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Balkan-Bolivia
Por Román D.Ortiz. Analista político*
Si hubiese que culpar a un único factor de la violencia que ha marcado a
Europa durante el último siglo, sin duda, todos los dedos señalarían
hacia el nacionalismo étnico. La movilización política en función de la
defensa de los supuestos derechos de un grupo racial a apropiarse de un
territorio, imponer una cultura o monopolizar un gobierno ha servido de
base para impulsar algunos de los proyectos ideológicos más letales de
la historia reciente. El nacionalismo étnico fue el motor detrás del
genocidio armenio cometido por los turcos durante la Primera Guerra
Mundial. Desde luego, fueron este mismo tipo de ideas las que alentaron
y justificaron el holocausto nazi. Y también fue el irredentismo racial
el argumento de Slóbodan Milósevic para poner en marcha su proyecto de
limpieza étnica en los territorios de la antigua Yugoslavia. Visto desde
esta perspectiva, parece claro que la ausencia de proyectos
etnonacionalistas fue una fortuna para América Latina, que en buena
medida explica el relativamente menor número de grandes guerras totales
sufridas por el continente. Hasta ahora...
Las cosas han cambiado de forma dramática desde la llegada de Evo
Morales al Gobierno de Bolivia hace casi tres años. En su carrera hacia
el poder, el dirigente cocalero boliviano desplegó un discurso que
combinaba vagas ideas socialistas con un fuerte mensaje de
reivindicación étnica que demandaba el derecho de la población indígena
a tomar las riendas del Estado. Entonces como ahora, muchos vieron en
este proyecto un imprescindible ejercicio de justicia histórica, después
de que los indígenas --cerca del 60% de la población-- hubiesen sido
marginados del poder durante toda la historia de la República. Pero lo
cierto es que la politización de las diferencias étnicas nunca ha sido
una receta para acabar con la exclusión, sino más bien para atizar los
conflictos interraciales.
De hecho, el etnonacionalismo de Morales dinamitó los frágiles
equilibrios de la sociedad boliviana en tres sentidos. Para empezar, su
voluntad de entregar el Estado a los indígenas excluyó de las posiciones
claves del Gobierno Central a los tecnócratas mejor preparados, que eran
en gran medida blancos o mestizos. Además, abrió una fisura insalvable
entre las zonas pobres del Altiplano de mayoría amerindia y las llanuras
orientales más ricas habitadas principalmente por población de origen
europeo. Dicho de otra forma, tras la llegada de Morales al poder, los
blancos y mestizos de Santa Cruz y las otras provincias del este del
país comenzaron a ver con escaso entusiasmo la perspectiva de continuar
siendo los principales contribuyentes financieros de un gobierno del que
no podían esperar un trato igualitario. Finalmente, la administración
Morales utilizó su discurso populista para enmascarar una serie de
medidas que prometían cambiar los equilibrios étnicos en ciertas
regiones del país. Así, el proyecto de reforma agraria impulsado por el
presidente boliviano en el oriente de la república incluía la idea de
entregar lotes de tierra a indígenas provenientes del Altiplano en un
movimiento que necesariamente tenía que ser visto por los cruceños como
una amenaza a su identidad.
Para justificar semejante proyecto ideológico, el principal argumento
esgrimido por los partidarios de Morales ha sido la fuerza de los votos.
Desde su punto de vista, el líder boliviano disfruta de un apoyo
mayoritario que lo autoriza a dar un giro radical a las reglas de juego
políticas del país. Desde luego, esto ignora olímpicamente el principio
del respeto a las minorías como uno de los fundamentos claves de la
democracia. Pero es que, además, el comportamiento del presidente y sus
seguidores está muy lejos de ser un ejemplo de pulcritud democrática.
Para abrirle camino al poder, el Movimiento al Socialismo (MAS), como
partido del mandatario boliviano, recurrió a una cuidadosamente
orquestada estrategia de violencia organizada de masas que incluyó el
desarrollo de disturbios a gran escala y el bloqueo sistemático de las
vías del país. El resultado fue el derrocamiento de dos presidentes
legítimos como Gonzalo Sánchez de Lozada (2003) y Carlos Mesa (2005).
Una vez en el poder, Morales ha continuado aplicando la misma receta. De
hecho, el MAS y los milicianos de los Ponchos Rojos no han dudado en
cercar por hambre aquellas regiones de mayoría opositora y recurrir a
las armas para intimidar a aquellos sectores que no les son afines. La
cúspide de esta estrategia ha sido intentar forzar la aprobación de una
nueva Constitución a la medida del presidente sin la participación de la
oposición.
Con estos antecedentes, el respaldo casi unánime otorgado a Morales en
la reciente cumbre de Unasur en Santiago de Chile se parece bastante a
la decisión de nombrar como jefe de bomberos a un pirómano. La prueba
está en la evolución de los hechos en Bolivia durante los últimos días.
Mientras gobierno y oposición se reúnen en Cochabamba bajo la atenta
mirada de la ONU, la OEA y la propia Unasur, columnas de partidarios
armados del presidente Morales han avanzado hacia Santa Cruz en un
movimiento a todas luces destinado a amenazar a la oposición con un
estallido de violencia si no aceptan someterse a las pretensiones del
presidente.
Los gobiernos latinoamericanos reunidos en Santiago la semana pasada
saben todo esto. Sin embargo, han optado por respaldar al Gobierno
Boliviano en lo que consideran un ejercicio de 'realpolitik'. Desde su
punto de vista, cualquier cosa es mejor que la posible división de
Bolivia, incluida la consolidación de un régimen ultranacionalista en La
Paz bajo el liderazgo de Morales. Se equivocan. Si no actúan de forma
concertada para defender las reglas de juego democrático y forzar a
Morales a dar un acomodo a las demandas de la oposición, los sectores
que sienten su forma de vida amenazada por el proyecto etnonacionalista
del MAS verán la violencia como su única alternativa. A partir de ese
momento, la balcanización de Bolivia será solamente una cuestión de
tiempo. Las capitales latinoamericanas deberían ser bien conscientes de
que Morales no es la solución. Es el problema!!!!
* COORDINADOR DEL ÁREA DE ESTUDIOS DE SEGURIDAD Y DEFENSA. FUNDACIÓN
IDEAS PARA LA PAZ.
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