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LOS TIEMPOS (9 DE DICIEMBRE DE 2004)
Se empieza a dibujar el nuevo mapa
de Bolivia
Por:JOSÉ BRECHNER
Las elecciones municipales bolivianas recién efectuadas son el indicador
de las presidenciales el 2007 y son el preámbulo de la Asamblea
Constituyente que se realizará el próximo año. Considerando los
resultados, ganaron los políticos sobre las apolíticas agrupaciones
ciudadanas y el país ha terminado por demostrar de qué lado del espectro
se encuentra, el cual, es similar a su geografía.
El oriente boliviano está con la derecha, occidente con la izquierda y
Cochabamba que es el centro se encuentra en una posición indefinida, ya
que si bien ganó la derecha, la izquierda de Evo Morales, le pisa los
talones.
Las diferencias de opinión política son semejantes a la diversidad étnica
y de costumbres que caracterizan a Bolivia. El abismo cultural entre
oriente y occidente es gigantesco pero fácil de categorizar. Los
orientales son mestizos, emprendedores, les gusta generar riqueza, se
identifican con el resto de Latinoamérica y el mundo, aman la civilización
occidental, quieren avanzar hacia la prosperidad y el desarrollo que
ofrece el capitalismo. Por lo general son más civilizados, amplios de
mente, moderados y tolerantes que el resto de los bolivianos.
Los aymaras y quechuas que predominan en occidente están en medio de una
mezcolanza amorfa del lado del estatismo, del encierro, del aislamiento,
del nacionalismo, del populismo, del neocomunismo y la xenofobia. En otras
palabras, están en el extremo incongruente. Quieren más de la misma
pobreza, miseria y atraso que se vivió durante 30 años hasta llegar a la
privatización a medias, que se realizó durante los últimos gobiernos de
Paz Estensoro y Sánchez de Lozada y que el presidente actual quiere
revertir, con posibles terroríficas consecuencias internacionales, ya que
está tirando a la basura convenios firmados por el Estado, que deben ser
cumplidos hasta su término legal, de acuerdo a las normas de seriedad y
honorabilidad que deben primar en los negocios.
Como la decisión tomada por el Congreso Nacional, en apoyo al Ejecutivo,
de estatizar nuevamente los hidrocarburos y revisar los contratos firmados
con las empresas petroleras parece ser un hecho definitivo, la situación
internacional se torna frágil y peligrosa, ya que el principal
inversionista en Bolivia es Brasil con 43% de la economía nacional en sus
manos y el otro inversor cercano es Argentina. Ambos países limítrofes con
extensas fronteras con Bolivia, que no van a permitir de buena gana que
les cambien los precios o condiciones convenidos. Sumamos a esto la
volátil situación mundial en la que los tercermundistas se sienten
identificados con los terroristas y dictadores de moda que sustentan todo
lo que sea anti-occidental, aportando grandes sumas de dinero y
asesoramiento político para su penetración en esta estratégica y frágil
parte del planeta; el futuro se torna ciertamente incierto, porque si en
algo sobresale Bolivia es en ser el país más revoltoso del mundo, con más
manifestaciones, paros, golpes y revoluciones que ningún otro. .
Con este precedente y considerando que Bolivia en algún momento de su
historia ha entrado en guerra con cada uno de sus vecinos, perdiendo en
todos los frentes más de un millón de kilómetros cuadrados --el tamaño de
Francia y España juntas--, se están dando las bases para la secesión o
para la invasión del país. No es de descartar una intervención
internacional que ponga orden en la región para preservar los intereses
multinacionales y la paz continental.
La otra alternativa, mucho más civilizada y coherente, que puede ser
manejada en forma democrática, es dividir al país en dos, uniendo a los
departamentos del oriente en una sola república independiente que se
encargue de manejar sus propios recursos, negocios e intereses y dejar que
occidente decida igualmente por sí mismo cual es el camino que prefiere.
Así, en forma natural cada uno puede vivir a su manera, con sus ideas y
nadie tiene que sufrir en el antagonismo y conflicto permanente.
Europa toda, ha reconstruido su mapa varias veces. Puede que sea el turno
de Sudamérica. Es preferible crear dos o quizás tres países más pequeños y
fáciles de gobernar con gente que se entiende entre sí, que piensa, habla,
come, se viste y conserva principios y valores comunes; que vivir
indefinidamente en un contraste cultural que se diferencia en cientos o
miles de años entre un grupo humano y otro con diferencias de pensamiento
y costumbres abismales e imposibles de entrelazar.
El analfabetismo y la ignorancia generalizados siguen siendo la causa de
todos los males y no se puede pedir que el 5% de la población eduque al
95% restante. El problema es que ese 95% es el que decide el camino a
seguir de todos los bolivianos. Desde el punto de vista democrático es
justo, legal, correcto y meritorio. Pero desde el punto de vista racional
no. Para votar y decidir el rumbo a seguir hay que tener criterio y
sentido común. Y no puede existir criterio atinado en un analfabeto o en
individuos que apenas saben leer y escribir.
Los campesinos bolivianos, igual que la mayoría de los denominados pueblos
originarios, prefieren lo malo conocido a lo bueno por conocer. Están
arraigados a costumbres y formas de vida milenarios y con limitadas
excepciones no hay deseo de evolución. Ante un panorama tan sombrío es
mejor una secesión pacífica que una guerra civil o una invasión
extranjera. Hay todavía en Bolivia políticos que creen en la dictadura
militar nacionalista y otros en la salvación comunista. Puede parecer un
escenario irreal, pero no nos olvidemos que Sudamérica y hoy casi el mundo
todo forma parte del surrealismo existencial. Nadie creyó que Chávez iba a
llegar al poder, menos aún que iba a ser ratificado en el referéndum.
Nadie creyó que Castro se iba a quedar de por vida en el mando. Nadie
creía que Hitler podía llegar a algo más que a pintor de paredes. Nadie
creyó que se podía destruir el World Trade Center. Nadie creyó que el
comunismo caería sin violencia. Nadie creyó que China iba a optar por el
capitalismo. Nadie cree nada, hasta que sucede. Por eso están los
analistas políticos, porque ven con anticipación lo que los demás no creen
que pueda suceder y, por lo general, se adelantan varios años a los
acontecimientos.
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