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Desarrollo en las
tierras altas de occidente.
Diego Montenegro (*)
El Gobierno nacional, a través del Ministerio de Asuntos Campesinos y
Agropecuarios, viene impulsando la puesta en marcha de la Estrategia
Nacional de Desarrollo Agropecuario y Rural (Endar). Esta estrategia se
aplicará a partir de criterios ordenadores que servirán para priorizar las
intervenciones públicas, privadas y de las ONG que actualmente operan en
el sector agropecuario rural, en particular en las regiones del altiplano
y los valles bolivianos.
Rescatando todo lo positivo del modelo integral de desarrollo impulsado a
través del Proyecto Tierras Bajas del Este en Santa Cruz, el Plan de
Desarrollo de las Tierras Altas de Occidente pretende constituirse en el
mecanismo de ordenamiento y sistematización de un gran número de proyectos
aislados actualmente en ejecución en el altiplano y en los valles de su
influencia.
Las tierras altas de Bolivia se constituyen en la región del país que
concentra la mayor cantidad de la población rural y cuyo desarrollo
económico ha estado históricamente vinculado con la minería y la
agricultura de subsistencia. Dicha agricultura se ha caracterizado por un
escaso uso de tecnología, altos niveles de inseguridad alimentaria y bajos
ingresos. Entre las principales barreras identificadas para su desarrollo
están la limitada inserción de su producción en mercados internos y
externos, la baja productividad, la pérdida de la capacidad productiva de
sus suelos, el rápido deterioro de sus recursos naturales, la inadecuada
infraestructura productiva y servicios de apoyo a la producción, y la
tenencia de la tierra.
Un dato adicional relevante y característico de las tierras altas es la
constatación de que los ingresos agropecuarios representan tan sólo un 35%
del total de los ingresos de los pobladores rurales del altiplano y los
valles, y que el saldo de sus remuneraciones proviene de actividades no
agrícolas, tales como el comercio, el servicio de transporte, la dotación
de mano de obra temporal, el turismo, la artesanía. Lo anterior nos
muestra de manera inequívoca que cualquier intervención pública o privada
en esta región del país debe tomar en cuenta esta realidad, para así no
‘forzar’ soluciones agropecuarias a zonas que no tienen vocación
productiva o que, simplemente, dependen de ‘otras actividades’ para su
subsistencia y desarrollo.
Otro de los elementos centrales de este plan debe ser el relacionado con
la tenencia de la tierra y la necesidad de promover mecanismos innovadores
de saneamiento y titulación individual y comunitaria, así como la
regulación de los mercados de tierras.
En ese marco, la formulación de un Plan de Desarrollo de las Tierras Altas
de Occidente debe promover un cambio en la visión clásica de la ‘lucha
contra la pobreza’ por un enfoque que apunte a la generación de riqueza,
partiendo de una visión integral y multisectorial, dirigida a desarrollar
al sector agropecuario y pesquero, pero también al sector industrial y al
de servicios. En ese sentido, a través de una selección de productos
específicos en torno a los cuales se desarrollarán inversiones públicas
que promuevan emprendimientos privados y comunitarios, el plan debe
incorporar no sólo cultivos tradicionales y ganadería camélida, sino
también nichos de producción agrícola orgánica y otras actividades que
generen ingresos rurales no agrícolas, tales como la capacitación en
emprendimientos de ecoturismo, artesanía y manufactura.
(*) Ex ministro de Asuntos Campesinos y Agropecuarios
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