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Santa
Cruz dijo no
Centa Reck
En psicología, cuando un niño consigue formular un no, consideramos que
estamos ante la evidencia del advenimiento de su yo personal. Una persona
enuncia su condición adulta, cuando frente a situaciones de presión y
adversidad, consigue negarse a seguir bajo los designios o exigencias que
lo supeditan a una voluntad ajena. Por consiguiente, en la actual
coyuntura que atraviesa nuestra región, nos parece especialmente
sugerente, el hecho de que Santa Cruz haya logrado articular un no,
erigiendo así un posicionamiento como ente social, y planteando su
naciente voluntad de abocarse a la solución de los problemas y
circunstancias que le son inherentes.
El lograr articular un no, no se constituye tan sólo en el síntoma de una
actitud de oposición o negativa, sino que en muchos casos, trasunta la
aceptación y convalidación de los deseos y características propias,
sumados al ejercicio de una creciente capacidad para desmarcarse de las
imposiciones, llevando a un consecuente rompimiento respecto a padrones
caracterizados por la debilidad y sumisión.
Cuando el pueblo se siente con derecho a tener su propia voz y a dar
cuenta de sus aspiraciones y de su accionar, no se hace cargo de los
calificativos negativos con los que sus oponentes pretenden definir su
posicionamiento, y que tienen el único objetivo de desestabilizar la
formulación de una identidad propia.
El choque de poderes es una condición ineludible dentro del marco de la
existencia. Todo nos remite a una lucha y posicionamiento de poderes.
Incluso relaciones tan cercanas como son las que nuclean a las personas
dentro del ámbito familiar, no están nunca exentas de una lucha por
obtener mayor poder o prevalencia. El pensar que la vida puede transcurrir
fuera de esta condicionante, se constituye en una verdadera utopía, y en
una negación absoluta de los resortes y móviles que rigen el accionar
humano. Por lo tanto, todo ser o entidad social, en algún momento de su
vida, deberá aceptar el reto de constituir el esbozo de su yo, el núcleo
de su ser, implicando esto una toma de posición, y la exigencia de un
reconocimiento de la voluntad de ser y existir por cuenta y riesgo propio.
Los llamados choques generacionales entre padres e hijos, no son otra cosa
que la evidencia inequívoca de la voluntad y el esfuerzo del joven para
superar el estancamiento que amenaza supeditarlo a la fuerza del poder de
los padres, que no aceptan el planteo de sus elecciones personales. Los
padres suelen sentirse disgustados y heridos en su amor propio, ante las
muestras de independencia y solidez con la que sus hijos les anuncian que
deben romper el círculo de interdependencia y permitirles salir a vivir su
propia vida y sus propias decisiones.
En el plano de la vida social, se ponen de manifiesto los mismos
mecanismos, y se pueden evidenciar los mismos recursos, pasando por la
usual crisis de autoritarismo y de amenazas, de quienes han estado
acostumbrados a ser la palabra autorizada y se han constituido en el
criterio a seguir sin lugar a cuestionamiento ni omisión, hasta los
chantajes y manipulaciones más diversas, para caer luego en el melodrama
de hacer sentir al hijo culpable de querer tomar en sus manos el propio
destino. Esta situación que implica el advenimiento de un nuevo ser, que
suplanta la autoridad paterna, y que deja en claro que la vida es una
superación de situaciones, suele ser muy resistida, e incluso quienes
portan el cometido de ser los destinatarios del desprendimiento, muchas
veces no logran superarlo, puesto que este paso implica fortaleza yoica,
contar con el recurso de sentirse sí mismo, y de ser portador de un ímpetu
de cambio.
La autovaloración, juega también un papel de enorme importancia en la
circunstancia de tomar partido por un sano desprendimiento. Recordemos que
establecer una distancia o separación necesaria, no implica abandono ni
desconocimiento, sino que tiene la proyección de un vínculo adulto, que es
por si mismo fuente de grandes beneficios y redunda en salud mental,
porque deja abierto los canales para labrar el propio ser sin aceptar
obstrucciones o falsas dicotomías.
“Ser o no ser, esa es la cuestión”, decía el desvalido Hamlet frente a la
voluntad de su madre, que lo aprisionaba en sus exigencias de obediencia y
sometimiento al poder y las ambiciones que la habían llevado a que ella
misma eliminara a su padre, habiendo destituido a su propio hijo a fin de
quedarse como soberana con su amante. Hamlet, en medio de un falso
conflicto de amor filial, supeditado al chantaje afectivo que es en última
instancia un chantaje de aceptación de una abusiva autoridad materna,
prefiere hundirse en la locura a desafiar a la madre, mostrando que estaba
marcado por el sino de la castración y la impotencia. Espero que los
cruceños no optemos por el mismo camino, y busquemos restablecer con el
poder central un vínculo que exija un relacionamiento adulto, de yo a yo,
de derechos a derechos y de deberes a deberes. Es posible hacerlo, sólo
que antes se debe encarar con valentía todo el forcejeo que implica
destituir un poder que se sentía omnímodo, y que suele utilizar todas las
formas de chantajes, melodramas y ofertas de chucherías, que entrañan el
deseo de que el otro renuncie de todos modos a su propio lugar y espacio
de liberación.
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