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LA ASIGNATURA PENDIENTE
Wilson Jaime Villarroel Montaño
abogado y docente universitario
jvillarroel@entelnet.bo
jvillarroel2004@yahoo.es
Todo indica que el proyecto de Ley de Hidrocarburos de la
Cámara de Diputados –salvo sorpresas de último momento- no sufrirá
modificaciones sensibles en su etapa de revisión por la Cámara de
Senadores. El texto está a pocos pasos de ser aprobado. Parece cerrarse,
así, un ciclo tormentoso y de graves desencuentros en que los bolivianos,
aún antes de alcanzar algún beneficio notable de su riqueza gasífera, se
enfrentaron casi inconciliablemente. De hecho, la primera de las
confrontaciones dolorosas ocurrió en el luctuoso Octubre de 2003.
Es posible que, en la intención de proveer mayor “viabilidad” al texto
propuesto, la Cámara de Senadores, y eventualmente el mismo Congreso si
las modificaciones resultaran substanciales, conceda, todavía, alguna
ventaja a las empresas transnacionales. En especial, en el régimen
impositivo. Como se sabe, el techo en la participación estatal del valor
de lo producido se encuentra en el 50%, sumadas las regalías (18%) y el
Impuesto Directo a los Hidrocarburos (32%).
Este impuesto, conforme previeron los diputados, no es deducible, ni
acreditable. Es decir, su monto es fijo e inamovible, no pudiendo ser
reducido presentando constancia de pago de otros impuestos o descargado
con notas fiscales. Acaso los senadores resignen en algo esta regla
absoluta ya sea autorizando deducir parcialmente el mismo o estableciendo
criterios adicionales de discriminación impositiva en unos campos con
respecto a otros, tal como ha sugerido reiteradamente el Poder Ejecutivo
con la tesis que los campos gasíferos menores –en rigor, las empresas que
los explotan- no están en posibilidades de soportar semejante carga
tributaria.
Descontando otras modificaciones menores (supresión del proyectado veto
indígena a las operaciones en territorios históricos a ellos atribuidos, o
la dirección y no fiscalización en las tareas de riesgo en la
exploración), no parece probable que el tema de fondo cual es la propiedad
del gas en boca de pozo, sea motivo de cambio. Es, verdaderamente, un tema
en extremo sensible para el boliviano medio, y aunque las petroleras han
ratificado que el gas, en boca de pozo, es de libre disponibilidad para
ellas, el proyecto de ley ahora atribuye propiedad al Estado boliviano
incluso en este punto técnico de medición del volumen de gas extraído.
Se ha alcanzado, pues, un punto delicado de equilibrio en el proyecto que
ahora discuten los senadores, incluso admitidas estas posibles
variaciones. Es también, si se quiere, un reflejo del empate técnico entre
las fuerzas y actores del escenario político boliviano. Pero la ausencia
de conflictos sociales no implica, necesariamente, la ausencia de
problemas, mejor aún, de temas pendientes de solución.
Y los hay, de innegable trascendencia. La política legislativa que
conlleva la nueva Ley de Hidrocarburos, admitido que haya alguna, sólo
atiende a la necesidad de establecer renovadas reglas en lo tocante a la
propiedad de los hidrocarburos, al régimen de regalías y de tributos o a
la refundación de YPFB como una entidad que se pretende sea protagónica en
el negocio del gas boliviano. ¿Y el anhelo de la industrialización de esta
riqueza providencial? ¿Y la satisfacción del ciudadano medio que no
entiende cómo un país que se precia de tener una de las mayores reservas
del continente, tenga que pagar, a precios internacionales, el carburante
que consume?
De manera intuitiva los bolivianos que concurrieron a las urnas en el
referendo del 18 de julio, advirtieron que, con el gas, podría inaugurarse
una nueva y singular etapa histórica. El ciclo del gas –como lo fueron
anteriormente el de la plata, o el estaño- esta vez podría ser más
favorable a las expectativas de un mejor destino para el país. Frustrar
este anhelo seria un gravísimo error histórico. En lo concreto, el
objetivo claro e inequívoco es que los beneficios del gas deben impulsar
el crecimiento notable de una economía alicaída y estancada a pesar del
modelo económico adoptado.
Si el modelo no varía sustancialmente, a pesar de los emprendimientos
estatales que ahora se confiarán a YPFB, la visión meramente exportadora
del gas boliviano, sin una política que aliente la sola producción sin
valor agregado es un franco despropósito nacional. Chile, sin tener
yacimientos hidrocarburíferos, es el mayor productor mundial de metanol,
es decir, un producto obtenido a partir del gas natural. Y vender metanol
es harto diferente a exportar y vender, simplemente, el gas extraído. Es
la diferencia entre la prosperidad y la mera subsistencia.
Y es que Chile ha establecido una industria petroquímica a partir de los
energéticos adquiridos a sus vecinos, entre ellos Argentina a quien
también proveemos de gas en una exportación creciente al igual que con el
Brasil. El gas es imprescindible para su industria y, en un afán de
presionar a este país a resolver la cuestión pendiente del acceso marítimo
boliviano, se ha estipulado con la Argentina que el gas boliviano
exportado a dicho país no puede ser reenviado a Chile.
Pero, oponerse a la venta de gas a Chile no significa crecer ni
desarrollarse. Vale, únicamente, como medio de presión diplomática. De
hecho, la quinta respuesta a la última pregunta del referendo del 18 de
julio, abrumadoramente mayoritaria por el “sí”, autorizó implícitamente
esta instrumentalización del gas. En otros términos, más importante que
impedir insumos para la petroquímica chilena –que, reiteramos, se explica
como estrategia internacional- es la creación de la propia industria
petroquímica boliviana cuyo principal insumo sea producido en el mismo
país.
Hoy pareciera que la tesis meramente exportadora ha ganado prevalencia en
los textos de la nueva ley. Acaso primero tenga que extraerse gas, y en
volúmenes apreciables, para establecer una plataforma sustentable en la
petroquímica. Al menos así opinan algunos especialistas (2). Pero también
urge, y con carácter imperativo, sentar las bases de una industria que
provea valor agregado a nuestras riquezas hidrocarburíferas (3). Es, no
cabe duda, un nuevo objetivo nacional que podría proclamarse en la nueva
norma constitucional.
Pasada la durísima hora del desencuentro en trance de revertirse en un
acuerdo nacional o varios de ellos en temas singulares de potencial
conflictividad, se abre un período de reconstrucción cuyo mayor punto de
inflexión se alcanzará en la Asamblea Constituyente. En la discusión
preconstituyente se puede y se debe anticipar la propuesta de solución a
este problema de fondo, la petroquímica nacional, sin conflicto social
visible.
Es la asignatura pendiente de la Ley de Hidrocarburos.
La Paz, 2 de abril de 2005
(1) El término “boca de pozo” es el punto en el que se cuantifica y
se valora el volumen de gas extraído no importando la distancia desde el
yacimiento donde se encontraba la riqueza en su estado original. La
posible extensión del alcance propietario estatal del gas –si llegaba
hasta dicho punto o se circunscribía a los depósitos hidrocarburíferos-
fue dilucidado por el Tribunal Constitucional afirmando que la propiedad
estatal sólo alcanzaba, con arreglo a la Constitución y la anterior
legislación (Ley Nº 1689 de Sánchez de Lozada), al yacimiento y no a este
lugar de medición.
Esta célebre sentencia funda la proclama empresarial que el gas les
“pertenece” en boca de pozo. En un intento desesperado de enervar esta
afirmación, así como restar argumentos a las transnacionales en un
escenario de controversia arbitral poco probable, un grupo de abogados ha
planteado, recientemente, ante el Tribunal Constitucional, la nulidad de
los contratos de riesgo compartido. Aducen los demandantes que los
contratos no fueron aprobados por el Legislativo, según exige la
Constitución boliviana en los acuerdos que versen sobre las riquezas
naturales.
No es probable que el Tribunal cambie una posición ya asumida y,
posiblemente, encuentre algún defecto de forma en la demanda a fin de
evitar ingresar al fondo de la cuestión planteada. En el ínterin, sin
embargo, la nueva Ley de Hidrocarburos será un hecho real y políticamente
consumado. Incluso el presidente Mesa, cuya conocida renuencia a un
proyecto legislativo distinto al suyo amenazó no promulgar el texto ahora
propuesto, es posible que vuelva sobre sus pasos si los senadores –y
eventualmente el Congreso- optan por las concesiones menores ya señaladas.
El recurso referido llega tarde a la escena de los acontecimientos. Desde
otra óptica, revela la carencia de reflejos y de una política coherente en
los sectores sociales que propician mayores espacios para el Estado en el
negocio del gas. Y, finalmente, el agotamiento social en larguísimas
jornadas de enfrentamiento, será también un factor decisivo a la hora de
pensar si vale la pena promover nuevas movilizaciones contra las
modificaciones probables. Es el cálculo que se hace en la Cámara de
Senadores.
(2) Como el ex Superintendente boliviano de Hidrocarburos, Carlos
Miranda.
(3) Hay dos profesores universitarios bolivianos de prestigio y
solvencia académica que, desde hace un par de años, a la manera de San
Juan Bautista en el desierto, vienen clamando por el establecimiento de la
industria petroquímica boliviana. Incluso, manifiestan, ya sería posible
materializar este ansiado proyecto. Uno de ellos, Saúl Escalera (skalera@pino.cbb.entelnet.bo)
llegó a entregar sus proyectos al presidente Mesa, aunque sin resultado
positivo inmediato. Richard Iván Medina (rimh7@hotmail.com), el otro
patriota, alienta la emisión de una norma especial que siente, con
carácter jurídico, una plan boliviano de producción, pero con valor
agregado y un programa que fije límites racionales a la sola exportación
de gas.
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