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 La desdicha de Bolivia.
http://www.lanacion.com.ar/
Por Daniel Larriqueta.
Para LA NACION, de Argentina

Hace doscientos años era más importante ser intendente de Potosí que de Buenos Aires. Lo enseña la preferencia de un hombre de los quilates de Francisco de Paula Sanz, que dejó su residencia porteña por la altoperuana. Aquel aristócrata, presunto hijo bastardo del rey Carlos III, hizo valer sus grandes influencias para cambiar su cargo de Buenos Aires por el de Potosí, donde lo sorprenderían la revolución, el ejército argentino comandado por González Balcarce y la orden de fusilamiento emitida por Castelli en diciembre de 1810.

Potosí y su enorme zona de influencia, que incluía nuestro actual Noroeste, era la región más rica, más educada, más próspera y políticamente más influyente del joven reino del Río de la Plata. La preferencia de De Paula Sanz tendría luego su contraparte en el empeño de Buenos Aires por enviar a esas provincias "arribeñas" el mayor ejército, al mando de los mejores hombres, culminando en el comando de Manuel Belgrano. Pero esa misma codiciada prosperidad sería el fundamento de la sociedad altoperuana para resistir el cambio político y continuar siendo "realista", incluso después de la gran victoria patriota de Ayacucho (9 de diciembre de 1824).

Con el cambio de estrategia impulsado por San Martín y la continua amenaza luso-brasileña en la Banda Oriental, Buenos Aires debió resignarse a una posición defensiva en el Norte y el consecuente abandono de las provincias ricas y modernas, que finalmente liberaría el mariscal Sucre siguiendo la onda expansiva de Bolívar. Esas provincias, protagonistas entrañables del Congreso de Tucumán, terminarían agrupándose en un nuevo Estado: Bolivia. Estaba naciendo una nación promisoria, próspera por sus riquezas materiales, protegida por el vigor de los ejércitos de la Independencia y recostada en su abolengo y el brillo de sus universidades y centros de excelencia. Era más poblada, más próspera y más poderosa que cualquiera de sus vecinos.

Bolivia perdió aquel destino. Tal vez en su caso como en ningún otro se dio la paradoja de la bicefalia colonial que he señalado en La Argentina renegada, consistente en que las cabezas políticas las elegía Madrid y las dirigencias administrativas y económicas eran locales. Lo cierto es que la clase dirigente criolla que se hizo cargo del gobierno boliviano a partir de la Independencia arrastró a esa sociedad brillante a una declinación sin parangón. La riqueza fácilmente disponible enardeció las revueltas, ocultó la declinación económica, justificó las continuas guerras exteriores y permitió el encumbramiento de aventuras políticas penosas, cuando no crueles. A la debilidad interior siguió paso a paso una fragilidad de las fronteras que hizo perder al país la mitad de su territorio original, incluyendo la tan necesaria y conflictiva costa sobre el océano Pacífico.

Cuando un visitante llega hoy a la hermosa capital de los cuatro nombres -Sucre, La Plata, Charcas, Chuquisaca-, joya de la herencia indiana donde tiene su asiento formal el gobierno boliviano, aunque sólo está representado por el Poder Judicial, se sorprende por la belleza y opulencia de las iglesias, los edificios públicos, los conventos. Y si aguza la mirada constatará que todos ellos han sido construidos antes de la Independencia, entre fines del siglo XVIII y los primeros años del XIX. Pero si le pregunta a su eventual guía turístico sobre la causa de la declinación boliviana recibirá invariablemente una respuesta contradictoria: la culpa de todo la tienen los españoles que explotaron la riqueza minera y se llevaron los frutos.

Aquí, en este mismo lugar que es un monumento al esplendor colonial, uno puede escuchar los primeros balbuceos de la doctrina de que todo el mal es culpa de los de afuera que vinieron a subyugar y explotar a los pobladores locales. Por cierto que le pregunté a mi guía por qué la prosperidad que demuestra esta arquitectura se desplomó en sólo diez años cuando las oligarquías criollas reemplazaron en el gobierno a las peninsulares. Pero no tuve respuesta.

Esta confusión de la memoria es de una importancia crucial. El Alto Perú ubérrimo de los años coloniales fue construido con las técnicas, los inmigrantes, las instituciones y el gobierno de los europeos que se adaptó y se acriolló según las necesidades locales y se nutrió del esfuerzo de los indígenas, los mestizos, los esclavos y los mismos criollos descendientes de españoles. Todo lo "nuevo" vino de afuera y fecundó a lo aborigen. El rechazo de esa secuencia o su demonización es el rechazo de lo nuevo, de lo importado y, en última instancia, de la modernidad.

Esta manipulación de la memoria debía llevar a un presente xenófobo y antimoderno: eso pensé cuando visité Bolivia con detalle, en 1991, preparando la elaboración de mi libro.

Lo pensé con aflicción y me pregunté quién podía estar interesado en esa alteración del pasado. Enseguida comprendí que culpar a los españoles ya idos, lejanos e inofensivos era una manera de exculpar muy eficazmente a las clases dirigentes criollas que tomaron la posta luego de la Independencia. Pero es una maniobra fatal, pues cierra las puertas hacia el progreso al estimular la desconfianza y hasta el odio a lo nuevo, lo extranjero, lo ajeno.

Las contradicciones no terminan ahí, por cierto, porque no se puede ignorar que millones de bolivianos viven en condiciones miserables y que la "modernidad" no llega a las grandes mayorías debido, justamente, al sistema social, cultural y político que se ha construido a favor de las minorías.

Ahora, el debate boliviano derrapa entre la posibilidad de entrar en una etapa de progreso y modernización gracias a los recursos energéticos o cerrar todas las puertas y proclamar un nacionalismo ultrista. Pero como el sistema social, económico y cultural no es equitativo, el debate está deformado. Plantear a las grandes masas populares que la oposición a la tecnología o al capital extranjero es cerrar las puertas a la modernidad es ocioso. Ya tuvieron grandes explotaciones extranjeras y locales del estaño, el cobre, la plata, el petróleo y la situación de las mayorías no mejoró ni un ápice. Fueron la fuerza motriz de esas explotaciones y quedaron en la misma miseria. No tuvieron acceso a los frutos de la modernización. ¿Por qué deberían estar interesados en la que ahora se les propone?

La desdicha de Bolivia es muy larga. No tiene que ver con sus magníficos recursos naturales ni con la notable laboriosidad de su pueblo, tal como sabemos los argentinos que los recibimos como inmigrantes. Es una desdicha política; antigua, alargada en el tiempo, inclemente. Pero no es una desdicha irredimible.

Con los elementos enumerados se pueden comprender las tribulaciones del presidente Carlos Mesa, un hombre de formación moderna, seguramente bien inspirado y que ve en los recursos energéticos una gran puerta para sacar a su patria hacia el progreso. También es válido suponer que Mesa cree en la necesidad de que el progreso se reparta de una manera equitativa y trata de poner esa garantía en las normas que firma. Pero el pueblo boliviano tiene una tan larga experiencia de frustraciones y está tan manoseado en su construcción de la memoria, como hemos dicho, que le cuesta aceptar garantías formales. El camino sólo parece expedito a través de un cambio político que cumpla una norma elemental del buen gobierno: no hay modernización técnica o material sin modernización social y política. Cuando se quiere movilizar a toda una sociedad en procura de nuevas metas mediando nuevos esfuerzos hay que poder garantizarle que los beneficios serán igualmente colectivos. Lo demás es accesorio.

La Argentina tiene un interés particular en la prosperidad de Bolivia. Herederos de un pasado mucho más cercano de lo que recordamos, testimoniado por los nombres de los muchos diputad os altoperuanos al Congreso de Tucumán que llevan las calles de Buenos Aires y el protagonismo de ese gran potosino que fue Cornelio Saavedra, nuestros dos países se necesitan en el equilibrio continental y en la complementación. Ya estamos viendo que no podemos apoyar nuestro progreso material en los recursos energéticos bolivianos debido a la crisis política de ese país. Pero tampoco se puede consolidar el equilibrio regional sin una gran nación boliviana, que es gozne natural del subcontinente.

Es posible que los dirigentes bolivianos de fuerte arraigo popular tengan en sus manos la llave del cofre. Evo Morales se ha declarado seguidor de la línea de Castro y de Chávez. Si ésa es una metáfora de la voluntad de impulsar los cambios sociales necesarios, sería una buena noticia. Si, en cambio, es otro capítulo de la mala memoria, culpando a los de afuera de los males propios, sería una desgracia.

¿Podemos los argentinos acompañar a los bolivianos en la búsqueda del camino? Con todos nuestros errores y deficiencias, es evidente que en los últimos doscientos años hemos encontrado mejores soluciones y construido el país más exitoso del continente. Nuestro mejor secreto es, justamente, lo que hoy tratamos de recuperar: una sociedad abierta, con alta movilidad social e igualdad de oportunidades. Esas son las condiciones mínimas para el esfuerzo de modernización. En la Argentina, y en Bolivia.

El autor escribió La Argentina renegada y La Argentina imperial, reeditados por editorial Sudamericana.

 

POR EL MOVIMIENTO NACIÓN CAMBA DE LIBERACIÓN

(ñane Retâ ... ojuhu porâve hague ojupe)

M.N.C-L 2000-2008