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"LOS RADICALES"
Centa Reck
El término radical viene del latín radix ("raíz"), significa, de raíz o
de base, refiriéndose sobre todo a un punto de vista profundo,
sustancial, más aún si es aplicado a alguna convicción, práctica,
análisis o propuesta.
No confundir con fanático o extremista que tienen otros significados
ajenos a una visión profunda de las cosas. Según el contexto radical
puede significar: En política: Radical, alguna posición que busca ir al
fondo o raíz de las cosas.
En química, un radical libre es una molécula (orgánica o inorgánica), en
general extremadamente inestable y, por tanto, con gran poder reactivo.
En el marco de la política actual el gobierno ha acuñado el término
radical a fin de denominar a la oposición que incluye a la sociedad
civil organizada frente al poder totalitario que el Ejecutivo trata de
imponer incluso con la utilización de la coerción y la violencia. El
Ejecutivo en su conjunto suele utilizar el término con una connotación
negativa, tratando de estigmatizar a todos los que tienen profundas
raíces y convicciones democráticas sobre los derechos y libertades,
razón por la que defienden estos derechos con firmeza, con vehemencia y
a la luz de los principios fundamentales.
Los "radicales" no transan, no pactan con lo ilegal, no aceptan tampoco
soluciones cosméticas a las violaciones jurídicas y de derechos, buscan
la profundidad, la verdad, la prevalencia de la ley y la justicia.
Los "radicales" no admiten que la constitución masista se imponga como
legal, no aceptan que los Estatutos Autonómicos sean "compatibilizados"
como si se tratara de una cuestión de cosmetología jurídica. No son
pactistas, sino principistas, no flotan en la superficie, aspiran a
bucear en las profundidades, razón por la que se han ganado un
calificativo que debe ser más bien un orgullo, porque en la fila de los
radicales están los hombres y mujeres que quieren servir a su país antes
que acomodarse en el poder, que toleran ser amenazados, golpeados,
perseguidos y hasta matados antes que callarse la boca y convertirse en
cómplices del poder, como han aprendido a hacerlo algunos políticos que
después de haberse hecho elegir por el pueblo portando supuestas ideas
democráticas, opuestas a las pretensiones dictatoriales del partido de
Morales, vuelcan la página, se buscan cualquier excusa y en nombre de la
paz y la no violencia o algún embuste se convierten en aliados de la
ilegalidad.
Los radicales no son tibios ni calienta huevos, son firmes, decididos,
participativos, amigos de la verdad a cualquier precio. Los radicales a
mucha honra liberaron el aeropuerto de Viru Viru de manos de oficiales
guiados por venezolanos, también no permitieron que la ciudad de
Cochabamba sea tomada por turbas masistas y así murió Christian Urresty
por radicalmente proclive a la libertad y por proteger que la elección
de prefectos sea una realidad democrática, un logro que no retroceda en
nuestro pais; estos fueron también los que salieron a las calles para
proteger a la ciudad de Sucre, tratando de evitar que la constituyente
avance a costa de ilegalidades. Fueron radicales los que murieron por la
democracia y la libertad, jóvenes radicales fueron Gonzalo Durán, Juan
Carlos Serrudo, José Luis Cardozo, chicos humildes de barrios pobres que
changueaban para darle sustento a sus famílias, pero fueron radicales en
sus profundas convicciones de que la patria merecía la ofrenda de sus
vidas, de que la hora de definirse había llegado, convicción radical que
les permitió portar el estandarte de la valentía, de la dignidad con la
que ofrecieron sus vidas en una lucha descarnada por la vigencia de los
Derechos Humanos y el Estado de Derecho.
Lo más penoso es que el término radical, está sirviendo para que algunos
se acomoden en la posición neutral de los tibios, de los que no se
definen, de los que no quieren ser chicha ni limonada porque esta es la
posición de la que usufructúa el que pesca en río revuelto.
La indignación no tiene límite en los corazones que claman por la
prevalencia de la verdad y la justicia, y esto nos lo mostraron los
griegos en la tragedia de Antígona, que eligió morir a dejar que se
cometa la injusticia de no dar cristiana sepultura al cuerpo de su
hermano vencido por un tirano.
Los radicales deben serlo a mucha horra, deben sentirse muy agradecidos
de haber logrado este calificativo que sale de la boca de quienes
pretenden estar en la raya, en el justo medio, en la línea de la
indefinición, o de aquellos que apuestan a que un calificativo reduzca
la llama de los corazones imbuidos de ideales de amor a la justicia, a
la libertad y la decisión de ser parte de la construcción de un mundo
más justo, menos mediocre, más decidido a luchar por la prevalencia de
los valores y a dejar de acomodarse por apetitos y réditos de poder.
Mi admiración y mi respeto a los "radicales" que en mi país siguen
luchando, convencidos de raíz y de base, profundos y sustanciales en su
lucha y en sus prácticas de ciudadanos libres y portadores de dignidad.
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