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El administrador de la morgue
Ismael Serrate Cuéllar

Aunque sea repetitivo, hay que seguir destacando que Bolivia vive un conflicto entre dos visiones. La que intenta ver el futuro con ojos integradores. Vinculada al mundo, a la tecnología y a los mercados. Abierta a los desafíos y oportunidades del crecimiento. Y la otra, que quiere volver al pasado. Que se siente autosuficiente y cree que el mundo exterior quiere saquearnos. Claramente endogenista. Populista. Es falso que el conflicto sea entre izquierda y derecha. Salvo que los obreros de El Alto, que necesitan un ALCA bien negociado, sean exponentes de la derecha. O que los izquierdistas de Potosí quieran exportar las riquezas de San Cristóbal por el puerto de Ilo.

El retropopulismo ya comenzó a imponerse en Bolivia. Consiguió con el gobierno actual logros que no hubiera alcanzado con Evo presidente. Las inversiones se acabaron. Están hibernando, dicen algunos, en espera de una primavera que algún día llegará. Las inversiones de ayer generan empleos ahora y las de ahora generan trabajo recién mañana. Por eso todavía no sentimos la gravedad de la situación económica. Todavía nos estamos comiendo las inversiones pasadas.

Primero fueron los hidrocarburos. Ahora es el turno a la minería. Adversarios fáciles. Al menos, así creen los retropopulistas. Fáciles porque son extranjeros. Porque son empresas grandes. Y son pocas, en número. Además, no crearon redes locales de protección. Saben ellos que la parálisis de esas actividades afecta el ingreso del estado y complica la economía. Con la agudización de la crisis económica se darán las condiciones objetivas, piensan ellos, para avanzar cualitativamente en la guerra.

Una vez expulsados los “nefastos imperialistas” le tocará el turno a la tierra. Tierra para todos. Para los sin tierra. Pero no cualquier tierra. La teoría del espacio vital, aplicada brutalmente por Hitler, es la base conceptual de lo que se quiere hacer. 60 años y decenas de millones de muertos después. La tierra que interesa es la que tiene inversiones. La que produce. La que genera empleo. Hitler también fue un populista. Y ofreció tierras nuevas, al este, a sus seguidores. La diferencia con los hidrocarburos y minerales, es que la tierra pertenece y es trabajada por miles. Decenas de miles.

Santa Cruz vive de la tierra. Directa o indirectamente. Un ataque al corazón productivo departamental producirá un efecto similar al tsunami de la Navidad pasada. Con la diferencia que no tendremos a la cooperación  internacional para apoyarnos. Afectará a transportistas, comerciantes, gremialistas, obreros. Afectará a ingenieros, arquitectos, abogados. Vaciará restaurantes, hoteles y centros de diversión. La banca no podrá cobrar, con todo lo que ello implica. Aumentará aún más la criminalidad y la marginalidad.

¿Catastrofismo? ¿Alarmismo? Tal vez, pero con fuerte dosis de realismo. Los cruceños, nacidos o llegados, no aceptarán que se afecte su forma de vida. Lucharán por su futuro. Si algo puede generar enfrentamientos es la tierra. Lo ocurrido hasta ahora han sido apenas globos de ensayo.

En ese escenario, las próximas elecciones presidenciales tal vez no requerirán de un político ducho. Tal vez no sea necesario alguien que sepa concertar y dialogar. Tampoco un estadista o diplomático que arregle los entuertos dejados por la política de gas por mar. Lo más probable, es que se requiera de un buen administrador de la morgue, para poder organizar los traslados de los cadáveres que seguramente vendrán, por culpa de quienes ahora tienen miedo de aplicar la ley.

POR EL MOVIMIENTO NACIÓN CAMBA DE LIBERACIÓN

(ñane Retâ ... ojuhu porâve hague ojupe)

M.N.C-L 2000-2008