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Los “mitos” agrarios han permitido
construir discursos políticos y legales. Muchos de ellos son refutables.
Bolivia sólo tiene 27 millones de hectáreas de tierra, de 109 millones
de superficie, con vocación agropecuaria. El dilema se centra en ampliar
el horizonte agropecuario o adoptar una política forestal. El mercado de
tierras muestra que solamente el cuatro por ciento de los beneficiarios
originales de la Reforma Agraria perviven en el Altiplano y los Valles.
¿Y los latifundios? No se desecha su presencia en el oriente. Pero el
tamaño promedio del predio agrario en Santa Cruz es de 1.700 hectáreas,
en Beni de 3.200 y en Pando de 6.300 hectáreas.
Mitos y verdades sobre la tierra en Bolivia.
Por Miguel E. Gómez Balboa
¿Hay latifundio en el oriente? Según datos oficiales basados en las
superficies agrarias ubicadas hasta el momento, no. Pero no se desecha
su existencia. En Santa Cruz, el tamaño promedio de un predio llega a
las 1.700 hectáreas (has); en el Beni, a las 3.200 has y en Pando, a las
6.300 has. Algo es claro, la falta de información fidedigna con respecto
a la tierra ha generado conflicto y la construcción de discursos
políticos y legales amparados en “mitos” poco “fácticos”.
En pos de subsanar esto, el Viceministerio de Tierras, que depende del
Ministerio de Desarrollo Sostenible, elabora el Diagnóstico sobre acceso
a la tierra y recursos naturales, que contrasta estos “mitos” con
“verdades” basadas en información confiable del Instituto Nacional de
Reforma Agraria (INRA), Derechos Reales, prefecturas, municipios y
textos especializados. Su lanzamiento está programado para diciembre,
con un listado de propuestas de cambio en el rubro. Un insumo necesario
para el próximo Gobierno, que tiene la misión de diseñar una Política
Nacional de Tierras.
El aporte, además, ya goza del aval preliminar de otros ministerios y
las nueve prefecturas. El viceministro de Tierras, Luis Fernando
Asturizaga, adelantó en exclusiva a Domingo el contenido de este
documento. ¿Hay tierra para todos los bolivianos? ¿Los latifundios
siguen vigentes? ¿La pequeña propiedad campesina se comercializa a pesar
de los impedimentos legales? ¿Cuánto ha cambiado la propiedad desde la
Reforma Agraria de 1953? ¿Cómo afecta la inembargabilidad de la tierra
del pequeño productor? ¿Las áreas forestales están concesionadas?
Veamos.
¿Tierra para todos?
Sueltos de cuerpo, políticos y dirigentes afirman que en el país abundan
las tierras fiscales y, sobre todo, las de vocación agropecuaria. Como
apoyo a su teoría, realizan una división simple entre la superficie
territorial del país, o sea 109 millones 858 mil has, y la población
boliviana (que llega a los nueve millones de habitantes). De acuerdo con
este cálculo arbitrario, a cada boliviano, sin distinción alguna, le
debería corresponder un mínimo de 10,9 has. Por esto se critica cómo en
una nación tan extensa y con pocos habitantes pueda existir una lucha
agraria encarnizada y, encima, un Movimiento Sin Tierra (MST).
El asunto no es tan sencillo. Primero, de las 109 millones de has,
solamente 106 millones, en promedio, son “área rural”. El resto
corresponde a manchas urbanas (378.993 has), cuerpos de agua y salares
(2.727.383 has) o caminos no sujetos al derecho propietario individual.
A la vez, de esas 106 millones de has, 60 millones son bosque (con buen
porcentaje no apto para la ganadería y/o agricultura). A esto se suman
las 19 millones de has inscritas bajo el régimen de “áreas protegidas”
(que son cuasi “intocables”). Entonces, 79 millones de has ya tienen
restricciones al uso agropecuario.
Se concluye, así, que sólo 27 millones de has portan vocación
exclusivamente agrícola y/o ganadera; están ubicadas principalmente en
el oriente. Ampliar este margen implicaría la apertura de la tierra de
vocación forestal (bosque) con chaqueos, desmonte y deforestación de por
medio, lo que ocasionaría serios daños ambientales. El cuadro se
complica cuando el diagnóstico establece que entre 1953 y 1992 se
otorgaron 93,2 millones de has en propiedad (datos en revisión con el
proceso de saneamiento actual); es decir, no hay disponibilidad de
tierra fiscal de carácter agropecuario porque un 85 por ciento de la
superficie nacional ya se encuentra repartida.
La equivocada percepción inicial permite también arengar que “todos los
bolivianos tienen derecho a la propiedad sobre la tierra”. Está claro
que esta afirmación se cae de madura por lo explicado párrafos arriba.
Además, aclarar que las capacidades y habilidades de la población
boliviana no sólo se dirigen al campo agropecuario pues, según el
Instituto Nacional de Estadísticas, un poco más del 40 por ciento de la
población ocupada trabaja en este sector. La pregunta es si todos los
bolivianos tienen la habilidad y las condiciones para el trabajo
agrario, un ramo tremendamente sacrificado y sujeto a los riesgos
climáticos.
El diagnóstico, asimismo, rechaza el eslogan de que “el tema del acceso
a la tierra y los recursos naturales debe ser tratado única y
exclusivamente de manera técnica, porque ya se politizó demasiado”. No
se niega esta politización, pero se señala que la solución exige
decisiones políticas, apoyadas en lo técnico, que deberán ser tomadas
por el siguiente mandato gubernamental. Y el dilema que debe ser
dilucidado se centra en si se va a continuar siendo un país
agropecuario, en desmedro del bosque, o si se dará a la tierra con
vocación forestal la alternativa de ser el “motor” del desarrollo
sostenible hacia el futuro.
Es que en función de la capacidad de uso del suelo vigente en territorio
nacional, Bolivia es una nación forestal. No olvidar que a mediados de
año se reconoció al país por poseer la superficie de bosques
certificados más grande en el planeta: 1,9 millones de has inmersas en
las 60 millones existentes, sin añadir las “áreas protegidas”. Sin
embargo, la debilidad se ubica en que esta vegetación “avalada” no
genera más de 150 millones de dólares anuales; a diferencia de Costa
Rica que con sólo un millón de hectáreas de bosque logra ingresos por
más de mil millones de dólares.
Por ello, se debe decidir si se continúa la ampliación de la frontera
agropecuaria (a lo que presiona el sector empresarial y/o de los
pequeños productores campesinos, que ya están ingresando, con este fin,
en el bosque y las “áreas protegidas”) o si se promueven alternativas
productivas para un mejor manejo forestal que signifique ingresos y
empleos para las comunidades “verdes”. Actualmente se deforestan entre
100 y 140 mil hectáreas de bosque por año, todo esto para habilitar
tierra agropecuaria. Además, este recurso natural es un “blindaje”
contra los cambios climáticos, aunque por los recientes chaqueos en
Guarayos y el Choré, en Santa Cruz, el aumento de temperaturas ya
atormenta al país.
En criterio de Asturizaga, la venta de servicios ambientales debe ser
puesta en carpeta, más aún con la vigencia del Protocolo de Kyoto,
porque Bolivia cuenta con bosque no intervenido que beneficia a grupos
empresariales tanto nacionales como transnacionales. No obstante, el
objetivo apunta, sobre todo, a la toma de conciencia de las comunidades
en la preservación forestal. ¿Cómo? En la Amazonia de Pando, por
ejemplo, la instalación de lagunas artificiales destinadas a la crianza
de peces permite un ingreso extra a los nativos, aparte del logrado con
la producción de la castaña; allí la piscicultura ha permitido que éstos
no degraden el área verde que les beneficia.
¿Tierra es igual a riqueza?
“La superficie agraria determina la productividad”, es otro cliché que
peca de erróneo. En Santa Cruz, la exigencia campesina es “cincuenta
hectáreas o muerte”. En la Amazonia, “quinientas hectáreas o muerte”...
Es que el factor “superficie”, para los agrarios, determinaría el éxito
de la producción; empero, varios casos demuestran que en pequeñas
parcelas también se dan buenos resultados. Como en una comunidad del
Chapare, en Cochabamba, donde los productores, con cinco o 10 hectáreas
(pequeña propiedad), cultivan rosas y obtienen un producto que les
reporta, en Europa, miles de dólares.
Empero, la misma Ley 1715, del Instituto Nacional de Reforma Agraria, de
1996, que sigue los parámetros de la Reforma Agraria de 1953, clasifica
a la tierra en función de su extensión en: solar campesino, pequeña
propiedad, mediana empresa y empresa agropecuaria, lo que, según el
diagnóstico, es irreal porque la clasificación debería basarse en
elementos como la capacidad productiva y uso del suelo, el costo de la
tierra y su vinculación con los mercados..., porque la productividad
agraria está en función de su capacidad de empleo y lo que falta, más
bien, es un mejor manejo de tierras, cuencas o bosques para generar
mayores ingresos.
A esto se suma el alegato de que “el acceso a la tierra de por sí genera
ingresos y empleo de calidad”. ¿La persona que se adjudica una propiedad
agraria está destinada a salir de la pobreza? El diagnóstico rechaza la
tesis con ejemplos prácticos. El año 2001 se dotó de mil hectáreas a la
comunidad del líder del MST, Ángel Durán, conformada por 80 familias, en
el Gran Chaco tarijeño. Eso no bastó. Se necesitó proveerles de pozos de
agua para el riego, semillas, donaciones del Programa Mundial de
Alimentos, instrumentos de labranza, carpas... Hoy, por haber sido una
demanda política, sólo tres familias permanecen en el lugar.
Pero hubo otra apuesta exitosa. La emprendida al norte de La Paz, en la
provincia Marbán del Beni, donde tampoco fue suficiente con proveer a
los campesinos del norte potosino de predios agrarios; se los capacitó
para adecuarlos a su nuevo escenario de vida, vacunarlos contra las
enfermedades del lugar, vincularlos a tierras productivas... Ahora, sus
cosechas los relacionan con sus pares del oriente y han determinado la
mejora de la dieta alimentaria de la región. En ambos casos, está claro
que sólo dar tierra no cambia la vida del boliviano, sino que ello debe
ir ligado a otros aspectos (vivienda, capacitación, acceso caminero,
asistencia técnica, etcétera).
El fracaso de los asentamientos humanos, empero, tiene relación con la
ineptitud estatal para brindar servicios agropecuarios, lo cual torna
este proceso mucho más engorroso y caro. Aparte, implica lograr alianzas
estratégicas entre el INRA (que hasta ahora hizo lo que pudo en este
punto), los ministerios de Desarrollo Sostenible, de Asuntos Campesinos,
de Asuntos Indígenas, de Participación Popular, las prefecturas y los
municipios, que ya cuentan con competencias específicas en la Ley 1715;
sin embargo, se adolece aún de un factor central: la falta de
coordinación entre estas instituciones.
Aquí surge una interrogante: ¿cómo garantizar servicios agropecuarios
para los productores campesinos? Para responder a esta pregunta, dice el
diagnóstico, se debe derrumbar una verdad irrefutable que, además,
cuenta con sostén legal: “El solar campesino, la pequeña propiedad y la
tierra de comunidad no deben pagar impuestos”. La Ley 1715 determina
este privilegio. Pero Asturizaga afirma que la norma precisa se
reformada porque, en la actualidad, varios gobiernos municipales
perciben un tributo de parte de pequeños propietarios rurales y
comunarios que, de esta forma, aseguran su derecho propietario agrario
tras migrar a las ciudades.
Los conflictos agrarios del último quinquenio se motivaron
fundamentalmente por la falta de: proceso de saneamiento, acceso al
crédito, seguro agropecuario, innovación tecnológica, asistencia
técnica..., servicios que deberían ser provistos obligatoriamente por
los gobiernos departamentales y, sobre todo, las alcaldías; empero,
estas últimas no poseen recursos adicionales para cumplir esta
finalidad. Por ello, el diagnóstico recomienda, primero, que el impuesto
al solar campesino, la pequeña propiedad y la tierra de comunidad sea
voluntario para, luego, institucionalizarlo por propia necesidad de los
productores que verán que su aporte es retribuido por los municipios con
servicios agropecuarios.
Es notorio, postula Asturizaga, que el dinero de la Participación
Popular no alcanza para este emprendimiento, más aún en las alcaldías
donde impera este tipo de predios exentos del pago de tributos, y sólo
queda esperar que les llegue algo de la coparticipación tributaria o de
los planes de alivio a la pobreza. “Hay pequeños propietarios que pueden
pagar montos mínimos importantes para su municipio en cuanto a
‘apalancar’ servicios de la cooperación internacional para brindarles
perspectivas de desarrollo”, sentencia la autoridad.
Queda pendiente un asunto. “Se criticó que la Ley INRA comulgue que la
tierra es de quien la paga y ya no de quien la trabaja. Los campesinos
han migrado al área urbana y para no perder derecho sobre sus
propiedades, sin trabajarlas, pagan una contribución territorial. Que no
se paga impuestos rurales es más un discurso político. Este tipo de
migrante alquila la tierra o la trabaja ‘al partir’ (él pone la
propiedad, otro la semilla y el producto se divide), una realidad que
debe ser reglamentada para evitar la explotación y, así, el dueño reciba
un pago por las características del predio. Esas tierras, por mandato
legal, no pueden alquilarse, pero la medianería y la aparcería existen,
sobre todo en occidente y los Valles”, asevera Asturizaga.
¿La tierra no se vende?
Otro mito imperante pregona que “el solar campesino y la pequeña
propiedad no se comercializan”. En el caso del Altiplano y los Valles,
es preponderante explicar que la Reforma Agraria de 1953 dotó de tierra
esencialmente a comunidades y pequeños campesinos y productores. Se
constituyeron, así, solares campesinos, pequeñas propiedades y tierras
de comunidad. Por ley, éstos son inalienables, incluso los dos primeros
son considerados de patrimonio familiar (en el Altiplano, la tierra y el
territorio son parte inherente de la persona), o sea que el campesino
para poder transferirlos requeriría la autorización de un juez de
familia. Sin embargo, los datos desnudan un panorama diferente.
Un estudio exhaustivo de la comercialización de tierras en Bolivia,
recogido por el diagnóstico, revela que hoy en el Altiplano y los Valles
solamente el cuatro por ciento de los propietarios son beneficiarios
originales de la Reforma Agraria, tanto en tierras de comunidades,
solares campesinos y pequeñas propiedades. Es decir, el 96 por ciento de
los dueños primarios vendieron sus predios a terceros. “Entonces, el
mercado de tierras es una verdad que no se puede ocultar, las
propiedades rurales se comercializan a pesar de las prohibiciones de la
ley, aparte se las alquila”, resume Asturizaga.
En Alto Beni (La Paz) y el Chapare (Cochabamba), áreas tradicionales de
colonización, la situación es similar. Las 20 millones de hectáreas que
se programaron entre 1967 y 1992 por el Instituto Nacional de
Colonización (INC), en pos de conseguir una mejor distribución
poblacional, repartiendo, sobre todo, pequeñas propiedades y patrimonios
familiares, han sido objeto de transacción, a pesar de que se precisaba
para este fin la autorización expresa del INC y, en el ámbito legal, la
venia del juez de familia. Sólo el 20 por ciento de los beneficiarios
del INC siguen trabajando la tierra en estos sitios.
¿Qué pasa en Santa Cruz? Al norte, en la zona integrada o productiva
donde prevalece el trabajo de soyeros, cañeros y lecheros, el 77 por
ciento de sus productores actuales ha comprado la tierra. “Por eso, hay
que tener mucho cuidado al afirmar que existen cien familias que
detentan millones de hectáreas. La verdad de los hechos es que,
obviamente, en cuarenta años la gente vendió, heredó o transfirió esta
tierra”, afirma Asturizaga. Eso no es todo. En las zonas de colonización
(Yapacaní, San Julián...) sucede lo propio: el 74 por ciento de los
colonizadores vigentes pagó por ocupar esos predios.
“Fue sobrepasada la buena intención del ‘cinturón de seguridad legal’
para que el campesino no venda su tierra porque podía ser engañado por
un empresario que le iba a comprar su tierra en dos bolivianos. La
pequeña propiedad se compra y vende y no es un atributo exclusivo de los
grandes productores. Por la prohibición de la Ley 1715, estas ventas
pueden ser declaradas nulas; pero, más bien, corre el proceso de
saneamiento para regularizar estos hechos. Hay que reformar la norma y
así no obligar al campesino a cometer irregularidades”, declara
Asturizaga.
En esta misma línea de protección al pequeño productor se tejió el
cliché (que es norma constitucional del Régimen Agrario), “el solar
campesino y la pequeña propiedad son inalienables, indivisibles e
inembargables”. Un mecanismo que, postula el diagnóstico, es un “freno
al desarrollo”, ya que perjudica al campesino, con enorme potencial
productivo, porque su tierra no le sirve como instrumento de garantía.
Por ello, no tiene otra opción que acudir a organizaciones no
gubernamentales (ONG) o entidades financieras de segundo o tercer piso
que le prestan dinero sobre sus instrumentos de labranza, con garantías
personales e intereses impagables.
Retirando esta restricción legal, el horizonte en varias regiones sería
muy prometedor. Basta tomar el caso de San Julián (el “paraíso
agropecuario”, de acuerdo con un estudio del Ministerio de Desarrollo
Sostenible), donde cada habitante cuenta con 50 ó 60 has con una enorme
capacidad productiva, pero sin posibilidad de ser objeto de embargo para
obtener préstamos que le permita gestionar mayor innovación tecnológica
y asistencia técnica para explotar su potencial. Además, en esta
localidad, muestran las imágenes satelitales, sus pobladores sólo han
trabajado el 40 por ciento de las tierras. ¿Qué pasaría si se utilizara
el restante 60 por ciento?
“La pregunta está en que si no han trabajado la totalidad de la tierra
por qué expulsan gente para engrosar el MST. La respuesta se ubicaría en
que no se les ha dado mayores condiciones de asistencia técnica. Aparte,
tras consultar a ingenieros agrónomos entendidos en la materia, éstos
sostienen que si San Julián ingresara a la economía de la soya podría
generar mejor productividad e ingresos que lo logrado por el aparato
empresarial cruceño. Pero, para comprar un tractor, mejores
fertilizantes, hacer cambios en su predio, el pequeño productor no puede
acceder a un crédito, porque su título dice pequeña propiedad”, explica
el Viceministro.
La coyuntura, por ello, subraya el diagnóstico, requiere de una
legislación propia en materia de crédito agrario, no sujeta a la
comercial que instaura amortizaciones mensuales cuando el campesino
cuenta con dos ingresos anuales como máximo, producto de las cosechas y
la faena del ganado. A esta necesidad se suma el implantar un nexo entre
medidas de prevención y seguro agropecuario, más aún cuando el país ya
cuenta con un mapa de riesgos sobre las regiones donde se presentan
granizadas, heladas o inundaciones. También, la producción requiere
estar amparada contra las vicisitudes climáticas y lo ideal sería que
con la contribución de las prefecturas y municipios se garantice al
productor un mecanismo de sostenibilidad financiera.
¿Hay latifundios?
Se maneja, frecuentemente, que la mayor cantidad de las tierras
productivas está en manos de latifundistas. El diagnóstico establece que
47 millones de hectáreas son manejadas por las medianas empresas, 19
millones son solares campesinos y pequeñas propiedades, y 27 millones
son propiedades comunitarias (de comunidades, sindicatos, y pueblos
indígenas y originarios). Esto demuestra que, en alguna forma, el
proceso de saneamiento equilibró la tenencia de tierra en el país,
porque antes las propiedades de comunidades oscilaban entre los 14 y 17
millones de hectáreas.
Además, otro dato que llama a la reflexión —sin desechar la presencia de
latifundios en el oriente— es que las superficies promedio que encontró
el INRA hasta ahora en el proceso de saneamiento no hablan de inmensas
extensiones. En Santa Cruz, el tamaño promedio de un predio llega a las
1.700 has; en el Beni, a las 3.200 has, y en Pando, a las 6.300
hectáreas. “No hay una consolidación de diez o treinta mil hectáreas,
más aún cuando la norma de Reforma Agraria de 1953 permite todavía que
una empresa agropecuaria tenga derecho de propiedad individual hasta 50
mil hectáreas. Muchas veces el discurso de la presencia de grandes
latifundios en pocas manos es poco sostenible, porque con esta
información se aprecia que las tierras privadas no sobrepasan las siete
mil hectáreas”, comenta Asturizaga.
Asimismo, se pregona que “todos los bosques están en propiedad de
concesionarios”. Los números oficiales demuestran que de las 60 millones
de hectáreas de bosque, tan sólo 7,7 millones se encuentran bajo la
figura de la concesión. Aparte, se debe añadir un aspecto que ayudó a
democratizar el acceso a las áreas verdes: existen 2,4 millones de
hectáreas que figuran como Áreas de Reserva Forestal Municipal, donde
las alcaldías portan la obligación de entregar esa superficie a pequeños
productores forestales.
Una más. ¿La Reforma Agraria sólo llegó a occidente? El Altiplano y los
Valles siempre han sido tildados como los beneficiarios (o los lugares
donde se generó propiedad) de la política agraria de 1953, tras la
Revolución Nacional. Entonces, en el oriente este proceso habría
ocurrido en mínima escala, lo que causó la permanencia del latifundio,
porque gran parte de las tierras de Pando, Beni y Santa Cruz no llegaron
a titularse. Pero el diagnóstico precisa que 66 millones de has habían
sido distribuidas en el Trópico, 19 millones en el Altiplano y 8
millones en los Valles.
A pesar de lo esgrimido, la demanda de tierra continúa vigente. De
acuerdo con la información del INRA y del Ministerio de Asuntos
Indígenas, en la actualidad existe una demanda de los pueblos indígenas
y originarios para el saneamiento y titulación de 40 millones de
hectáreas como Tierras Comunitarias de Origen (TCO), tanto en oriente
como occidente. Con esto, se pide casi el 40 por ciento del territorio
nacional. Lo que preocupa al Viceministro.
“Estas superficies exigidas deben estudiarse, sin vulnerar los derechos
de las comunidades. Se precisa incluso el pronunciamiento de otros
ministerios, prefecturas y municipios para garantizar los derechos de
reproducción social, cultural y económica de los pueblos indígenas o
determinar si es que, también, tras estas solicitudes hay un elemento
extremadamente político. Si todo es legal habrá que ver de qué manera —y
no sé cómo porque ya se distribuyeron 93,2 millones de hectáreas— el
Estado va a identificar otros 40 millones de hectáreas. Se debe
reflexionar esto”, alerta Asturizaga.
El embrollo no termina ahí. Para programas de colonización, hasta ahora,
se habilitaron 20 millones de has en Yapacaní, San Julián, el Chapare,
Alto Beni, Caranavi, Palos Blancos, Bermejo..., medida que determinó la
presión migratoria de occidente hacia oriente, luego de la devaluación
del recurso tierra en el Altiplano. “Lo más grave es que la tierra no se
estira y, por ello, se plantea establecer, con urgencia, una estrategia
de desarrollo que vaya más allá del área agropecuaria para las tierras
altas. Si no el flujo migratorio no va a terminar por más autonomías y
Asamblea Constituyente, y la pugna por un pedazo de tierra en oriente se
va a masificar porque los latifundios (que aún no fueron ubicados) se
van a acabar después de ser otorgados a los campesinos”.
Por eso, el diagnóstico recomienda aplicar, entre otras, políticas de
reforestación en el Altiplano o un mejor empleo del recurso agua, más
aún con el potencial hídrico boliviano en el contexto sudamericano; no
obstante, las áreas bajo riego no sobrepasan las 500 mil hectáreas,
cuando hay habilitadas más de 14 millones para el trabajo agrícola. “La
futura Política Nacional de Tierras debe tener como elemento central el
tratamiento de las tierras altas, hay que vincular a la gente a otras
actividades productivas para que no marche ni bloquee. El punto
neurálgico, vuelvo a prevenir, es evitar la migración; si no, la lucha
por la tierra en oriente va a ser peor y la llegada de una posible
‘guerra’ por este recurso natural va a dejar de ser un posible mito”,
concluye el Viceministro.
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