DOCUMENTOS

Memorándum

Quienes somos?

Los querembas

Las brigadas juveniles

El nuevo pacto con el estado Boliviano

Policía regional

SINDICATOS

Génesis

Acta de compromiso

Pronunciamiento por la paz

Cambas sin tierra

Proyecto Autonomía Nacional

Invasión del BENI

Indigenas

TESIS

Los cruceños y su derecho de libre determinación

400 años de lucha autonomista cruceña

La Nación Camba: Fundamentos y desafíos

ARTICULOS

Artículos de opinión

Jóvenes

PRENSA

Carta abierta a la ONU

CURIOSIDADES

La famosa vinculación caminera

Mercaderes de territorio

Santa Cruz 1810-1825

Rebelion de Santa Cruz la vieja

Acta de fundación de Santa Cruz de la Sierra

EXTRA

MAPA de Nación Camba

Símbolos

Videos

Banners

Vínculos

Concepto de autonomía

 

El derecho de los pueblos
Fernando Mires


Miércoles, 24 de enero de 2001

En un artículo anterior me he referido al tema de la construcción democrática de la nación. Ahí he sostenido que la multiculturalidad no es un defecto, o una desviación, sino una condición ineludible de la nación moderna. No obstante, la coexistencia de formas culturales no sólo diferentes, sino a veces antagónicas y la imposibilidad de convivir de un pueblo con una nación que lo aplasta u oprime, obliga necesariamente a plantearse el tema de la alternativa secesionista que, por lo demás, marca a fuego el comienzo del siglo veintiuno (no sólo en la ex Yugoeslavia). El problema es jurídico y político a la vez. Jurídico, porque si bien, a nivel internacional no existe una juridicción precisa que asegure las relaciones entre pueblos y Estados, es evidente que se hace cada vez más necesaria. Político, porque tiene que ver con el nuevo contenido que comienzan a tomar las relaciones entre estado-nación y pueblos.

En América Latina, las luchas de los pueblos indígenas no han tomado un carácter secesionista o separatista. No obstante, esa decisión no depende sólo de esos pueblos, sino también de la actitud que hacia ellos toman los Estados nacionales. Si las posibilidades secesionistas quieren ser evitadas, es mejor abordar el problema más temprano que tarde.

Secesión y derecho

¿Deberá ser estatuido, en tiempos de globalización, el derecho a la secesión del mismo modo como en la mayoría de las naciones democráticas está siendo aceptado el derecho a la separación y al divorcio condenado en nombre de Dios por tantas Iglesias?

La pregunta es complicada y su respuesta difícil pues, si por un lado la lucha por la secesión de un determinado pueblo o nacionalidad puede ser éticamente justa, no es necesariamente legal. Y no puede serlo, porque secesión implica ruptura con la legalidad de estados jurídicamente reconocidos en el espacio internacional.

Al llegar a ese punto, ya no sirven las teorías puramente jurídicas puesto que ellas son operables sólo en el marco de modos de proceder, ética e institucionalmente pre-establecidos. Pero ese es un problema de esas teorías, y no de las luchas secesionistas.

Los momentos de discontinuidad histórica están marcados por lo general por dramáticas rupturas. Unas, son las revoluciones. Otras son las secesiones. En ambos casos, hay un transitorio abandono de juridicciones vigentes. Pero el abandono de una determinada legalidad no significa necesariamente el abandono del discurso político, y ni siquiera del legal. Por el contrario significa por lo general la refundación de otro estatuto constitucional originado sobre las bases de un nuevo orden político como se da después de revoluciones y luchas secesionistas. En ambos casos hay siempre un descarrilamiento respecto al juego ético -jurídico vigente, que lleva empero, a otras vías políticas que en algún momento deberán ser jurídicamente establecidas en el marco de un nuevo orden constitucional.

Conviene precisar entonces, que la ruptura con un orden jurídico institucional no significa necesariamente una ruptura con la legalidad sino sólo con una determinada legalidad y, por cierto, con aquella vinculada al poder. No hay ninguna ruptura nacional o social que no haya sido realizada en nombre de un, o de muchos, derechos incumplidos. En cierto modo, son luchas por la justicia, aunque no exista ningún tribunal competente que dictamine si lo justo es justo o no.

El momento de ruptura, la secesionista en este caso, presupone el abandono de la institucionalidad legal pero para regresar al momento discursivo de la legalidad, que por lo general está amparado, ya sea por una interiorización colectiva de la ética prelegal, ya sea por instituciones y declaraciones que han consagrado la legitimidad de determinados derechos universales. Los derechos humanos, por ejemplo, no están dotados de un organismo decisional más allá de los Estados que dicen representarlos. Por lo general, no siempre se cumplen. Pero sólo podemos saber que no se cumplen, porque existen, y eso es lo que permite, precisamente, a tantos pueblos escindirse de otras naciones y luchar por sus derechos incumplidos.

Es justamente la desvinculación entre derecho humano y órgano decisional de poder, lo que permite que nadie pueda considerarse propietario de ese derecho, nadie sino el ser humano, es decir, todos. Desde el momento en que un día en Europa, los derechos sobre el ser humano fueron arrebatados al Rey, no fueron entregados a nadie. Existen ahí, en toda su ambigüedad; para apelar a ellos, para que los realicemos, para que nos defendamos del poder que quiere hablar en su nombre. Sigo en este punto a Lefort cuando escribe: "En breve, la formulación de los derechos humanos a fin del siglo XVlll está inspirada por una reivindicación de libertad que arruina la representación de un poder que estaría situado por sobre la sociedad, sea la que representa la suprema sabiduría o la suprema justicia, en fin, que estarían incorporados en el monarca o en la institución monárquica. Estos derechos del ser humano marcan una desintricación entre el derecho y el poder.

El derecho y el poder no se condensan nunca más en un mismo polo" (Lefort 1977, p. 43).

El totalitarismo cultural

La desvinculación entre derecho y poder genera ese espacio que permite tantas luchas por la justicia y por la libertad. Múltiples luchas secesionistas rompen con la Ley del poder, pero no necesariamente con la del Derecho, pues, como apunta el mismo Lefort "la legitimidad del debate sobre lo legítimo y lo ilegitimo, supone, repitámoslo, que nadie ocupe el lugar del gran juez" (Ibid, p. 55).

Siempre se dice, y con razón, que revolución es fuente de derecho. La secesión también lo es. No obstante, suele ocurrir, y éste es el riesgo de todo descarrilamiento jurídico, que revoluciones y secesiones no sólo desafíen la norma del derecho, sino que además, escapen a todo juego político, regresando a fases prepolíticas en donde en lugar de argumentos hablan metralletas. Las recientes guerras interyugoeslavas son un trágico ejemplo que muestra cómo el abandono de espacios políticos significa, ni más ni menos, regresar a la prehistoria de la humanidad.

La secesión, en tanto implica ruptura, no puede ser un derecho, aunque reclame derechos, porque no hay ninguna garantía jurídica que pueda permitirla sin negarse a sí misma. Es que la secesión es resultado de ese conflicto permanente de la modernidad que lleva a construir culturas y naciones, pero también a que desaparezcan. Para que no hubieran luchas secesionistas, la arquitectura cultural y nacional del mundo debería estar plenamente diseñada. O debería existir un sólo Estado mundial. Pero de esas utopías todavía estamos lejos. Pese a la globalización y quizás gracias a ella, las luchas secesionistas continuarán fragmentando la política y la geografía de nuestros días, sepa el cielo hasta cuando.

Mucho más complicado es el problema cuando no se trata de una simple escisión cultural, como imagina Hungtington son las de nuestro tiempo (1996), sino que de escisiones territoriales. No hay, efectivamente, ningún Estado que quiera perder o ceder parte de su territorialidad a favor de otras nacionalidades o culturas. De ahí que las luchas territoriales tienden a romper rápidamente con la lógica política en la regulación de conflictos, o lo que es parecido, la negociación política va, en ese caso, casi siempre acompañada de argumentos militares.

No obstante, en la mayoría de los casos no son las culturas, nacionalidades, pueblos, naciones, etc. las que dan el primer paso que lleva a la ruptura con procedimientos ético-jurídicos, sino que más bien es al revés: en la mayoría de los casos, tales unidades exigen la vía de la secesión cuando vivir al interior de una determinada (gran) nación se ha convertido en algo insoportable. El límite de la insoportabilidad no está cuantitativamente, sino que históricamente definido. Por ejemplo, si el Estado turco hubiera concedido a los kurdos sólo la mitad de los derechos autonómicos que concede el Estado español a los vascos, no existiría ningún problema entre kurdos y turcos. Si el régimen de Milosevic hubiera concedido a los habitantes kosovo/albanos, los mínimos derechos que concede Turquía a los kurdos, no habría habido ninguna razón para que la OTAN hubiera intervenido en Yugoeslavia. La intransigencia de determinados estados nacionales en hacer coincidir de modo total la nación política, con la geográfica, con la cultural, y en algunos casos, hasta con la racial, es la que ha terminado por provocar las más grandes catástrofes de nuestro tiempo.

No es cierto entonces, como afirman los enemigos de la multiculturalidad, que la existencia de muchas culturas sea fuente de conflictos. En la misma Yugoeslavia, durante mucho tiempo, coexistieron de modo armonioso y dinámico, muchas nacionalidades y culturas. La fuente real de los conflictos reside más bien en el proyecto nacional estatal de eliminar las diferencias en nombre de una nación única. La fragmentación, la secesión y las luchas autonómicas, separatistas e independentistas, son por lo general provocadas por Estados que en lugar de albergar a múltiples culturas pretenden destruirlas a fin de cumplir el ideal decimonónico del estado total. Porque el totalitarismo no sólo es económico o político; también es cultural.

Al fin y al cabo, las naciones que hoy habitan el planeta no son ningún hecho dado u objetivo; han sido resultado de complejos procesos de tectónica formación. Giddens: "La nación no es algo naturalmente dado (...) Ellas han sido compuestas a partir de un gran número de fragmentos culturales" (1999, p. 153). La misma idea sustentan con argumentos diferentes, Anderson (1988) y Gellner (1991). En palabras menos elegantes: cada nación es en sí un microimperialismo ya que ha sido edificada sobre la base del sojuzgamiento e incluso exterminio de múltiples pueblos. El salvajismo de Milosevic no es sino el pasado de la mayoría de las naciones europeas; de ahí que el terror que ese régimen produce es también el miedo que siente cada nación moderna frente a su propia historia.

En un mundo europeo poscomunista donde se suponía deberían existir naciones civilizadas y democráticas, Serbia revitalizaba nada menos que a la propia prehistoria de la modernidad, pero con las armas del siglo XXl. Es que la prehistoria de cada nación está llena de Milosevices. El Milosevic existente no era sino un fantasma, lamentablemente real, resucitado desde las tumbas de Europa, empapado con la sangre de los muertos del pasado y del presente, cuyo proyecto microimperial de gran nación no se diferenciaba a aquel que dio orígen a las más respetables naciones del mundo, incluyendo a las nuestras, las latinoamericanas. Que después, el imaginario ideológico nacional reconvierta a asesinos de pueblos en héroes nacionales, es parte del mito que forma parte de la ideología estatal de cada nación.

De tal modo, la ruptura cultural y territorial de un pueblo con la nación de la cual era parte se da en lo general cuando las normas que hacen a la identidad de ese pueblo son violadas por la nación dominante, haciéndose imposible para ese pueblo, coexistir en el marco jurídico y/o territorial de esa nación. No hay en verdad, ninguna ley natural u objetiva que obligue siempre a los pueblos a luchar por su independencia y constituir nuevas naciones. Ello ocurre simplemente frente a la imposibilidad de que los conflictos entre pueblos y naciones puedan ser regulados legal y políticamente, teniendo lugar rupturas que llevan a alterar los mapas de los continentes, y a los alumnos de escuela, a comprar nuevos libros de geografía.

En buenas cuentas, la mayor parte de las luchas secesionistas han tenido lugar no porque pueblos y culturas se encuentren integrados en otras naciones, sino que al revés, porque esas naciones no han podido o sabido integrar a sus pueblos y culturas. Tales luchas son más bien resultado de una mala, o de una falsa, o de ninguna integración. O de una asimilación forzada. Y casi siempre, de la no integración y de la asimilación al mismo tiempo. En ambos casos, la ruptura ocurre como consecuencia del no reconocimiento de diferencias.

Si no se aceptan, o se condenan diferencias, un pueblo o grupo cultural vive discriminado, como fue el caso del Apartheid antes de Mandela, o es obligado a asimilarse a la cultura dominante, como fue la política de Milosevic con los kosovo/albanos. Y la de la mayoría de los gobiernos latinoamericanos con los pueblos indios.

 

<1 - 2>

 

POR EL MOVIMIENTO NACIÓN CAMBA DE LIBERACIÓN

(ñane Retâ ... ojuhu porâve hague ojupe)

M.N.C-L 2000-2008