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Espacios de autonomía

Una de las frases marmóreas de Pinochet durante el período de dictadura en Chile, fue lanzada precisamente durante una ceremonia de entrega de títulos de posesión individual al pueblo mapuche. El malvado general dijo en esa ocasión: Desde este momento, en Chile no hay más mapuches; hay sólo chilenos. La frase es interesante. Revela no sólo el impulso genocida que animaba al dictador; no sólo el totalitarismo cultural propio a toda dictadura; no sólo la continuación de la conquista española por el ejército chileno; no sólo el pensamiento brutalmente sintetizado de la oligarquía chilena (y latinoamericana), sino que además se encuentra encerrada en ella, la completa sintaxis de la ideología de la homogeneidad nacional.

Veámos: decir, todos los mapuches son chilenos, es una verdad. Decir, todos los chilenos son mapuches, es algo imposible. De tal modo que nos encontramos con un grupo cultural, los mapuches, que tienen dos identidades, una jurídica estatal, y otra cultural. En cambio, el resto de la población, al adscribir a la misma identidad jurídica, la ciudadanía chilena, se le supone culturalmente homogénea. Pero eso no es cierto: hay en ese resto no mapuche, muchas identidades: religiosas, políticas; incluso nacionales, como es el caso de las llamadas "colonias", algunas muy pudientes en Chile, como la judía, la alemana y la árabe. Pero habría sido imposible que Pinochet hubiera dicho: en este país no hay judíos, alemanes o árabes: hay sólo chilenos. Entonces, aparte del racismo propio a la mayoría de los generales latinoamericanos, hay quizás otra razón que llevó al dictador a eliminar semánticamente a la cultura mapuche. Y la razón es que, en el pueblo mapuche, la lucha por la autonomía cultural coincide con la autonomía territorial.

Pinochet, un geopolítico, postulaba uno de los principios inherentes al Estado poscolonial (y endocolonial) latinoamericano; y es el siguiente: la existencia de pueblos y culturas diferentes a las que supone como propias el Estado nacional, contribuye a debilitar el principio de unidad nacional y en consecuencia atenta, tanto contra la seguridad interior como de la exterior de una nación.
 

Ahora bien, esa doctrina es la que ha demostrado ser, después de múltiples experiencias, una falacia y una mentira a la vez. Primero, la existencia de culturas diferentes e independientes es constitutiva a la propia idea de nación. La nación culturalmente homogénea sólo existe en la cabeza de los geopolíticos, porque en el mapa, no hay ninguna. En segundo lugar, son los proyectos de homogenización, sea ideológica, cultural e incluso social, los que han llevado a muchos estados y naciones a convertirse en ruinas, es decir, es el principio de homogenización y no el de diversidad el que atenta contra la seguridad interior y exterior de los estados. Tercero, el principio de homogenización siempre resulta de un acto de fuerza que lleva a una nación no sólo a suprimir las relaciones de comunicación democrática, sino a vivir en permanente estado de guerra interior.

La tarea de un estado democrático no puede ser la de suprimir pueblos y culturas sino la de organizar la convivencia pacífica entre diferentes pueblos y culturas. Dicho aseguramiento pasa necesariamente por otorgar autonomía a las diferentes minorías que pueblan una nación, pues autonomía es condición que garantiza no sólo el libre desenvolvimiento de una cultura, sino además su propia existencia.

No obstante, la autonomía presupone un espacio para ser ejercida. Ahí reside el problema de los geopolíticos. Sin dudas, a ellos no les importa demasiado que determinados pueblos hablen diferentes idiomas y cultiven distintas tradiciones. Lo que les molesta es que dichas prácticas ocurran en algún lugar de un país que imaginan es propiedad de ellos. Esa es la llave de la discusión relativa a la pluralidad multicultural. Es también el dilema planteado a muchos pueblos en los tiempos de la modernidad global, cuya amenaza se suponía era la desaparición de las diferencias, cuando lo que está en verdad ocurriendo, es una explosión de diferencias sobre un mundo fragmentado e inconexo.
 

El problema del indio es el problema de la tierra, escribió Mariátegui en los años treinta (1976). Es también el lema que recorre hoy desde la Araucanía hasta Chiapas. Los kurdos no han leído a Mariátegui, pero saben que su problema también es un problema de tierra. Lo mismo ocurre con los armenios y con tantas naciones tránsfugas, desplazadas y perseguidas a lo largo y ancho de los continentes.

El problema, por cierto, no es sólo el de la tierra. Pero sin entender el problema de la tierra, difícilmente se solucionarán los demás. Ese es el centro del tema que plantean los llamados nuevos nacionalismos. Vivir en la misma tierra pero en distintos territorios es obsesión que persigue a la humanidad desde que a alguien, en no se que arrebato de locura, se le ocurrió inventar a las naciones. Y más complejo todavía que el problema de la demarcación territorial es el de la representación estatal.

Construir naciones es un proceso siempre inconcluso. La nación perfectamente constituída no existe. Es un sueño; quizás una pesadilla de la humanidad. Al querer realizar ese sueño, cientos de déspotas han producido genocidios, deportaciones en masa y siempre, esa cruel discriminación cotidiana basada en el supuesto de que las diferencias son contraproducentes al desarrollo nacional, cuando la realidad muestra, cada día, que son todo lo contrario: la propia condición de la nación. Una nación sin diferencias sólo puede ser un gigantesco cementerio.

No obstante, la interrupción del proceso jurídico que marca la lucha secesionista de un pueblo, no significa el fin del todo discurso político; al contrario: el discurso político es más necesario que nunca cuando arrecian conflictos y contradicciones. El discurso comienza a existir libre de instituciones, digámoslo así, en forma "pura", y por tanto la política se convierte, sin un marco jurídico que la regule, en un arte que para serlo, ha de ser innovativo, ocurrente, improvisador.

Sólo desde las palabras que atraviesan los balbuceantes discursos de la politicidad han de surgir, alguna vez, nuevas leyes. Las Leyes están hechas de palabras, pero las palabras preceden a las Leyes. Es por esas razones que no todas las luchas por la emancipación cultural han de ser regladas por el recurso de la fuerza. Entre el proyecto secesionista y el uso de la fuerza hay múltiples alternativas. La alternativa de la organización multicultural, es una. Cuando las culturas coinciden con territorios y naciones, se abre la posibilidad de la autonomía. Si la autonomía no es suficiente, llega el momento de la secesión.

Pero tampoco secesión debe ser un acto incivilizado. Tanto en la vida privada como en la colectiva hay diferentes maneras de separarse. En efecto, a la ruptura secesionista le son abiertas múltiples posibilidades. Una, es el retorno hacia la negociación autonómica. Si dos o más naciones empero, no pueden seguir viviendo bajo un mismo techo (Estado) queda abierta la puerta de la federación. Si aún la federación es imposible, el de la confederación. Y si todo eso fracasa, queda la posibilidad de la asociación en el marco de la cual un Estado conserva atributos políticos, pero ligado a otro por medio de reglamentos y juridicciones comunes.

La asociación, que en el pasado era vista, particularmente por sectores que adscribían a ideologías antimperialistas, como un estigma, puede ofrecer hoy ventajas a naciones que ocupan un lugar internacional subalterno, sin necesidad de entregar nada de la autonomía y de la identidad nacional a otro Estado. Gran parte de Europa camina hacia la asociación, ejemplo que seguramente alguna vez será repetido en Latinoamérica. Con, sin, o contra USA, es una pregunta abierta desde la era bolivariana. La respuesta, en cualquier caso, no puede ser la misma que durante la era bipolar. Las condiciones han cambiado totalmente. Incluso fracasadas las vías autonómicas, federativas, confederativas y asociativas, queda por último la de la separación pacífica, cuyo mejor ejemplo lo dieron recientemente las repúblicas checas y eslovaca. Tan pacificamente se separaron que incluso hay quienes afirman que hoy las relaciones entre ambas repúblicas son más fraternas que cuando coexistían bajo un sólo Estado.

Sólo después que todas esas alternativas han fracasado, queda el camino de la guerra. Y ese es el fin del arte político. Pero aún así la política debe ser mantenida como posibilidad, pues en algún momento hay que firmar la paz. Y no se puede firmar con una metralleta; mucho menos cuando ésta apunta a un firmante.

 

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Referencias

 

Anderson, Benedict Die Erfindung der Nation, Fischer, Frankfurt 1988

Gellner, Ernst Nationalismus und Moderne, Rotbuch, Berlin 1991

Giddens, Anthony Der Dritte Weg, Die Erneuerung der Sozialdemokratie, Suhrkamp, Frankfurt 1999 Original: The Third Way. The Reneval of Social Democracy, London 1999

Huntington, Simon The Clash of Civilisation Simon/Scuster New York 1996

Lefort, Claude, Les droits de l`homme et l`Etat providence, en, del mismo, Essais sur la Politique, Editions du Seuil 1977

Mariátegui, J.C. Siete ensayos de interpretación de la realidad peruana, Amauta, Lima 1976.

 

 

 

POR EL MOVIMIENTO NACIÓN CAMBA DE LIBERACIÓN

(ñane Retâ ... ojuhu porâve hague ojupe)

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