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Gobierno Lula: "Una de las mayores operaciones de traición, mediocridad
e incompetencia jamás vista en la historia"
Apretarse los cinturones.
César Benjamin
Revista Caros Amigos
Pasado un poco más de un año de un mandato previsto para durar cuatro,
el gobierno está en vía de dilapidar todas aquellas condiciones
iniciales favorables. En toda América Latina, nunca un gobierno de
izquierda o progresista o reformista -no importa el rótulo- tuvo
oportunidades tan favorables como el de Luiz Inacio Lula da Silva.
En primer lugar, se constituyó en condiciones políticas internas
privilegiadas vistas en una perspectiva histórica. Lula recibió más de
65% de los votos en una elección tranquila e indiscutiblemente legítima.
Su victoria no despertó rencores. Todos, inclusive los adversarios,
reconocieron que había llegado su hora. No se trataba de un aventurero
improvisado, de esos que hacen una carrera fulminante, sino de un líder
respetado presente hace más de 25 años en el escenario nacional. Los
integrantes de las Fuerzas Armadas -así como los demás funcionarios del
Estado- votaron masivamente por él, posicionándose al lado del cambio
que el pueblo quería hacer. No fue la victoria de un hombre sólo. Junto
con ella, el PT se tornó el mayor partido del Congreso Nacional. Los
partidos aliados también se fortalecieron, formando en el Legislativo un
bloque fuertísimo. No recuerdo que haya ocurrido antes, en nuestro
continente, esa situación en que los dos poderes explícitamente
políticos asumen en el mismo momento una configuración más armónica y
más progresista.
El margen de maniobra del nuevo gobierno, pues, era inmenso: la opinión
pública a favor, sólida base parlamentaria, simpatía en el medio
militar, amplio apoyo de la iglesia, un partido experiente y organizado
nacionalmente, adhesión entusiasta de todos los movimientos sociales. Y,
por encima de todo, un clima difuso de expectativa positiva que
impediría cualquier oposición sectaria y destructiva. El pueblo,
profundamente identificado con Lula, exigía poco: una nueva postura
moral y tres o cuatro cosas bien hechas serían suficientes para mantener
por mucho tiempo una imagen positiva del presidente. Las personas
estaban predispuestas a simpatizar con él y a concederle crédito. Antes
que nada, querían poder continuar soñando y cultivar la esperanza.
En cuanto a los movimientos sociales, no reivindicaban rupturas y ni
socialismo. Querían, principalmente, una reforma agraria, que podría
haber sido llevada adelante sin confrontaciones con los grupos
capitalistas más importantes que no están disputando la posesión de
tierras improductivas. Espíritu republicano y dignidad en la conducción
de los negocios del Estado, reforma agraria en el campo y empleo en las
ciudades, nada más se pedía.
En la economía, las condiciones eran favorables en los tres frentes más
importantes. El ajuste en la tasa de cambio -necesario e inevitable-
había sido hecho a mediados del 2002, creando condiciones para el
repunte de saldos comerciales consistentes que se proyectaban (y se
están confirmando) para los años siguientes. Gracias a esos saldos, por
primera vez en muchos años, Brasil volvía a tener un superávit en sus
cuentas externas, vistas como un todo. Es cierto que el ajuste del
cambio tuvo reflejo en los índices de inflación en el segundo semestre
del 2002, pero el gravamen recayó sobre el presidente de entonces,
Fernando Henrique Cardoso. Como todos los economistas esperaban, ese
efecto comenzó a enfriar en noviembre, antes de la asunción. Lula asumió
con la inflación alta y candente. En marzo del 2003 -tercer mes de su
gobierno- los índices ya estaban de nuevo muy cerca del cero. Por fin,
como la tasa de crecimiento había sido baja en el 2001 y 2002, se
acumulaba capacidad ociosa. Era más fácil volver a crecer.
Veamos ahora las condiciones internacionales. En el primer año de
gobierno de Lula, los intereses básicos permanecieron en torno del 1%.
La oferta de crédito a los países periféricos volvió a ser abundante. No
hubo ninguna nueva crisis económica regional en ninguna parte del mundo.
Las evaluaciones del riesgo de los inversionistas cayeron. La economía
norteamericana tuvo una buena tasa de crecimiento (3,1%), tirando a las
demás. La mayoría de los países periféricos creció vigorosamente (China,
9,1%; Rusia, 7,3%; Argentina, 8,4%; India, 5,6%; Malasia y Tailandia,
4,2% y así en adelante). El precio de los principales productos
brasileros alcanzó sus niveles históricos más altos. Hasta factores
imprevisibles -como la fiebre aftosa en rebaños de América del Norte y
la gripe del pollo en Asia- ampliaron los espacios de nuestras
exportaciones. Y, desde el punto de vista político, Lula era la gran
novedad internacional en el 2003. Todos los espacios estaban abiertos
para él, obrero, presidente de un gran país.
Repito: en ningún lugar, en ninguna época, un gobierno de izquierda tuvo
posibilidades tan favorables en América Latina. Es obvio que había
problemas históricos y estructurales, que nuestra economía presentaba
deficiencias y vulnerabilidades, y que la tragedia social brasilera
estaba ahí, para desafiarnos; por causa de todo eso, al final, siempre
hicimos oposición al modelo neoliberal. Por eso, llegó el momento de
decir claramente: el discurso que destacó una "herencia maldita" -o sea,
una crisis aguda o condiciones imprevistas- fue apenas el paraguas que
disimuló una de las mayores operaciones de traición, mediocridad e
incompetencia jamás vista en la historia.
Estamos delante de una tragedia de proporciones y consecuencias aún
imprevisibles para el futuro de Brasil. Pues, en condiciones tan
propicias, bajo la inspiración de las fuerzas de izquierda, se instaló
un gobierno rastrero e incalificable, sin proyectos, sin coraje y sin
sueños. Desde el inicio, él se dedicó metódicamente a desmovilizar y
desmoralizar su propia base social. En la economía, se lanzó alegremente
en los brazos de la especulación financiera y, en la política, del
fisiologísmo vulgar. Se postró delante del FMI y del sistema financiero
internacional. Sin esbozar ninguna resistencia, continuó la obra de
destrucción del Estado y de desgarramiento de la sociedad nacional.
Alienado y deslumbrado, Lula dedicó un año a producir fotografías y
frases. "Anduvo" en skate, "tocó" la guitarra y el violín, se puso y se
sacó sombreros, habló de su madre fallecida, jugó fútbol, renovó
promesas de tribuna, mistificó, mintió, confundió, difundió la
parálisis, además, evidentemente, de ofrecer interminables asados y
secciones de cine para sus invitados. Washington Luís decía que gobernar
era abrir autopistas. Ni eso Lula hizo. Para él, gobernar es divertirse.
Además, claro, de pagar intereses.
Pasado poco más de un año de un mandato previsto para durar cuatro, el
gobierno está en vía de dilapidar todas aquellas condiciones iniciales
favorables. Ya no inspira confianza en nadie, a no ser en tipos
lombrosianos, profesionales de la adulación. La generosidad del pueblo
comienza a transformarse, con razón, en decepción, rabia y cinismo.
El gobierno de Lula acabó atragantando. Teniendo como telón de fondo la
recesión interminable, el empobrecimiento y el desempleo crecientes, fue
demasiado ver para la opinión pública, a uno de los muchos "operadores"
del PT en acción. Siguiendo con la verdad, no era un "operador"
cualquiera. Era un jefe, o subjefe, instalado en Brasilia, con derecho a
desayunos con el titular de la Casa Civil y a una sala del Palacio del
Planalto. Si fuese investigado, toda la red quedaría expuesta. Para
impedir esa investigación, el gobierno se hizo el haraquiri. Se tornó
rehén de lo peor. En cuanto a nosotros, descubrimos que, en lugar de la
ética, apenas estaba el marketing de la ética en un gobierno en que, al
final, todo es marketing.
Nuestro problema no es más que descifrar aquello que, en el artículo
anterior, llamé de "enigma Lula". Él está descifrado. Hedor. El problema
es mirar hacia delante. En los próximos años, bajo la rúbrica de un Lula
débil y de un PT desfigurado, podremos asistir a los mayores retrocesos
de nuestra historia. La "reforma" de la legislación laboral está puesta
en la mesa. La creación del ALCA para sobre nuestras cabezas. La
autonomía legal del Banco Central ya fue diversas veces anunciada. El
parlamentarismo podrá venir a ser resucitado. Nunca fue tan necesario
reagrupar las fuerzas progresistas brasileras para evitar lo peor. Y
luchar. Aprieten los cinturones. El gobierno desapareció.
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