad colonizada, no se atreva aún a asumir su propia identidad nacional, para permanecer sumisa a su condición de segmento del Estado altoperuano en calidad de Departamento y no de Nación, como es su naturaleza real.

Para ello contribuye una basta red de medios de comunicación en poder de las burguesías provincianas que se niegan a reconocer nuestra esencia nacional, y prefieren machacar nuestra lamentable dependencia de los poderes coca-céntricos, haciendo que nuestro nacionalismo se diluya, o cuanto menos, que no tenga la socialización necesaria para que llegue a ser comprendido por todas las capas de la sociedad dominada y por lo tanto, se convierta en Poder Constituyente. Sin embargo y a pesar de esta desventaja, las numerosas encuestas demuestran objetivamente que día que pasa, amplios sectores de la población -indistintamente de su origen, étnico o económico o social, (en torno al 51%) abrazan sin temores la causa libertaria y nacionalitaria de los Cambas. Léase esto como el trípode donde se asienta esta nacionalidad: La amazónica, la Valluna y la Chaqueña donde hacemos-por hoy- abstracción de sus fronteras interiores, llámense limites departamentales, provinciales o municipales.

Con la mayoría de nuestros derechos fundamentales sistemáticamente violados por los micro-imperialismos tribales y al margen de una creciente legión de gratuitos detractores que se suman al coro de los depredadores, la agudización de un debate preñado de pasiones –genocidas incluidos, agregando algunos originarios que se pasaron a la otra banda ; sin embargo, podemos afirmar categóricamente que, la recuperación de nuestros derechos ciudadanos implica la derogatoria de nuestra condición de súbditos y en afirmar nuestro Derecho de Autodeterminación nacional.

Si somos y nos reconocemos como una Nación sin Estado, somos cruceños, Cambas y Sudacas y debemos pasar a la ofensiva para promover la recuperación de nuestro espacio vital y nuestra identidad étnica-cultural mutilada, ya que solo así estaremos contribuyendo a la construcción de una de las más amplias expresiones revolucionarias del siglo XXI, que puede alterar, no solamente las relaciones de poder al interior del Estado boliviano, sino inclusive, y si llegara el caso, alterar el viejo mapa de América Latina.
El problema central consiste en saber si estamos dispuestos a ello.

SRAG. 10/02/06

 

POR EL MOVIMIENTO NACIÓN CAMBA DE LIBERACIÓN

(ñane Retâ ... ojuhu porâve hague ojupe)

M.N.C-L 2000-2008