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La Bolivianidad
Octubre y la Opción Nacionalista de Izquierda
Por: Iván Mollinedo
ivanmollinedo@yahoo.es
A tres años de la insurrección de octubre la situación política del país
presenta aún serios problemas. Paradójicamente, las bases sociales que
la propiciaron y que luego apoyaron a Evo Morales se han convertido en
uno de los principales obstáculos del gobierno producto de una
distorsión de su sentido.
Ahora bien, darle a los sucesos de septiembre y octubre del 2003 el
carácter de una revolución sería muy complicado puesto que no fue
conducida por ningún líder en especial y bajo ningún programa
alternativo de sustitución del modelo. Aunque el MAS tenía un cierto
programa nacionalista de izquierda no tuvo el protagonismo que si
tuvieron las organizaciones, principalmente vecinales, de El Alto a las
que se plegaron el resto de los sectores sociales, incluido el MAS.
Las agencias noticiosas internacionales en su mayoría le atribuyeron al
líder cocalero la conducción del movimiento que derrotó al gobierno de
Gonzalo Sánchez de Lozada. Eso provocó que el MAS adoptara un perfil
acorde a la brecha que se abría. La consigna nacionalista demandaba un
líder que encarnase su bandera. Ese líder fue Evo Morales.
Morales logró sintetizar en su persona la posibilidad de cambio, ante la
clase media urbana, y de reivindicación, ante las clases indígenas.
Estos dos elementos centrados en un nacionalismo renovado (en el sentido
de continuar algo interrumpido) sobre la base de antiguas propuestas del
nacionalismo revolucionario del pasado siglo: equidad social, reforma
agraria, nacionalización de recursos no renovables (evidentemente el
problema de las minas se ha desplazado a los hidrocarburos).
Así, Guillermo Bedregal decía el año pasado en una entrevista con
Cayetano Llobet, que el nacionalismo revolucionario seguía presente, que
los nuevos movimientos ni siquiera eran originales en el lenguaje que
empleaban para describir a sus rivales con otro término que no sea el de
“partidos tradicionales” acuñado por el MNR. Pasadas las elecciones
ciertamente ese nacionalismo revolucionario en su forma más honesta lo
pudimos ver encarnado en la figura de Andrés Solíz Rada, ahora ex
Ministro de Hidrocarburos.
El nacionalismo revolucionario realmente sigue siendo un parámetro
importante en el ámbito ideológico porque responde a problemáticas
reales (control de recursos estratégicos en manos privadas sin ganancias
apreciables, uso de fórmulas ineficaces o eficaces solo para los
intereses de los proponentes, enajenación social, racismo,
desinstitucionalización, etc.). Lo que ya no es parámetro de nada es el
MNR que los últimos años se encargó de ser el símbolo de lo antinacional
y ariete de la contrarrevolución (o restauración, o como quieran
llamarle). Ahora bien, una diferencia apreciable, el nacionalismo que
propone el MAS está más identificado con la izquierda contemporánea que
el MNR con la de su mejor época.
Al frente tiene a los bloques que pareciera que se reproducen en una
suerte de arcaísmos. Por un lado la derecha pro-extranjera de PODEMOS, a
la que llamé en el número pasado la “nueva Concordancia” haciendo
referencia a la unión de los partidos tradicionales a finales de la
primera mitad del siglo XX que se fundieron en un intento de sobrevivir
el holocausto político. Por otro lado los sectores de la izquierda
trotskista (cuyo último refugio es el magisterio urbano) y los
movimientos sociales sindicalizados; los primeros que persisten con la
idea de un gobierno obrero-campesino y la revolución permanente, y los
segundos, con ideas sectaristas inconciliables con una visión de país a
largo plazo.
En este panorama cabe identificar algunas de las características del
problema del pensamiento colonialista principalmente en las elites que
se puede identificar como antinacional y responsable del fracaso de los
anteriores modelos.
Isaac Bigio, experto de la London School of Economics, decía en una
ocasión que en Bolivia las elites desprecian al país que les ha
enriquecido. Nada más cierto. Desde la fundación de la república los
criollos no dejaron de ver a Europa como la tierra prometida. Según
Rafael Bautista (en Octubre: el lado oscuro de la luna) la lógica de la
clase criolla boliviana sigue la de la dialéctica del Amo y del Esclavo,
en la que “el ‘esclavo’ que nunca deja de serlo, ni con su libertad,
necesita por ello, perseguir la libertad ajena, porque su única
experiencia de vida es la negación de la libertad y cree que la vida
consiste en eso”. Salvo excepciones, para hacer dinero o tener mejores
oportunidades en Bolivia uno de los requisitos ha sido ser blanco o
no-indio. Hay que añadirle a eso que el criollo no solamente es un
liberto con conciencia de esclavo sino que además es una figura
inconstante, no sienta tradición. Por eso muchos de los oligarcas han
hecho maletas y fugado en cuanto las cosas se han puesto feas, para
darle paso a una nueva camada de explotadores provenientes del
extranjero y quienes rápidamente se acomodan a las circunstancias.
Eso denuncia algo, la propia incapacidad de las elites de tomar
definitivamente el control y sentar hegemonía, su naturaleza propiciada
no por ellas sino por las “circunstancias”, y por su constante desapego
al interés nacional global con el que evita la asunción de un movimiento
contra-hegemónico. Esa es la encrucijada, bastantemente difundida, del
empate catastrófico.
Por otro lado contiene en su historia aspectos muy negativos, como sus
lazos estrechos a las dictaduras, su cultura autoritaria y su innegable
propensión a la corrupción.
Hace poco tiempo llegó a mis manos un documento de Bernard Inch, muy
indignante respecto a la problemática de la identidad. Inicialmente
afirma que vivimos un giro político que deja a todos en un punto cero
desde el que se puede proyectar el futuro, partiendo de él mismo: “poco
importa que yo tuviese un pasado enefero-mirista”, dice. (Una chirigota.
Por gana y gusto Bernard Inch tira por la borda la historia y se
equipara a nacionalistas consecuentes como Andrés Solíz Rada.)
Después, señala al neo-liberalismo “social” y la socialdemocracia
“moderna” como centro ideológico fuera de los cuales aparecen el
conservadurismo y el socialismo de mercado, como derecha e izquierda
radicales, respectivamente. De este modo tenemos a Europa y Estados
Unidos como centro y los demás como radicales. Así, no hay ningún
problema en el mundo y simplemente la discusión entre las tendencias de
centro son más composibles que las de los extremos. A fin de cuentas
todos se creen centro. Olvida totalmente donde estamos.
Tipifica al MAS como indígena-comunista, indígena-leninista e
indígena-estalinista enmarcado en un afán absolutista. ¿Qué hubiera
dicho este señor si entraba el MIP a la cabeza de Felipe Quispe?,
¿tendrá el genio de crear más adjetivos sobre la magnitud de la
redicalidad? (atomizadores, ultras, etc.)
Dice que el incluir, desde el punto de vista del criollo, al sector
indígena excluido es un “complejo” de inclusión. Claro, el ser excluido
o incluido es para él un “relativismo”. El excluido es ahora el blanco o
el no-indio. Debo haber imaginado los apelativos de indio, cholo y
mugroso, como hace poco “creo” escuché en el micro, ¿no señor Inch?. O
debo haber imaginado que oí decir a muchas personas que “lo maleantes e
ignorantes [de los indios] lo llevan en la sangre”.
Señala que las migraciones serían perniciosas y provocarían un
“separatismo involuntario”: “Los cruceños no son separatistas, sin
embargo son empujados a ello por una ‘inmigración mayoritaria’
agresivamente modificadora de los ‘valores y símbolos’ cambas de
influencia racial y cultural altamente hispánica” –la cursiva es mía.
¡Caramba!, Bolivia estaría bien si cada quien se mantuviera de su lado.
Los aymaras y quechuas, desde esta perspectiva, tienen la osadía de
pedir tierra improductiva para trabajar. Tierra que no la trabajan los
pobres terratenientes acosados por las hordas de salvajes que quieren
pervertir su tradición. Habla de la identidad originaria, como si por
ella tuvieran los indígenas más poder que el dinero, los medios de
comunicación y las influencias de un sistema político estructurado por
la plutocracia. ¿Cuántos de los hombres de la elite cruceña tienen
familias de hace más de cien años en Santa Cruz?, ¿cuántos de los
potentados terratenientes no fueron favorecidos con tierras fiscales en
las dictaduras militares y gobiernos de la derecha?, ¿cuántos no
estuvieron ligados al MIR, MNR, ADN y FNR causantes de lo que el mismo
Inch denomina negativamente “la capitalización ultra-liberal”?, ¿cuántos
no abrieron la boca cuando se despedían 30 mil trabajadores mineros en
1985?, ¿cuántos no recibieron créditos “especiales” del banco
industrial?, ¿cuántos pagaron esos créditos? Hagan sus cuentas y veremos
cuanta cultura e identidad “propia” queda.
En la mente simplificadora de Bernard Inch la historia ya no cuenta, hay
que dejar de lado las ideas separatistas y racistas del siglo XX (y más
atrás), las prebendas, el nepotismo y la corrupción, y lanzarse al
futuro “de cero”.
Hay que recordar en este punto que la actual coyuntura regionalista
cruceña es producto, en parte, del trabajo logrado concientemente por la
agrupación Nación Camba. El mismo Sergio Antelo lo reconoció en un
diálogo con Roberto Barbery, de tal modo, que encajaba perfectamente con
el planteamiento teórico de Anthony Smith, quien indica que los
nacionalismos son el resultado del trabajo de intelectuales que rescatan
viejos elementos histórico-simbólicos, en una suerte de trabajo
arqueológico, que ponen en vigencia luego para movilizar a las masas. El
mismo nombre de “media luna” es sintomático de esto (como señala Rafael
Bautista en el texto mencionado).
Inch acusa a los “teóricos del MAS” de proponer una clasificación con
categorías racistas ligadas al purismo indígena (sin citar al “teórico”
que incurrió en esa barbaridad) olvidando que, líneas arriba, defendía
“los ‘valores y símbolos’ cambas de influencia racial y cultural
altamente hispánica” de la “inmigración (...) agresivamente
modificadora”.
Para Inch “la prioridad es permitir la “institucionalización” de las
diferencias, de las diversidades, retroalimentando la unidad nacional”,
ojo que Inch no dice “respetar” sino “institucionalizar”, es decir, y
vuelvo con esto, que cada quien se mantenga de su lado para que no hayan
problemas. Ustedes en su situación, nosotros en la nuestra. En realidad
con el señor Inch en el fondo no hay ningún problema si cada quien esta
donde corresponde, no decían eso los teóricos del apartheid.
“Los viejos partidos ya no sirven, no es un problema de personas, es un
problema de los tiempos actuales”. “No es un problema de partidos o
transfugios”. Siendo así, dejemos pues que el tiempo pase, tal vez un
tiempo más “afortunado” nos espere a la vuelta del minutero. Sin embargo
no olvidemos que Bernard Inch es un consecuente tránsfuga cuya última
derrota política (candidateaba para senador por Unidad Nacional) la
sufrió precisamente ante un masista, Santos Ramirez, quien a todas luces
goza de mayor legitimidad ideológica para representar a Potosí sin
coloniaje mental.
Por otra parte no sólo las elites tienen un corte antinacional. Fruto de
este esquema hegemónico, los analistas políticos de derecha y nuestros
políticos “letrados” emplean frecuentemente en sus evaluaciones de la
situación, comparaciones y alusiones con elementos de la historia
europea, para cualquier detalle (a García Linera le llamaron Robespierre).
El pensamiento universal no es, en absoluto, negativo en sí; pero es
útil solamente mientras no se pierda la ubicación. Sería ridículo pensar
que por ser nacionalistas se tenga que evitar la cultura. Pero es otra
cosa que se pretenda sacar conclusiones o reglas de acción por pura
analogía con sociedades que no comparten ni la historia ni la
composición social con las nuestras. Ese es el problema del fracaso de
las recetas neoliberles (en la economía) o las políticas educativas
(como la última Reforma educativa); y la fortaleza de las posturas
nacionalistas que han estado orientadas a descubrir, aunque sin gran
éxito aún, aquello que Alexis Pérez identifica como necesidad: el
descubrimiento de la Bolivia profunda .
Del mismo modo se estrangula el análisis con el uso del cliché
regionalista. Por ejemplo en la actual y falsa disputa entre oriente y
occidente se declara que en La Paz la gente define a Santa Cruz “con
mucha ligereza y bastante ignorancia” (La Prensa 1-10, p. 15A) por el
primer anillo, es decir, como una región de ricos y oligarcas. Absurdo,
los “kollas” sabemos bien que Santa Cruz tiene una composición diversa,
a tal punto, que uno de esos componentes con mayor presencia es “kolla”.
Pero sabemos también que quienes se atribuyen la representación de Santa
Cruz con apariencia de mayor legitimidad son aquellos que nunca ganaron
una elección popular: como los representantes del comité cívico Pro
Santa Cruz y los empresarios, especialmente, de la CAINCO, que todo el
tiempo hablan de democracia pero que no la practican en sus
instituciones y que gozan, es perfectamente entendible dado el trabajo
arduo de estructuración del regionalismo, de mayor legitimidad que las
instituciones democráticas. A tal punto llega esto que, dado que PODEMOS
perdió en la elección para constituyentes ante el MAS, estas
instituciones se han convertido en los mejores aliados del partido de
Tuto Quiroga. Claro, como la gente, los mismos cruceños, identifica a
PODEMOS con los partidos “tradicionales”, hay que maquillar el asunto
con discurso regionalista. En las resoluciones, los paros cívicos o las
posturas sospechosamente cercanas a la oposición, siempre aparece eso de
“Santa Cruz dice...”, “Santa Cruz cree...”, “Santa Cruz quiere...” o
cualquier cosa que, pudiendo ser el sentir verdadero de la población
cruceña, en términos formales es mas bien uno de los ejemplos mas
patentes del autoritarismo que desgraciadamente este país tiene en muy
diversas formas. Del mismo modo a la inversa, quien amenaza al comité
cívico o la clase empresarial cruceña “ataca a Santa Cruz”.
Pero el cliché no viene solo de un lado. Hace pocas semanas tuvimos que
soportar el absurdo ataque del canciller Choquehuanca a la zona Sur de
La Paz, zona de “ricos”. Se nota que el canciller no conoce la
composición social de esa zona. Es cierto, y esto lo demuestra, que
dentro del MAS confluyen varios sectores, entre los cuales existe
realmente un indigenismo excluyente a ultranza, pero es minoritario.
No se puede generalizar. Tanto el pueblo paceño, como el cruceño y los
de las demás regiones del país no son tan irracionales como los
presentan estos señores.
La propensión a llevar el problema de clases (explotadores y explotados)
a un problema regional es puramente defensivo. Si hemos perdido el país,
dirán las castas reaccionarias, quedémonos con algo. El problema,
repito, no es el enfrentamiento entre regiones. Esa es la apariencia que
se le quiere dar a la confrontación natural desde el repliegue de la
derecha neoliberal gobernante el 2002 hasta ahora. El problema es un
conflicto de clase que implica un problema étnico, ya que la clase
empobrecida coincide mayormente con la población indígena.
Al principio veíamos que los grandes problemas que afectaron al MNR en
la época de la revolución nacional son prácticamente los mismos que vive
hoy el MAS que, fuera de sus incongruencias, aún me parece la opción
menos mala por el hecho de ser el punto intermedio entre una izquierda
ortodoxa, una derecha antinacional o un nacionalismo indigenista
radical. Esos problemas no tienen porqué derivar en fatalismos tal y
como se ha ido adelantando por una y otra parte en una suerte de amenaza
y deseo. El problema del MAS es que se ve interpelado por una oposición
desesperada, y una descomposición interna de sus bases sociales.
Decía en otros números que el problema de una revolución no es tanto la
oposición como la propia estructura interna. En el caso del MAS, como
partido popular y de masas, la confluencia de varios sectores sociales
con demandas de larga data han proyectado una suerte de oposición frente
a sí. Como decía Fernando Untoja, el régimen político esta frente al
Estado. Parece una paradoja o una imposibilidad pero es así. Los
sectores más problemáticos ahora, apoyaron antes el proyecto de Evo
Morales. Las muertes acaecidas en Huanuni revelan esto. Se saben a sí
mismos en el poder, y quieren aprovechar ventajas particulares olvidando
la necesidad de una planificación duradera. Por eso también lo desmedido
de sus formas de presión. A las que ahora se suman otros sectores que
incluso desde la extrema izquierda revelan eso de común en la Historia
de Bolivia: “el diablo no sabe para quien trabaja”.
La solución nacionalista de izquierda más allá del partido gobernante no
puede dejar de estar vigente. Recuerdo en este punto el concepto de
“nación proletaria” que, a mi parecer, es una de las formas más
acertadas de ver la relación de Bolivia en el contexto internacional
frente a las naciones capitalistas. Recuerdo esto porque en octubre del
2003 vimos a esa nación proletaria en acción, defendiendo aquello que
veía como su última oportunidad de lograr una vida digna, con más
memoria histórica que aquellos que lanzan chirigotas, y con la única
consigna de defender lo que más que realidad es un símbolo: el gas. Ese
es el contexto que deseo recordar. Ese momento que le da sentido a esta
renovación del nacionalismo. No me refiero solo a los sectores indígenas
o sus descendientes urbanos, sino a la sociedad civil de gran número de
sectores que respondió, aunque fugazmente, al sentido identitario más
sublime: el de la Bolivianidad como hermandad y defensa del oprimido.
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