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BOLIVIA: LA AGONÍA DEL PASADO
Breve ensayo sobre la estupidez ciudadana
Ramiro Calasich G.
ramiro.calasich@gmail.com
http://ramiro-calasich.blogspot.com
Descarga (pdf)
"Las tiranías fomentan la
estupidez" (Jorge Luis Borges)
La victoria del Movimiento al Socialismo
(MAS) no sorprende, estremece. El caudillo ha vencido y con él, otra
vez, un proyecto reaccionario, asentado en el arcaico populismo y el
rancio nacionalismo, esta vez bajo la coartada indigenista. Su secreto,
triste y vergonzoso, es aparentar que encarna las aspiraciones de los
más humildes, cuando en realidad se trata de un escalofriante salto al
pasado, aquel que únicamente produjo miseria y degradación. Sin embargo,
si tomamos en cuenta hacia dónde soplan los vientos de la historia
(democracia, globalización, conocimiento, inclusión, etc.), no podemos
menos que concluir que el triunfo del oscurantismo es sólo una derrota
demorada. Lo que realmente preocupa es que este crimen tenga tanta
cantidad de cómplices. Albert Einstein lo sabía: “Hay dos cosas
infinitas, el Universo y la Estupidez Humana”.
Queda claro que el MAS es un naufragio político en las agitadas olas del
populismo, que combina la incontinencia discursiva del caudillo, en una
irresponsable y bochornosa embriaguez ideológica (por ejemplo:
marxista-leninista declarado, además, presidente de los cocaleros del
trópico cochabambino, cuya producción se halla vinculada a las
oscilaciones del mercado del narcotráfico, hecho que lo vincula
íntimamente con el “capitalismo salvaje”), con el nacional-indigenismo
del vicepresidente –cerebro por el que divaga el régimen-, expresión de
aquel cenáculo de académicos, enamorados de la barbarie, que sirve de
orientación al gobierno y que intenta injertar los devaneos
multiculturalistas acuñados lejos de nuestras fronteras (vaya
descolonizador), y cuyo norte es el idílico sueño estalinista, esta vez
presentado de forma extravagante: el desarrollo del capitalismo –ahora
“andino-amazónico”- dará paso al socialismo del siglo XXI, neologismo
que esconde un proyecto nacionalista de base campesina y discurso
indigenista, es decir, una suerte de nacional-socialismo indígena, donde
resulta difícil separar las erupciones estalinistas de los sarpullidos
fascistas. Si el nacionalismo de los ’50 se asentaba en una ilusión
desahuciada, los nuevos nacionalistas se erigen sobre una terca e ignota
reincidencia del fracaso.
Sin duda, el primero, el caudillo de la arenga omnipresente; el segundo,
el omnímodo ideólogo aparente; ambos, expresiones antediluvianas del
populismo nacionalista que no termina de morir; cada cual dependiendo de
forma vital de cada quien, pues, mientras uno pone el color de la piel y
espolea a la masa, el otro aporta las ideas que dan forma al
extravagante experimento. Si en la segunda gestión de gobierno se
asegura edificar un nuevo Estado, está claro quién tendrá las riendas
del régimen.
Así, detrás de la demagogia patriotera y la histeria contra la economía
de mercado, muestran su rostro añejo el populismo y el nacionalismo,
salpicados ahora por un condimento bárbaro: la raza presentada como
principio ideológico (¡Racismo!). No es todo: la ignorancia atroz ha
encendido el mito del caudillo epónimo y del sueño prístino del retorno
al paraíso perdido, y ha dado rienda suelta a los abusos de insensatos
justicieros que claman por la revancha. La razón en estado de sitio, la
conciencia agonizante, la hora del instinto y de la estupidez
descarriada. En resumen, craso autoritarismo autóctono regido por
visiones ímprobas.
Debajo de los paladines del atraso, hierve una larga procesión de
encubridores, cortesanos y siervos, de las más dispares y disparatadas
posturas: desde radicales de sueños de sangre –de izquierda y derecha-,
pasando por neoliberales conversos, progresistas extraviados, hasta
vástagos camuflados de las dictaduras; todos, beatos seguidores del
errante caudillo, del sibilino pensante y de su arqueológico ensueño,
guiados por una visión ardiente y microscópica de la realidad; afanados
en justificar, con pasión y en total orfandad de ideas, prejuicios,
crímenes y las más innobles prácticas políticas; algunos con el
fanatismo despuntando en la mirada, en el grito que acalla y en el puño
que impone. Más abajo, mucho más abajo –como siempre-, la masa gris de
espectrales indígenas-campesinos, inducidos a votar, marchar, matar y
morir, siempre esperanzados, seguros que el color de la piel del
caudillo, sus prédicas apocalípticas y sus dádivas menesterosas son el
signo que inaugura un nuevo tiempo... “Ahora es cuando”.
Muy junto, la oposición, sorprendentemente en el mismo polo. No debe
extrañarnos, unos y otros representan el mismo fenómeno: la agonía del
pasado, el atraso congénito, el Estado fallido, cuya expresión execrable
es el populismo, al principio de nuestra historia bárbaro y feudal,
luego liberal corrompido, más tarde nacionalista mísero, hace poco
neoliberal expoliador, ahora nacional-racista. Así, mientras que el
régimen actual es la reencarnación desahuciada del nacionalismo
populista, la oposición responde a una suerte de populismo desamparado,
sin paradigma ante la capitulación de sus apetencias neoliberales. Ambas
posturas con la visión nimia, inspirada siempre por intereses
inconfesables, razón de su inveterada relación adúltera con la
democracia y del uso de la ciudadanía como tropilla de votantes o
ejército de ciegos peones.
Si los nuevos nacionalistas expresan a los sectores más atrasados de la
sociedad, básicamente al campesinado andino (su visión pre-moderna
moldea ahora al país, por ello su avidez de tierra, ajena a todo proceso
industrializador), los demacrados opositores expresan lo más vetusto de
la burguesía nacional, aquella que vivió medrando del Estado desde las
banquetas de la plaza Murillo –nacionalistas o neoliberales, según
convenga-, hasta que aquella poderosa irrupción popular -espontánea y
errática, encendida por el eterno oprobio-, los obligó a buscar refugio
en sus propiedades, camuflándose entre quienes impulsaban otro
levantamiento, esta vez regional, que reclamaba lo que el Estado
Nacional, a manos de nacionalistas y neoliberales, también les había
negado: el progreso. Unos y otros, cómplices de los mismos atropellos:
atraso y corrupción, desfiguración de la democracia, manipulación
ciudadana, marginación de los más humildes y postergación de las
regiones. No hay duda, las ideologías, no importa cuán disímiles o
exiguas sean, terminan siempre perpetrando las mismas iniquidades.
En el escenario opositor, huérfano y desolado, no podemos dejar de
mencionar a los nuevos caudillos bisoños (principitos), pregoneros de lo
que llaman “el verdadero cambio” -para diferenciarse del “cambio”
oficial-, cuyo objetivo no es otro que reproducir, con patológica
idiotez, los vicios del populismo agonizante; sin duda, objeto de
estudio de esforzados entomólogos políticos.
ARTILLERÍA PSICOLÓGICA
Pese a que oficialismo y oposición expresan las dos caras de nuestro
atraso, a partir de enero de 2006, cuando el caudillo fuera entronizado
en las ruinas de Tiahuanacu -a la cabeza de un alzamiento ajeno al que
supo acomodarse-, el agonizante pasado mostró un rostro abominable: la
experiencia más devastadora de manipulación ciudadana a gran escala que
Bolivia haya conocido. Desde sus primeros pasos, el “gobierno del
cambio” se cobró su primera víctima: la libertad de pensamiento.
No creemos exagerado afirmar que, a partir de enero de 2006, Bolivia ha
dejado de ser un país de carne y hueso, para convertirse en ilusión,
apenas un paisaje, espejismo hábilmente fabricado y difundido –incluso
exportado- en miles de spots, cuñas radiales e histriónicos discursos,
listos para el consumo masivo. La promesa del caudillo -como palabra
revelada-, convertida en verdad incuestionable: El Cambio. Su habilidad
manipulativa llegó a tal grado que, incluso, líderes de todo el mundo,
empujados por su mala conciencia, sus pecados endémicos o su suntuosa
ignorancia, se muestran todavía indulgentes ante las diatribas que
siembra a su paso el primer presidente “indio” que ojos occidentales
avistan. En esas condiciones, su incultura se constituye en virtud para
seducir a los voluntariosos, frívolos y siempre bien costeados
“revolucionarios de ong”, en embriago estado de éxtasis.
Sin quererlo, Jean-Marie Domenach (La Propaganda Política) al describir
la herramienta más valiosa del fascismo alemán para hacerse del poder
con apoyo popular, desnudó el secreto del masivo apego al caudillo
nativo: “Verdadera ‘artillería psicológica’ en la que se emplea todo
aquello que tenga valor de choque, y en la que, finalmente, con tal que
la palabra cause efecto, la idea ya no cuenta”. Pío Baroja lo decía
mejor: “Es una época para histriones. Todos los gritos sirven, todas las
necedades tienen valor, todos los pedantes alcanzan un pedestal”.
Para ser justos, a ello habrá que añadir la ausencia de una propuesta
alternativa, lejos del populismo avieso que prioriza tanto al caudillo
popular como al dueño del partido, de las ideas y, sobre todo, del
dinero (partidos patrimoniales).
TROPELÍAS INCUESTIONABLES
Este sombrío régimen, matizado por una lujuriosa concentración del poder
–político, económico y social- y por la estimulación de la ignorancia
ciudadana, ha dejado tras de sí un reguero de tropelías cometidas a
nombre del llamado proceso da cambio, próximo a profundizarse gracias a
la estupidez popular y a la ausencia de alternativas democráticas.
Veamos algunas:
-
Desperdicio inmisericorde de ventajosas
condiciones económicas que Bolivia jamás conoció en toda su
historia, para dar paso a un festín populista destinado a cebar el
mito del caudillo por cuenta del erario nacional. A diferencia de lo
que afirma el pregón oficial, somos un país mucho más pobre que hace
cuatro años; los que se llevan la peor parte son los propios
indígenas-campesinos, cuya inclusión se reduce al errabundo discurso
y al simbolismo fatuo.
-
Destrucción de la institucionalidad
democrática, al límite de envilecer la democracia, reducida a
espectáculo pueril, apariencia desvergonzada que convierte la
participación ciudadana en acciones ciegas, sordas y mudas (marchas,
votaciones, enfrentamientos, etc.), lejos de toda reflexión,
ahogadas por una abyecta indigencia intelectual. Incluso, el afán de
convertir la democracia en insultante voto fofo, lleva al caudillo a
proponer, a escala universal, un referéndum para abolir el
capitalismo, necedad aplaudida por patéticos auditorios; en fin, la
democracia convertida en plebiscitaria estupidez.
-
Igual que siempre, empresas y entidades
públicas convertidas en carroña de la “militancia” -incompetente,
ávida y rapaz-, capaz incluso de protagonizar cruentas acciones para
mantener privilegios recién logrados (recuérdese el caso de la
estatal petrolera –YPFB-, donde se descubrieron millonarias coimas y
volteos –dinero que nadie encuentra y sobre el que nadie pregunta-,
y cuyos involucrados mostraron su apego feroz a las pistolas. Además
de las fechorías, en la mayor parte de los casos el problema no pasa
por exigir que cumplan con su deber, sino porque lo conozcan.
-
Anomia social, caracterizada por la
degradación de las normas sociales y de convivencia. Su expresión
más atroz es la inseguridad, jurídica y ciudadana, por donde asoma
su rostro bárbaro el linchamiento lascivo y el atraco impune.
-
Organizaciones sociales domadas –a la
usanza fascista-, carentes de independencia sindical y de liderazgos
virtuosos, falderas con el caudillo, usadas como rebaños de choque y
abuso.
-
Altos mandos dóciles, rendidos ante el
manoseo de las instituciones tutelares, colonizados por uniformes
foráneos.
-
Violencia estatal, impune y aplaudida
por hordas alucinadas, elevada al rango de acción patriótica.
Alrededor de 70 seres humanos han perdido la vida gracias a la
“revolución democrático y cultural”, ya sea por la acción siniestra
o por la omisión ruin. No es posible negar que, al tiempo que se
riegan sandeces, se ha derramado tanta o más sangre que la que se
prometía redimir.
-
Opositores perseguidos, enjuiciados o
encarcelados, sin proceso apegado a derecho, obligados a esconderse,
asilarse o a vivir con la coartada bajo el brazo para demostrar su
inocencia, pues ahora, como en toda democracia vergonzante, se
presume la culpabilidad y se procede, de forma sumarísima, al
linchamiento mediático.
-
Periodistas humillados, acosados y
heridos (algunos formando fila entre las huestes de la sandez).
-
Impulso irresistible al narcotráfico,
cuyo crecimiento exponencial muestra que es de los pocos negocios
que florece en este desierto de licitud. Llama la atención que las
plantaciones de coca avanzan incontenibles (35 mil hectáreas),
nutriendo al insaciable y vil negocio de las drogas, mientras se
provoca un irreparable daño a la fertilidad del trópico
cochabambino, cuyas tierras no son aptas para ese cultivo (¡desastre
ambiental!). A la larga, lo que realmente se siembra es un páramo en
medio del trópico, un paisaje erial, no sólo en leyes sino en
vegetación, al tiempo que el caudillo arranca necios aplausos de
crédulos parroquianos quienes escuchan asombrados las recetas para
socorrer a la Madre Tierra. No hay duda, la estupidez convertida en
pandemia universal.
-
La mentira, la diatriba y la amenaza
erigidas en triada sacra de la gestión pública.
-
Lo peor: ciudadanos divididos y
convertidos en enemigos a muerte (literal).
Sin duda, transformar un país había sido
mucho más difícil que tender cercos, bloquear carreteras, regar injurias
o enceguecer y movilizar a la masa convertida en caterva de embobados
devotos.
En definitiva, se trata de un nuevo proyecto reaccionario, porque nos
promete vivir dentro de nuestra miseria, con el norte en el pasado, las
libertades conculcadas, la razón cercada, la barbarie marchando hacia
ninguna parte y el futuro a merced de anacrónicos encantadores de
serpientes. Es la noche de la obsecuencia incivil y de la emboscada
trapera. El progreso, el bienestar y la vida digna, cada vez más lejos.
Este cambio, mientras más cambia, más es lo mismo.
No es todo. Pese a las cándidas esperanzas de que el gobierno se
entregará de lleno al perfeccionamiento de la democracia, aprovechando
la ausencia de revoltosos opositores, los discursos triunfalistas
anuncian el envilecimiento del régimen. Por ejemplo, sobre los pocos
opositores que quedan con algún apoyo nacional o regional, se teje con
franco revanchismo y palmoteo popular, una nueva andanada de
acusaciones, juicios y atropellos, todos destinados a su desaparición
política, incluso económica, y a su deshonra pública.
Asimismo, si aquello no fuera suficiente para demostrar que “el MAS es
más de lo mismo”, se anuncia con despectiva jactancia que existen varias
decenas de leyes, ya elaboradas, listas para que la soberana Asamblea
Legislativa Plurinacional las apruebe en su primera semana de vida. Es
decir, el nuevo órgano legislativo estrenará nombre y miembros, pero al
parecer mantendrá el ominoso papel de cónclave de “levantamanos” -todos
agradecidos por ser parte del nuevo tiempo-, sin verdadera capacidad
deliberativa ni legislativa, reducida como siempre a apéndice inicuo del
caudillo y de su corte. Entonces, ¿qué cambió con el cambio?
ANATOMÍA DE LA MANIPULACIÓN
CIUDADANA
Vista así la realidad, a lo largo de este breve ensayo esbozaremos el
proceso que sigue este perverso recurso –usado desde siempre, pero no
con tanto ímpetu- de inducir a la ciudadanía a marchar, votar, aplaudir,
matar o morir –¡a sacrificarse en aras de las más crasas majaderías!-,
guiada únicamente por la emoción descarnada, mientras el raciocinio,
aquel que se alimenta del estudio y la reflexión (¡la conciencia!), es
meticulosamente apagado.
Nos mueve la indignación de atestiguar que quienes se afanan por
demostrar que representan el cambio esperado, el reino de los principios
nobles y humanos -“la conciencia del pueblo boliviano”-, asientan su
práctica política cotidiana en las injusticias congénitas a todo régimen
autoritario, como la frenética manipulación emocional de la ciudadanía,
principalmente indígena-campesina, que alcanza ahora límites siniestros.
Si la estupidez es definida como la incapacidad de conocer la realidad,
no es aventurado afirmar que los ciudadanos, víctimas de una atroz
gestión manipulativa y de nuestra añeja pesadez intelectual, tendemos a
comportarnos de una forma sorprendentemente estúpida. Hubo quien explicó
las causas: “Cuando se trata a alguien como si fuese un estúpido, es muy
probable que, si no lo es, con el paso del tiempo llegue con seguridad a
serlo”.
Sin embargo, algo debemos decir a favor del artero manipulador (del
antiguo y del nuevo): si bien se echa mano a la más desalmada
manipulación, este hecho no debe quitar responsabilidad a la ciudadanía
por sus deplorables elecciones, resultado indiscutible de su lánguida
formación y de su invariable flojedad cognitiva. Así, no deja de ser
cierta la afirmación de George Bernard Shaw: “La democracia sustituye
las designaciones que efectúa una minoría corrompida por las elecciones
que efectúa una mayoría incompetente”. Ahí es donde se apoya el
manipulador –de ayer y de hoy-, en nuestra incompetencia.
a. La clave es el cerebro
Para ser serio, el análisis debe partir, necesariamente, de los avances
científicos en materia de neurofisiología. La idea es demostrar, a la
luz de la ciencia -no de la ideología-, que todo régimen autoritario se
asienta en la más burda manipulación –nunca en la conciencia-, y cuando
ésta falla, en la más fría violencia. Dicho de otro modo, según
convenga, se gobierna por la farsa o por la fuerza.
A fines de la década de los ’70, Paul MacLean demostró la presencia de
tres cerebros en uno. Cada cerebro viene a constituirse en una suerte de
capa evolutiva que creció sobre la precedente, al estilo de sedimentos
arqueológicos (Félix Larocca). MacLean descubrió que cada una de estas
áreas del cerebro ejerce diferentes funciones que, en conjunto, son
responsables de la conducta humana.
Según MacLean, estos tres cerebros operarían como tres poderosas
computadoras biológicas independientes, vinculadas entre sí, pero
dotadas de inteligencia propia. Los tres cerebros son: reptiliano,
emocional y racional.
Cerebro reptiliano. Se halla ubicado en la base del encéfalo. Es el
cerebro más antiguo que nos hace actuar, sin pensar, sin sentir.
Controla los actos reflejos y las reacciones instintivas. La ciencia no
tiene dudas al explicar que, cuando alzamos el grito, la amenaza y el
puño para agredir al otro, por miedo o por odio, toma el control el
salvaje que todos llevamos dentro.
Cerebro emocional. Es el cerebro que controla nuestro mundo emocional.
La ciencia explica que todo estímulo que ingresa al organismo pasa
inicialmente por este cerebro. Dos hechos son altamente significativos
para nuestro análisis. Primero, todo aquello que es percibido por el
cerebro emocional es asumido como real. Es decir, es un cerebro que no
discrimina la realidad de la apariencia. En milésimas de segundo, el
cerebro emocional agrupa los estímulos a fin de dotarles de significado,
aunque carezca de coherencia racional. Si falta algún dato, se apela a
las experiencias pasadas y a las propias necesidades y prejuicios a fin
de completar el cuadro. Segundo, en su afán de forjar una visión
significativa de la realidad, el cerebro emocional interpreta los
estímulos de forma maniquea, dicotómica; así, todo es blanco o negro,
bueno o malo, nosotros o ellos, etc. Dicho de otro modo, es un cerebro
que no advierte matices, por ello la ciencia señala que es el centro de
las posturas radicales, dogmáticas e intolerantes.
Cerebro racional. En esta porción del encéfalo se asientan las
capacidades intelectuales superiores, básicamente el raciocinio y por
ende la conciencia. Al operar racionalmente, se logra una visión de
conjunto, realmente significativa, pero asentada en el análisis y la
reflexión. Sin duda, su funcionamiento requiere de la estimulación a
través del estudio y del cuestionamiento. Las investigaciones revelan
que la tolerancia –el respeto y la valoración de la diferencia- es uno
de los atributos de los procesos racionales, debido a que se concibe a
la realidad como un todo diverso, donde cada quien se nutre de cada
cual.
b. ¿Cómo opera el
manipulador?
Conocer cómo procesa el cerebro la información que percibe, permite
identificar, con precisión, cómo opera la práctica política manipulativa,
cuyo objetivo inequívoco es convertir a la ciudadanía en un hato de
votantes, marchistas, héroes o mártires. Tres son los procesos que
merecen nuestra atención:
Primero. Una vez que el individuo ha percibido un determinado estímulo
(spot, cuña radical, diatriba, etc.), éste viaja al cerebro por dos vías
diferentes, íntimamente interconectadas: la vía directa y la vía
indirecta. La primera, más corta y rápida, lleva el estímulo hasta el
cerebro emocional; la segunda, más larga y lenta, conduce el estímulo
hasta el cerebro racional.
Segundo. Antes que el cerebro racional pueda procesar la información
percibida, el cerebro emocional dispara una respuesta inmediata acorde
al estímulo. Tal respuesta (por ejemplo, marchar, votar, discutir, etc.)
es tosca e imprecisa, con un elevado margen de error –propia de las
posturas dogmáticas e ideologizadas-, debido a la ausencia de reflexión
cognitiva que considere la totalidad de la realidad. Queda claro que
interpretar la realidad desde una perspectiva particular, sectorial o
ideológica, representa una acción que tiene muy poco de racional. Todo
empeora si se sobre-estimula este cerebro a través de la emisión
permanente y cotidiana de mensajes fuertemente emotivos.
Tercero. La vía indirecta, es decir la acción del cerebro racional,
puede frenar la acción irracional del cerebro emocional, a condición de
querer pensar y de contar con la información suficiente para hacerlo,
hecho que requiere cierto esfuerzo analítico y de investigación,
acciones que generalmente no realizamos por la presencia endémica de
pesadez intelectual (vulgar flojera).
De esta forma, asentada en el conocimiento de la fisiología cerebral, la
manipulación de la ciudadanía tiene por objetivo modificar el
comportamiento social a través de la sobre-estimulación del cerebro
emocional y del bloqueo del cerebro racional. Sin duda, se trata de la
más devastadora forma de conculcar la libertad de pensamiento, primer
eslabón en la entronización de regímenes autoritarios.
Para alcanzar este objetivo, la acción manipulativa echa mano de dos
recursos que operan de forma coordinada: la persuasión y la
desinformación.
1. Persuasión
Se entiende por persuasión al proceso de inducir la modificación del
comportamiento social a través de la sobre-estimulación emocional. Según
los recursos que emplea, la persuasión puede ser de dos tipos: directa o
indirecta. La persuasión directa se realiza a través de las
concentraciones sociales (multitud o muchedumbre), mientras que la
persuasión indirecta se lleva a cabo mediante la acción de los medios
masivos de comunicación. Ambas responden a procesos psicológicos
particulares.
En la persuasión directa, el proceso manipulativo se realiza a través de
la relación caudillo-masa. Lo importante de comprender es que, siguiendo
a Freud, en una multitud -en la muchedumbre-, desaparece la psicología
individual consciente, dando paso a la afectividad compartida y la vida
psíquica inconsciente. Es decir, el individuo reunido en masa presenta
una suerte de regresión en la que el cerebro emocional y los instintos
toman el control.
Elías Cañeti (Masa y Poder) explica que lo que convierte a un grupo de
individuos en una masa es su sometimiento a “una pasión compartida”, una
emoción que se contagia y acaba conduciendo hacia una acción colectiva.
Sergei Moscovici (La Era de las Multitudes), añade que la masa vive bajo
el dominio de las emociones fuertes, de los movimientos afectivos
extremos. Y esto tanto más cuanto carece de los medios de inteligencia
suficientes para reprimir sus afectos. Es decir, la muchedumbre se
articula en torno a emociones, nunca alrededor de ideas, de manera que,
en esas condiciones, la conciencia –tan pregonada- sale sobrando.
Moscovici explica algo trascendental para comprender el proceso que
ahora sufrimos: para la masa efervescente, los conductores “se hallan
investidos de una misión extraordinaria. Se les considera mesías largo
tiempo esperados, que han venido a conducir a su pueblo hacia la tierra
prometida. A pesar de las advertencias de algunas mentes lúcidas, la
masa se ve en ellos, se reconoce y se resume en ellos. Los venera y los
celebra como a superhombres, dotados de omnipotencia y de omnisciencia,
que saben servir a los hombres... dominándoles”. El caudillo transmutado
en mito (¿Le suena conocido?).
Esta suerte de “miseria psicológica de las masas” –al decir de Freud-,
no respeta condición alguna, mostrándose desnuda y cruel en todos los
estratos sociales. Es el escenario que sirve para la acción arbitraria
del caudillo, cuyo poder radica en su seguridad inicua sobre el sendero
a seguir. La masa ya no está sola a merced de la incertidumbre, la
firmeza del caudillo –incluso su fanatismo-, su visión imponente e
intolerante, arroja luz sobre su miseria y su magra visión del mundo.
Moscovici añade: “La inquebrantable confianza en sí mismo que posee el
líder, inflama la confianza sin límites de los demás, que dicen: ‘Sabe
dónde va, vamos donde él sabe’”.
Así, en su relación con el caudillo, el único lenguaje que la masa
entiende “es el que se salta a la razón, habla al corazón y embellece o
ennegrece la realidad”. Moscovici aclara: “El arte desplegado para
alcanzar tales fines atañe primero a las emociones del corazón, después
a las cuerdas de la fe, y hace un llamamiento, en fin, a las esperanzas
del deseo. Las facultades de la razón no desempeñan en todo esto más que
un papel subsidiario”. Cicerón ya lo explicaba: “No hay asunto increíble
que la elocuencia no pueda hacer que parezca probable; no hay cosa
horrible o vulgar que la elocuencia no haga que parezca bella y casi
digna de veneración”. Vista de esta manera y en manos de arteros
ilusionistas, no cabe duda -ahora más que nunca-, que “la política es la
forma racional de explotar el fondo irracional de las masas”.
Ahora bien, dentro de todo proceso manipulativo de la muchedumbre,
generalmente se describe la presencia de tres tipos de caudillos –fuera
de otros-, aunque en los hechos un mismo caudillo puede reunir
características de más de uno de estos tipos.
Megalómano. Guiado por una pobre autoestima, no escucha, sólo predica.
Su objetivo final es la gloria, la figuración, el poder, la alabanza
servil, por ello se halla rodeado de adulones falderos. Suyos son los
éxitos, los fracasos son siempre ajenos. Sus carencias afectivas las
intenta llenar con una compulsiva relación con la masa, a la que
necesita por su aplauso y su lisonja, pero a la que desprecia por
recordarle su origen infortunado. Alterna patológicamente la petulancia
con los humildes y los adversarios, con el victimismo sumiso con quienes
muestran mayor autoridad y poder.
Maquiavélico. Carente de escrúpulos, es capaz de aprovecharse de los
demás con tal de alcanzar sus objetivos. Sus dotes intelectuales le
favorecen para las conspiraciones oscuras, por eso presume en público,
mientras actúa con nocturnidad y alevosía. El fin justifica los medios,
el cambio lo justifica todo. Frío y calculador, es reacio a entablar
relaciones afectivas. Vive a la sombra, en función de alcanzar “su
misión”. Todo adversario es un escollo cuya osadía debe ser pagada con
la derrota total.
Sociópata. Es la persona con un serio trastorno de personalidad
antisocial. Aunque no se crea, abundan en la fauna política. Carecen de
toda noción sobre el respeto a las normas de convivencia y a los
derechos de los demás. La ley, por ejemplo, sirve en cuanto beneficia a
sus aspiraciones personales, de manera que la acomoda a su antojo,
amparando sus atrocidades en el aplauso “legítimo” del vulgo amaestrado.
Sólo importan sus propios fines, considerados los únicos valiosos para
todos; las demás personas son recursos que se usan y se desechan según
convenga. Frío hasta el extremo, es sumamente hábil para percibir los
estados emocionales y usarlos en su beneficio. Su desprecio por el otro
llega al extremo de considerar la vida como un recurso prescindible si
ayuda a alcanzar “el objetivo”.
Con relación a la persuasión indirecta, ésta actúa a través de los
medios masivos de comunicación, principalmente de la televisión y de la
radio. Su amplia capacidad persuasiva se asienta en que las imágenes y
los sonidos actúan directamente y con mayor intensidad sobre el cerebro
emocional. No importa el nivel de formación del auditorio, frente al
televisor o junto a la radio, el nivel de raciocinio desciende debido a
que el cerebro emocional se halla estimulado. ¿Doctor? ¿Maestro?
¿Catedrático o Albañil? No interesa, todos los cerebros son iguales,
todos ceden ante la presión de las emociones. De ahí que no sorprenda
que personas con un elevado nivel de formación académica, ostenten una
inquietante tendencia a la intolerancia, al dogmatismo..., en fin, a la
estupidez.
Descrito este escenario, nadie en su sano juicio, ni siquiera alguno de
sus más racionales seguidores (¿?), puede negar que el actual régimen se
vinculada con la ciudadanía a través de dos únicos recursos: 1. La
manipulación de la embobada muchedumbre -el caudillo predica con
fruición y de forma permanente en diferentes poblados del país, incluso
en el exterior (¿cuándo gobierna?)-; 2. Miles de spots televisivos y
cuñas radiales, además de afiches, vallas y un sinfín de baratijas tan
atractivas como letales.
Esta constatación, empírica y libre de duda, nos empuja inevitablemente
a concluir que la forma actual de detentar el poder es la persuasión
descarnada de la ciudadanía, sobre todo de aquella que siempre escucha,
siempre marcha, siempre se empobrece y siempre termina poniendo los
muertos. Dicho de otro modo: apelar a la persuasión es confesar, sin
tapujos, un enfermizo deseo de manipular y de envilecer al individuo.
Así, resulta un exceso de grosería, otra mentira impía, señalar que se
es la expresión genuina de la “conciencia del pueblo boliviano”, cuando
saben que si hiciesen una pausa en el festival emocional, el ciudadano
podría despertar, mejor aún, podría pensar su realidad, hecho que,
además de ser una novedad, traería imprevisibles consecuencias.
Ahora bien, para hacer realidad su objetivo (modificar el comportamiento
social a través de la manipulación emocional), la persuasión –directa e
indirecta- echa mano de un sinnúmero de herramientas, denominadas
indistintamente líneas de persuasión, técnicas persuasivas o gatillos
emocionales, cuyo objetivo es sobre-estimular una o varias emociones a
fin de provocar acciones intempestivas, irracionales, sin que medie
reflexión racional alguna. Hagamos una descripción sucinta y esencial de
este proceso:
Primero. Todo comienza con el sondeo de opinión. Mediante encuestas, los
manipuladores recogen la percepción de la ciudadanía sobre la realidad.
¿Qué le gusta? ¿Con qué sueña? ¿Qué espera de sus líderes? ¿Qué opina
sobre el oficialismo, sobre la oposición?, etc. No importa cuán
racionales sean esas percepciones, recuérdese que, en general, nuestro
nivel de formación sobre los asuntos públicos es bastante famélico (en
muchos casos, los bodrios que nos arrojan los políticos tienen una
calidad mayor que nuestras anémicas aspiraciones). Lo realmente
importante es preparar un discurso acorde a lo que el ciudadano quiere
escuchar. Es decir, la prioridad no es esbozar un programa que responda
a las necesidades del país, sino a las percepciones subjetivas,
emocionales, de la población. Este hecho demuestra porqué los partidos,
y sobre todo los gobernantes, se empeñan en regar promesas, consignas,
bagatelas, lejos de toda formulación de políticas de Estado, reales y
efectivas, de largo aliento. Es decir, priorizan ser “populares” antes
que estar en lo cierto, y no olvidemos que, la mayor parte del tiempo,
ambas cosas no son compatibles. De ahí la necesidad de educar a la
ciudadanía para que priorice el bien nacional ante que sus indigentes
anhelos.
Segundo. Una vez definido el mensaje que la gente quiere escuchar –no lo
que realmente se piensa hacer o lo que el país requiere que se haga-, se
lo empaqueta en consignas simples y digeribles, acorde al entendimiento
del gentío. El adalid de los manipuladores explica: “La capacidad de
asimilación de la gran masa es sumamente limitada y no menos pequeña su
facultad de comprensión. Teniendo en cuenta estos antecedentes, toda
propaganda eficaz debe concretarse sólo a muy pocos puntos y saberlos
explotar como apotegmas hasta que el último hijo del pueblo pueda
formarse una idea de aquello que se persigue” (Hitler).
Tercero. Para tener un efecto letal, el mensaje simplificado debe ser
diseñado con el objetivo de herir una o a un conjunto de emociones, para
ello debe ser altamente emotivo. Así, se estimula el odio para
cohesionar a la masa contra el “otro” (“Se oponen al cambio porque están
con el imperio y el neoliberalismo...”); la alegría para unir a la masa
en torno a “nosotros” (“Unidos somos MAS”); la tristeza para encender la
indignación contra el “otro” (“¿Acaso olvidaste la Masacre de
Porvenir?”) o la solidaridad entre “nosotros” (“Los muertos de Octubre
merecen justicia”); el miedo para apartarnos del “otro” (“La única
posibilidad para que haya paz política es que el MAS gane las
elecciones”; “El que vote cruzado recibirá un castigo histórico”), etc.
Cuarto. El mensaje, simple y altamente emotivo, debe asentarse en un
sustrato preexistente, generalmente un prejuicio socialmente compartido,
un hecho histórico desfigurado o simplemente rencores y odios
subterráneos (los 500 años, el neoliberalismo, el indigenismo, la
nacionalización, las autonomías, el racismo, el imperialismo, etc.), a
fin de apoyarse en lo más importante para la masa: el pasado. Este hecho
reviste importancia trascendental, debido a que el pasado es lo único
real y efectivo que tiene la masa y el individuo ajeno al empleo del
raciocinio. De esta forma, todo nuevo estímulo es inconscientemente
contrastado con los recuerdos, siempre cargados de emotividad y de
información desfigurada. No interesa si el sustrato es cierto o no, lo
que vale es el impacto sobre el mundo emocional: retrotrae el pasado y
lo hace real. Por ejemplo, el caudillo se muestra como la encarnación de
la profecía del martirizado líder indígena del siglo XVIII Tupac Katari:
“Volveré y seré millones”. Otro recurso malévolo es señalar, con
iletrada firmeza, que toda visión opositora es expresión, abierta o
encubierta, del neoliberalismo que vendió el país y que provocó la
miseria que ahora todos sufrimos. Sin duda, tal afirmación no resiste un
análisis sensato, pero quién analiza cuando se escucha maravillado las
buenas nuevas que siempre se han querido escuchar.
Quinto. En el siguiente paso, y a fin de despertar el maniqueísmo
emocional, se inventa un “enemigo” -siempre individualizado porque la
masa carece de habilidades de abstracción-, chivo expiatorio a quien se
le arrogan todas las culpas y todas las iniquidades presentes, pasadas y
futuras; es el obstáculo que se debe superar para alcanzar la gloria, el
cambio, la revolución, en fin, lo que sea; si se desea mantener latente
la excitación social, cada tanto se pone la mirada sobre un nuevo
“enemigo”. De ahí la masa, enceguecida y fogosa, marchando aquí,
bloqueando allá, siempre persiguiendo fantasmas, llevando en la frente
el amor y la fe por “nosotros” y el temor y el odio por los “otros”.
Poco importa que el “enemigo” sea real o inventando -generalmente es
inventado-, lo realmente importante es que sirve de anzuelo para
cohesionar a la masa en torno al caudillo. Ahí están el embajador
norteamericano, el “presidente del imperio”, los magistrados de la Corte
Suprema de Justicia, los miembros del Tribunal Constitucional, los
líderes opositores -regionales o políticos-, empresarios emblemáticos,
el presidente del Perú, el presidente colombiano, el Cardenal, etc., en
fin, siempre un enemigo por el cual movilizarse, masificarse y dejar de
pensar.
Sin embargo, cuando se alcanza el poder y los enemigos han sido
derrotados (asistimos a un ofensiva total, sólo quedan algunos pocos
opositores de talla nacional –ya bajo fuego- y otros caudillos
lugareños, además de líderes de opinión a quienes les espera su turno),
inevitablemente se apela a la búsqueda de enemigos internos para
mantener a la muchedumbre excitada, único sustento del régimen. De ahí
que no sea extraño que conozcamos, hacia adelante, agrias pugnas
internas entre facciones tribales y sórdidas purgas de infieles.
Sexto. Finalmente, el discurso es cuidadosamente orquestado, es decir,
repetido infinidad de veces a través de diferentes medios, formatos y
fuentes a fin de evitar su desgaste. Por esta razón, a cada paso, los
sofismas del caudillo aparecen replicados en una interminable cacofonía
de spots, cuñas radiales, vallas, posters, etc., además de fervorosas
declaraciones de devotos meticulosamente elegidos. La premisa es clara y
Joseph Paul Goebbels la sabía (otro adalid): “Una mentira repetida mil
veces se convierte en una verdad”. Lamentablemente, la ciencia explica
que tal afirmación es cierta, debido a que al cerebro emocional,
sobre-estimulado, no discrimina la realidad de la mentira, de manera que
la repetición termina por convertir al mensaje en una creencia aceptada
por todos. Ese el truco del mentiroso. Y si la mentira es exagerada,
ilimitadamente irracional, mejor aún, la sobre-estimulación emocional
alcanza el límite de la fantasía, escenario ideal para una masa de
miserables, hambrientos de certidumbres.
En este proceso, los comunicadores son usados como vehículos
inconscientes de las acciones manipulativas. Ignorantes de que se los
utiliza para disparar sobre las emociones ciudadanas, los periodistas
transmiten “declaraciones” directo al receptor para el cual han sido
creadas. Luego, casi de inmediato, aparecen nuevas afirmaciones,
acompañadas de spots, afiches, cuñas radiales, etc., e incluso cándidos
desmentidos o furibundas respuestas de indignados opositores, todo
favoreciendo a una efectiva orquestación. Lamentablemente, la ausencia
de contrastación y de investigación periodística, contribuye al uso de
los medios en procesos manipulativos.
Por otra parte, no podemos dejar de mencionar que existen comunicadores
que voluntariamente se prestan a la emisión de mensajes manipulativos,
seguros que se trata de verdades santificadas; sin duda, forman parte
del interminable séquito de emotivos trovadores que cantan glorias al
caudillo –al “jefazo”, al “príncipe coronado”, etc.- y a su paso
milagroso. Alguien decía, no sin razón, que es más fácil enfrentar a un
fanático armado con un fusil que a un fanático armado con un micrófono o
con un teclado.
Ahora bien, cabe preguntarse si existe un límite a la persuasión. La
psicología y la historia explican que no se puede persuadir eternamente,
pero sí a largo plazo, a condición de mantener ese malévolo proceso de
adecuar el mensaje manipulativo a los cambios en las percepciones
subjetivas de la masa (decir lo que la gente quiere escuchar), de ahí
que se gobierna “sondeando” a la opinión pública.
Sin embargo, indudablemente, todo tiene un límite: la propia realidad.
Es decir, cuando ya no existe enemigo real o inventado a quien endilgar
todas las miserias, para así encubrir la ineptitud en la gestión pública
y el sueño arcaico que se desea imponer, la muchedumbre de turbados
seguidores inevitablemente posa la mirada sobre las acciones reales del
caudillo, sobre sus logros. De no existir éstos, tal como la masa los
exige, es decir, a imagen y semejanza de las promesas recibidas, se
puede iniciar un penoso y a momentos violento proceso de divorcio. De
ahí la permanente y encarnizada caza de “enemigos”, único pilar para
mantener a la masa en desvarío perpetuo y al régimen a salvo de toda
mirada indiscreta. Sin duda, los siguientes esfuerzos que veremos para
esconder el desgobierno, serán los intentos de sepultar en la deshonra o
en la cárcel a los pocos opositores nacionales que quedan y a quienes
intenten la osadía de hacer sombra a los siervos del caudillo que
terciarán en las próximas elecciones prefecturales y municipales.
2. Desinformación
Si persuadir implica inducir a la acción a través de la
sobre-estimulación emocional, desinformar es el proceso por el cual se
emite información tergiversada a fin de evitar que se conozca la verdad.
La idea es cambiar los hechos a objeto de modificar el comportamiento
social en un determinado sentido.
Se trata de un proceso complejo y delicado, dejado en manos de
personajes altamente especializados, sin duda, carentes de escrúpulos.
El objetivo es evitar que los ciudadanos conozcamos la verdad. Aunque no
se crea, existen técnicas altamente sofisticadas, todas efectivas y
mortíferas, para minar nuestra ya limitada capacidad de razonamiento.
Veamos las más importantes:
Goteo. En esta técnica se emite información sobre un hecho determinado
de forma dosificada, lenta, a gotas. El objetivo es que el tema, aunque
se trate de un escándalo mayúsculo, sea presentado en pequeñas dosis.
Con el paso de los días, el hecho deja de ser novedoso hasta que se
desprende del interés ciudadano. Recuérdense las declaraciones
oficiales, lánguidas y frecuentes, sobre el abatimiento del grupo de
supuestos “terroristas-separatistas” ocurrido en el hotel Las Américas
de la ciudad de Santa Cruz de la Sierra. Un día se presentan fotos, otro
declaraciones, otro indicios, otro más nuevos hallazgos, en fin, una
garúa permanente. Al final, luego de meses de llovizna informativa –casi
un año-, los ciudadanos no sabemos qué fue lo que realmente pasó en
aquel caso y, lentamente, cada vez son menos los interesados en saber la
verdad. Incluso, luego de tanto goteo, ya no llama la atención, por
ejemplo, el estudio hecho en Hungría sobre uno de los victimados,
documento que revela que habría sido ejecutado con un disparo mientras
estaba maniatado.
Maremoto. La idea es lanzar tanta cantidad de información que no exista
capacidad alguna para procesar todos los datos, menos si se trata de
mensajes altamente persuasivos. Por ejemplo, a horas de ocurrido el
enfrentamiento en Porvenir (departamento de Pando), donde murieron
oficialistas y opositores, se lanzaron declaraciones, spots, cuñas
radiales, afiches, etc., evitándose además el arribo de prensa
independiente. Un verdadero bombardeo informativo-emocional con una
visión totalmente parcializada de la realidad. El resultado: una
ciudadanía estupefacta, con el ceño fruncido y la indignación a flor de
piel contra quienes “masacraron a los desarmados y pacíficos
campesinos”. Sin que existan indicios, pruebas o acusaciones formales,
menos investigación alguna, el prefecto de Pando –además de otros
opositores- fue juzgado y sentenciado en ardientes discursos,
orquestados por libelos de todo tipo: panfletos, afiches, spots, etc.,
además de indignadas marchas encabezadas por oscuros personajes, siempre
amenazantes, con el odio y la incultura en la frente. En realidad, fue
algo así como cortarle la cabeza y presentarla al aplauso de los
aldeanos.
El tsunami informativo no sólo evitó conocer qué realmente ocurrió aquel
11 de septiembre de 2008, sino que lanzó una columna de humo sobre los
hechos que ocurrieron antes de aquel día, clave para entender aquella
trágica jornada. Por ejemplo: ¿Por qué los campesinos que se dirigían
armados hacia Porvenir usaban brazaletes y manillas de diferentes
colores? ¿Quién o quiénes se los pusieron y para qué? ¿Hubo la intención
de provocar un choque entre oficialistas y opositores a fin de usar a
los muertos como coartada para ocupar militarmente Pando? Como se ve,
recibir mucha información no necesariamente es sinónimo de estar bien
informado; en manos de manipuladores, generalmente significa todo lo
contrario.
Supresión. La supresión implica emitir información incompleta,
recortada. Sin duda, el o los hechos recortados son aquellos que no se
desea que la ciudadanía conozca. El recorte puede ser realizado de
diferentes formas. Se puede recortar el grueso de los datos, por
ejemplo: ¿Quiénes y cómo asesinaron a Christian Urresti, joven
cochabambino masacrado (literal) por la muchedumbre bárbara, abominable
crimen que hasta el día de hoy no conoce proceso alguno, abandonado a la
más abyecta impunidad? El otro recurso es recortar datos cruciales, por
ejemplo: con relación al escalofriante operativo en el hotel Las
Américas que concluyó en el abatimiento de tres personas que
supuestamente eran “terroristas-separatistas”, cabe preguntarse: ¿Por
qué los abatieron si existen pruebas que demuestran que los servicios de
inteligencia los había infiltrado y los tenían enteramente vigilados?
Recordemos que los “terroristas-separatistas” –para cualquiera, un grupo
de matones cuyas sórdidas fechorías los obligarían a vivir a la sombra-
sorprendentemente estaban alojados en un hotel de cuatro estrellas,
donde se hospedaban nada menos que los pilotos del propio caudillo,
además de militares venezolanos; y donde se la pasaban despreocupados y
retozones, en ropa interior, fotografiándose con las armas en la mano y
con los billetes que costeaban sus malandanzas; por si fuera poco, en
una habitación adjunta moraba un prominente funcionario de inteligencia.
¿Qué ocurrió realmente? ¿Por qué el informe oficial señala que aquellos
tres personajes fueron muertos en un cruce de balas, mientras que una
autopsia de peritos europeos afirma que por lo menos uno fue ejecutado
con un disparo mientras estaba enmanillado y con los brazos en alto?
Adición. Adicionar implica aumentar datos inexistentes a un hecho
concreto. Es uno de los recursos favoritos de los regímenes
autoritarios. Por ejemplo, casi todos los opositores y los miembros de
los otros poderes del Estado, han sido, son juzgados o se los amenaza
con juzgarlos, sin paliativos, por una infinidad de delitos, casi todos
inventados o tergiversados, pero jamás probados. Además de servir para
desmontar la institucionalidad democrática y abrir el camino al poder
total, vale para cohesionar a la masa -incapaz de distinguir una acción
judicial con apego a derecho, de una soberana y arbitraria estupidez-, y
para sumir al adversario en la más abyecta ignominia (muerte civil). De
esta forma, los “acusados” son presentados como la encarnación de los
“neoliberales”, de los “pichones de la dictadura”, de los “oligarcas
separatistas”, etc. que han causado “hambre y sufrimiento durante 500
años al pueblo boliviano” (¿?). Así se tomó preso al prefecto del
departamento de Pando y a varios de sus seguidores, así se descabezó al
Tribunal Constitucional, a la Corte Suprema de Justicia, se acosa con
esmero a los opositores, a empresarios, se ataca a los “jerarcas” de la
Iglesia Católica, etc. Sin duda, así se embestirá a los futuros
adversarios en las justas electorales de abril. Es la judicialización de
la política, la criminalización del adversario llevada a su máximo grado
de perversión. Al final, se trata de linchamientos mediáticos, llevados
a cabo ante el aplauso y la sed de desquite de la muchedumbre boba,
agradecida por el circo perpetuo.
Exageración. La idea es presentar un dato sobredimensionado, fuera de
toda lógica. Por ejemplo, el gobierno aseguró el año 2008 fue víctima de
un intento de golpe de Estado cívico-prefectural. Rápidamente, y debido
como siempre al victimismo del incomprendido y acosado caudillo, la
comunidad internacional, por ignorancia o por interés, expresó su
rechazo a tan detestable afrenta, incluso se habló del peligro que
corría la vida del propio caudillo –libreto al que apelan, sin
excepciones, todas las aberraciones populistas-. La beligerancia de los
opositores pareció comprobar tal denuncia. Sin embargo, a nadie se le
ocurrió preguntar si los debilitados opositores regionales, carentes de
organización política alguna, y sus hordas de enceguecidos seguidores,
la mayor parte jóvenes con la piedra en la mano y la cabeza vacía
–¡ahora masistas ardientes!- tenían la capacidad de fuego como para
derrotar a las leales Fuerzas Armas y a la incondicional Policía
Nacional, para luego hacerse del poder político. En realidad, nunca hubo
–y no hay- posibilidad alguna de materializar un golpe de Estado civil
contra el actual régimen.
Falsificación. La idea es falsear o corromper la información. No podemos
dejar de recordar el spot gubernamental que mostraba imágenes de los
hechos de Porvenir con el audio adulterado. Hasta el día de hoy, los
creativos que manosearon ese spot gozan de libertad incondicional. Otro
hecho significativo y fundamental para evitar que la ciudadanía conozca
los desaciertos del desgobierno, es el cálculo del PIB o de la
inflación, entre otros indicadores, en base a parámetros reinventados,
incluso esotéricos, de manera que siempre aparecemos creciendo y
progresando, aunque organismos técnicos especializados, nacionales o
extranjeros, digan lo contrario. Por ejemplo, recuérdese que el INE
asegura que el desempleo llega al 5.18%, mientras que otros organismos,
de irreprochable reputación, informan que el porcentaje ascendería al
11%, incluso al 18%. Lo propio podría decirse de la pérdida hace tiempo
anunciada del ATPDEA, hecho presentado ahora como un sorpresivo y artero
“garrotazo del imperio” (como siempre, el “enemigo” para justificar los
propios yerros).
Inoculación. Ésta es una técnica destinada a minimizar el ataque de los
adversarios. Por ejemplo, cuando se hacía evidente la existencia de
serios indicios de que el gobierno habría fraguado una sutil y depurada
trampa electoral a partir de la distribución gratuita de cédulas de
identidad –nada menos que en casas de campaña del partido oficial y sin
que exista el respaldo del certificado de nacimiento-, voceros del Poder
Ejecutivo, incluso los propios mandatarios, salieron a la palestra para
denunciar que, seguramente, la “derecha neoliberal” los acusaría de
haber organizado un masivo y descarado fraude. Cuando la denuncia
opositora salió a la luz con pruebas en la mano, el impacto fue
favorable para el gobierno, porque terminó por confirmar, entre sus
huestes, las premoniciones indignadas del caudillo.
Espacios políticos. Es una técnica que por ingenua funciona muy bien. La
idea es ubicarse uno mismo y ubicar al adversario en espacios políticos
definidos a discreción, aunque no guarden lógica alguna. Por ejemplo,
todo aquel que esté con el caudillo está por definición con el cambio,
es antiimperialista y lucha junto a todos los pueblos del mundo por
alcanzar la añorada liberación, por tanto está a la izquierda. Por otra
parte, todo aquel que se opone al gobierno está contra el cambio, es
neoliberal y pro-imperialista y defiende al salvaje capitalismo, es
decir, está a la derecha. En realidad, si analizamos las erráticas ideas
del régimen y sobre todo su práctica política, descubriremos que se
trata de un proyecto que camina a paso veloz a la formación de una
pesadilla autoritaria, de aliento reaccionario. André Malraux meditaba
sobre este juego con los espacios políticos: “Curiosa época ésta, dirán
de nosotros los historiadores del futuro, ya que en ella la izquierda no
era la izquierda, la derecha no era la derecha, y el centro no estaba en
el medio”.
Rebautizar. Es el recurso predilecto de todo impostor. La idea es
aparentar que se cambian las cosas en un sentido, cuando en realidad el
cambio tiene un sentido distinto. Por ejemplo, a la compra de acciones
de las empresas anteriormente capitalizadas ahora se llama
nacionalización -eso sí, mostrada como si se tratase de toda una
expropiación, con intervención militar incluida-, cuando en realidad se
trata de simples, silvestres y liberales intercambios comerciales; a la
destrucción de la institucionalidad democrática, se llama
descolonización y destrucción de las “instituciones neoliberales”; a un
mamotreto jurídico, plagado de artículos contradictorios y
antidemocráticos, se llama Constitución Política del Estado
descolonizadora (¡qué ironía!); a un Congreso Nacional con presencia
campesina mayoritaria (pese a que representa alrededor del 30% de la
población), se denomina Asamblea Legislativa Plurinacional (barbarismo
convenientemente fabricado para saciar, en apariencia, la sed de
inclusión de aquellos a los que siempre se nombra y que siempre terminan
más pobres y con más muertos); conciencia es ahora la expresión de
sumisión emocional al caudillo, expresada en marchas, cercos, y
enfrentamientos erráticos, etc., no ya el resultado del estudio y la
reflexión (queda claro que la conciencia es un producto de la superación
cognitiva, no de las ampollas vagabundas, ni de las soporíferas
congregaciones pedestres, menos de las acciones atroces); el
nacionalismo populista de orientación indígena, ahora se llama
socialismo del siglo XXI, concepto que adquiere significados totalmente
diferentes según los desvaríos del caudillo que lo enarbole; Chávez,
Morales, Correa, Ortega y otros muestran definiciones disímiles,
diferencias zurcidas gracias a la ceguera provocada en la muchedumbre
que digiere todo lo que se le lanza. Alguien lo dijo: “Basta con
levantar el odio ciego hacia el imperialismo, para que la masa turbada
salga en romería penitente, aunque quien alza la voz sea uno de sus
tantos socios comerciales”. Al final, debajo del paraguas del socialismo
del siglo XXI, pueden arroparse las más dispares y pavorosas criaturas.
Diálogo. La base de la convivencia democrática, el intercambio
constructivo de verdades contrapuestas, se convierte en espectáculo
banal destinado al consumo masivo. La idea es fingir que se dialoga con
el opositor, cuando en realidad sólo se lo usa para luego injuriarlo.
Por ejemplo, sobre diferentes temas y en diferentes momentos, los
opositores fueron invitados a Palacio de Gobierno, en teoría, para
consensuar posturas. En todos los casos, la estéril presencia opositora,
sin resultados tangibles, fue presentada, en declaraciones, fotografías
y spots, como una victoria gubernamental frente a los tercos rivales. En
ningún caso hubo voluntad real para dialogar, envileciéndose de esta
forma uno de los principios más emblemáticos de la democracia. En manos
del manipulador, el diálogo deviene en emboscada.
Si desinformar equivale a evitar que la ciudadanía conozca la verdad,
¿por qué un gobierno que anuncia el cambio, el arribo de un mundo justo
y para todos, apela a este recurso indigno y perverso? Hay quien afirma,
no sin aséptico desprecio por la ciudadanía, que se trata de un recurso
inevitable para evitar que la ciudadanía se contamine con la prédica
“neoliberal”. Sin embargo, la razón parece ser mucho más prosaica y
sórdida: mísero afán de poder. Hubo alguien que fue más lejos: “Cuando
al pueblo le tapan los ojos, es porque quieren registrarle los
bolsillos, ni más, ni menos. El resto es sólo coartada”.
EPÍLOGO
La victoria del MAS confirma el grado de desvarío ciudadano al que hemos
llegado, el espeluznante nivel de ignorancia que ostentamos, ahora con
triunfalista descaro. De espaldas a toda conciencia, la mayoría de los
bolivianos, en una masiva demostración de imprudente estupidez, ha
optado por un grotesco y folklórico retorno al pasado, al populismo que
desangró nuestras aspiraciones de desarrollo y al nacionalismo que nos
empujó a vivir mirándonos el empobrecido ombligo; fundamentalismo
extravagante que fomenta una democracia aparente, manejada por
feligreses intolerantes e incompetentes y donde florece, sin pausas, la
más crasa corrupción.
Está claro que seguir a las mayorías, las más de las veces, es la mejor
receta para dar un paso hacia la barbarie, pues no existe formación
alguna que respalde las decisiones del vulgo descarriado, menos en
tiempos aberrantes en que los políticos asientan su poder en la
estimulación de la estupidez antes que en la promoción de la conciencia.
Por otra parte, la derrota de la oposición confirma que, a su modo, los
perdedores expresan el mismo fenómeno: la agonía del pasado, caudillos
propietarios algunos, deseos de moldear el país según “su” visión, “sus”
intereses y “su” dinero; otros, aspirantes a autócratas de bolsillo,
pequeños príncipes de comarca, deseosos de un lugar en la mesa del
poder. Ninguno con un proyecto político serio que permita superar el
oprobio de vivir en la miseria y ahora en las tinieblas. Unos y otros
sin más promesa que su rostro en el afiche. En fin, populismo incivil.
En los meses electorales que asoman, observaremos azorados la
profundización de esta agonía, pues la ausencia de programas
alternativos al oscurantismo dará vida a un enjambre de nuevos
salvadores, a favor y en contra de lo que sea, todos con la promesa a
flor de labios y el apetito despuntando en la sonrisa maquillada. En
todo caso, la manipulación será la misma, el ciudadano haciendo siempre
el papel de borrego cebado, listo para votar, marchar, matar o morir.
Asimismo, si bien se avanza para acabar con los últimos “enemigos del
cambio” –políticos, empresariales y locales-, tal medida, si logra
cumplirse, podría inaugurar un inevitable proceso de debilitamiento del
apoyo popular, debido a que la excitación de la muchedumbre se asienta
en la maniquea polarización, traducida en la búsqueda frenética del
ominoso enemigo. Por esta razón, y ante la ausencia de enemigos externos
y la necesidad de mantener a la masa lejos de la realidad, al
oscurantismo se obligará a buscar e inventar conspiradores internos. De
esta forma, es posible prever que el oprobio comenzará a ser devorado
desde adentro, lenta e inevitablemente, por ambiciones tenebrosas y
luchas lóbregas, cuyo destino inevitable podría ser una implosión de
consecuencia insospechadas. No es nuevo, tarda un poco, pero los
regímenes arbitrarios terminan siempre a merced de sus propias
perversidades. Además, la historia enseña que, luego que las pugnas
intestinas paralizan el afán manipulador, la masa manoseada reacciona
con ímpetu, acaso con violencia –siempre irracional-, contra quienes
prometieron el cielo y no lo supieron alcanzar. Así, se hace urgente
forjar alternativas democráticas –¡no candidaturas!-, a fin de evitar
que, cuando la masa despierte de esta pesadilla, se lance a los brazos
de nuevos ilusionistas de feria.
No cabe duda que la situación actual puede provocarnos espanto, incluso
náusea. Sin embargo, es bueno recordar que el antídoto contra esta
degradación es volver a los principios y organizarnos en torno a ellos:
pluralismo, tolerancia, paz... No perdamos de vista que en las
sociedades asoladas por la ignominia, la libertad encuentra un camino
para subsistir y éste siempre tiene como faro la educación y la
organización democrática. No olvidemos que, cuando se piensa, terminan
los soliloquios, se hacen patentes las aspiraciones indigentes del
manipulador, se mira el presente y el futuro con entusiasmo y, sobre
todo, nos dejamos de entrematar en aras de la más despreciable
estupidez.
La clave para enfrentar esta pesadilla de temporada, es fomentar la
educación y organización política de la ciudadanía, básicamente desde
las regiones (en cada circunscripción), pero con sentido nacional.
Programas, organizaciones partidarias y líderes, en ese orden. De otra
forma, se reproducirá el mal endémico de apostar nuestro futuro a los
devaneos de autócratas, bárbaros o ilustrados, siempre con el ego en la
mirada, la moral tuerta y la promesa de mejores días que sólo llegan
para ellos. No nos engañemos, la respuesta no está en ningún benefactor,
menos en un coro de iluminados, agrupados de mala gana en algún frente
electoral de ambiciones alternantes, sino en estructuras partidarias
principistas –de derecha, centro y de izquierda-, de existencia
permanente, que den vida a militantes conscientes –ya no peones
erráticos- y a una democracia sólida y sostenible.
El pilar no puede ser otro que proyectos políticos de largo aliento,
adecuados a los tiempos actuales –mundo global, conocimiento y
tecnología, democracia y mercado, partidos políticos, Estado vigilante,
pluralidad e inclusión, autonomías, etc.-, lejos de los estertores
populistas, de visión miope, arrogancia sibilina y democracia ficticia.
Por ello, la tarea es a largo plazo.
Así, están demás la indiferencia y la pereza, pues no sólo que
demuestran ignorancia sobre nuestra corresponsabilidad, sino que
favorecen a los atropellos de los robustos retoños de la autocracia, que
avanzan decididos, arrogantes y aberrantes, por América Latina. Martin
Luther King lo decía mejor: “Nada en el mundo es más peligroso que la
ignorancia sincera y la estupidez concienzuda”.
Está claro que vivimos una pesadilla inevitable, incluso necesaria, cuya
expiración nos permitirá mirarnos sin complejos y sin odios pre-fabricados,
sin el atropello de los discursos de artificio. Sí, es necesario pasar
por el mar muerto para llegar a la tierra prometida; no a ningún paraíso
–no nos confundamos-, a la realidad, contradictoria y desafiante, a la
que deberemos labrar desde diferentes perspectivas y visiones
-¡democracia!-, lejos de toda imposición oscura, porque dejaremos de ser
un rebaño de cómplices de la estupidez alucinada, para pasar a ser, de
una vez, una República de Ciudadanos.
EN MEMORIA DE CHRISTIAN URRESTI,
MASACRADO EN LA CIUDAD DE COCHABAMBA
POR LA BARBARIE SUELTA POR LAS CALLES
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