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Ajos
y cebollas.
¿Gora, gora
Santa Cruz?
Entre remiendos, presenciamos la agonía de Bolivia
Carlos Gallardo
San Miguel, Lima, Peru
Desde su nacimiento, cuando la audiencia de Charcas adoptó el nombre de
Bolívar (y más tarde, Bolivia), el país era una ficción. Nada de raro
tiene si consideramos que las naciones (y por ende los nacionalismos) son
patrañas útiles, inventos humanos para hacerse la vida más sencilla y
luego complicársela más. Las fronteras sudamericanas fueron producto del
antojo romántico del XIX, devaneos criollos colmados por el discurso de la
Bastilla… y de repente, el Alto Perú ya se había convertido en una tierra
distinta. Quienes confeccionaron el mapa de la época (libertadores,
próceres y precursores, congresos constituyentes, juntas de notables,
ejércitos), han pasado a la posteridad como los fabuladores más venenosos
e influyentes de esta parte del mundo. Con variantes, pero con pasmosa
continuidad, las ficciones que construyeron para sus descendientes
perduran hasta el día de hoy, pero poco a poco, reveladas las mentiras,
las hendiduras se hacen más profundas y es imposible sostener bajo el
criterio de la unidad un híbrido de rencor y entredichos llamado Bolivia.
O mejor dicho, al que otrora conocimos como Bolivia.
Hasta aquí la elegía. Los remiendos no han sido suficientes y una vez que
la institucionalidad pierda su valor, cuando las identidades se relajen y
los símbolos se vuelvan significantes vacíos, sin contenido ni peso, la
agonía que hemos presenciado estas últimas semanas habrá terminado. La
asunción de Rodríguez al mando de la papa más caliente de Latinoamérica es
un acto de heroísmo o de necedad. No solo debe correr con el peligro de
aplazar una avalancha de demandas sociales, sino también hacer verosímil
ese retraso. La soga al cuello es el tema de los hidrocarburos. Apenas ha
recibido los signos del poder de parte del congreso y las Fuerzas Armadas,
pero sus opositores ya le exigen la nacionalización del gas. No es curioso
que las demandas indígenas del Alto Perú (la zona de La Paz, donde reside
el poder político) hayan condensado en movimientos de izquierda radical,
cercanas a la parafernalia de Chávez. Lo curioso es que hayan convertido
el tema de los recursos minerales en el primero de la agenda, cuando poco
tiene que ver con las demandas del campesinado. Hay un desplazamiento de
los reclamos hacia el nacionalismo de Estado: dominados por los filones
más extremistas los sindicatos confluyen en un ideario poco claro más allá
de su populismo. Pero debían tener un caballito de batalla y las demandas
agrícolas son poco espectaculares y no comprometen al capital privado
extranjero: ahora, los indígenas, quechuas y aimaras, inmiscuidos en las
tomas de carreteras y desbandes que privaron de alimento a la capital,
cumplen su función de herramientas en contra del capitalismo que –dicen-
viene desangrando a la patria. Cosificados, instrumentos en manos de la
megalomanía de líderes como Morales y Quispe, son más que nunca piezas sin
nombre, carne de cañón del verdadero desangramiento boliviano. Los
apologistas del MAS (el partido de Morales) pueden creer que al fin el
indio subalterno ha tomado posesión del habla y arrinconado al poder
central con la subversividad de sus actos. Quieren ver en las revueltas un
carnaval sangriento, la revelación de las masas. Yo prefiero pensar en
Bolivia como un fantasma: un país dividido en dos que a partir de ahora
debe pensar en seguir su futuro por caminos separados.
Porque los hidrocarburos se encuentran no en el Alto Perú, sino en la
tierra Camba, el departamento de Santa Cruz, el Oriente Petrolero, el país
de los 4 x 4. Un primo mío me cuenta de las maravillas de la tierra
cruceña. Con solo describir el paisaje, había matado mi idea estereotipada
de Bolivia como país andino. Tiene selva y es la zona más próspera y
desarrollada. Cansados de que los gobiernen desde La Paz y Sucre, no piden
solo la autonomía, sino también la independencia y parcialmente los apoyo.
Los cruceños se han enriquecido gracias a su trabajo y a la promoción
privada. Generan el 31% del PIB de Bolivia, y su modelo productivo
regional (hacia la exportación) en lugar de un modelo extractivo nacional
(hacia el consumo interno) le ha permitido contribuir con la mayor
cantidad de tierras cultivadas del país y más del 70% de la producción
agropecuaria. Para cólera de Morales y compañía, de cada 10 puestos de
trabajo en la región, 9 son producidos por el sector privado, cuando el
promedio nacional fluctúa entre 4 y 6, según datos proporcionados por la
Cámara Agropecuaria de Oriente, que nos prueba que Santa Cruz no solo vive
del gas y del petróleo.

Sus recursos han servido, sin embargo, para enriquecer a las élites
políticas paceñas y su producción redistribuida al resto de regiones de
manera injusta. Considerando estas cifras, entiendo que se encuentren
hartos de generar la riqueza de un país a pique y que su tranquilidad se
vea alterada por sectores ajenos a su incumbencia, por demandas que ya no
reconocen cotidianas. Los cruceños ya no se sienten bolivianos, sienten
que su ruta se ha desviado mucho y no están dispuestos a compartir sus
éxitos con los altoperuanos. Sin embargo, debo reconocer que detrás de
estos intereses legítimos se respira un incómodo aire de conflicto racial.
Los cambas cruceños se identifican con Occidente más que con los Andes.
Esto no sería tan reprobable si detrás de esa identificación el tufillo
nacionalista no los llevara a construirse por oposición a los "indios" del
Alto Perú. La anécdota de la cabezahueca reina de belleza que comparaba a
los blancos cruceños “que hablaban inglés” con los "enanos" e "ignorantes"
serranos del Alto son una prueba aberrante de aquello que oculta (y a la
vez revela) la naciente identidad de Santa Cruz: un conflicto irreversible
de dimensiones sociales, ideológicas, educacionales, pero también raciales.
La suplantación de Bolivia por la Nación Camba es la sustitución, con todo
su aparato mental, de una ficción por otra La bronca es mutua: los alteños
han encontrado la excusa perfecta para extraer su rabia contra los camba,
una cólera que atraviesa lo económico y lo cultural. Nuevamente, lo idóneo
sería que esta separación se llevara a cabo en un clima de entendimiento y
tolerancia en lugar del resentimiento y la exclusión, pero por mientras,
Bolivia, ese lunar de carne en medio del mapa de Sudamérica, se hace más
cercano a una pústula a punto de reventar.
El 12 de agosto, Santa Cruz, Tarija y otras regiones arrastradas por el
desmembramiento, votarán su autonomía ante la impotencia de los
altoperuanos. Hace dos días, la Asamblea Autonómica de Santa Cruz reafirmó
su voluntad de realizar el referendo “con Rodríguez o sin él”. Para un
país dependiente de la asombrosa productividad cruceña, esa autonomía es
un paso previo a la destrucción. Bolivia se descuartiza a sí misma, pero
no vamos a llorarla: igual, Bolivia ya no existe.
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